Opinión: La bipolaridad del planeta toro.

En el mundo en que nos movemos, todo tiene su polo opuesto. El bien y el mal, la sombra y la luz, el blanco y el negro, la derecha y la izquierda. Es la norma. Son puntos antagónicos y a la vez complementarios entre sí. Difícilmente podríamos concebir algo sin su contrario.

Los toros, como no, también se mueven en la bipolaridad. La vida y la muerte, el triunfo y el fracaso, la sombra y el sol. Todo porque el toreo no es más que un reflejo de la vida misma.

En el transcurso de la historia de la tauromaquia han existido casos que marcaron épocas. La política del momento dividió la fiesta entre absolutistas y liberales, entre blancos, fieles a la causa realista, representados por el Sombrerero; y negros, seguidores del liberalismo que tenían a Juan León como estandarte.

La rivalidad política en la España decimonónica tuvo, por tanto, fiel reflejo en las plazas de toros del país. Años más tarde también se dividió la afición. Unos tomaron partido por Lagartijo, representante del toreo artista y florido, y otros seguían otro concepto bizarro y viril que tenía a Frascuelo como ídolo. También los públicos se dividieron en gazpacheros, defensores del toro andaluz, más apto para el toreo lucido y barroco, que el criado en la meseta castellana, bronco, grande y cornalón, que era el referente de los llamados patateros.

Tras la hegemonía absolutista vivida en la etapa de Guerrita, y el póker de figuras de principios del pasado siglo, Bombita, Machaquito, Pastor y Fuentes, el país se vuelve a dividir, taurinamente hablando, en dos bandos irreconciliables. El toreo vive lo que se ha dado en llamar su Edad de Oro, donde Gallito y Belmonte rivalizaban tarde tras tarde. Ambos con estilos y formas opuestos. Gallito, dominador, variado, sabio, artista.

Belmonte, valiente, dramático, a merced de sus oponentes siempre y con el halo de la tragedia siempre presente. Fueron años de gloria para una fiesta que vivía momentos álgidos que se difuminaron cuando un toro acaba con la vida de Gallito en Talavera una tarde de mayo.

La rivalidad es buena para la fiesta. Hoy esos duelos son solo un recuerdo. El sistema imperante en la tramoya del torero los está impidiendo. Saben que el organigrama creado podría saltar por los aires. Solo buscan su beneficio, tal vez el postrero, de una fiesta, que por culpa de ellos y no de agentes externos, ha perdido el carisma que siempre tuvo entre el pueblo español.

Por ello a la fiesta de toros le hacen falta revulsivos. Motivos que devuelvan al gran público a llenar sus tendidos, y con ello a la formación y captación de nuevos aficionados. Mucho se habla de la evolución para adaptar una liturgia milenaria a nuestros tiempos. También de involución buscando, a través de un toro más íntegro y encastado, la vuelta a aquellos años donde el miedo subía peldaño a peldaño por los tendidos.¿Ven? Otra vez divididos en dos.

Ante un escalafón de toreros, notablemente viciado y envejecido, los movimientos de esta temporada son claramente esperanzadores. El suceso de Pablo Aguado ha llevado a un sector amplio de aficionados –ojo, también de público– por interesarse por los movimientos del joven torero hispalense. Otros sin embargo ven como nuevo Mesías a un joven llegado desde los Andes, que si en Sevilla rozó la puerta del Príncipe, puso a todos de acuerdo en Las Ventas con una faena pletórica de valor a un notable toro de Parladé, Roca Rey.

Ya se lee, sobre todo por redes sociales, loas y críticas, a partes iguales, para uno de los toreros nombrados. El toreo parece que vuelve a partirse. Sería bueno para la fiesta, tras la avaricia de un José Tomas que jamás ha querido ser abanderado de una fiesta en horas bajas. El de Galapagar ha ido a lo suyo. Puede que sea el momento. La rivalidad es buena para la fiesta. Los que vienen con aire fresco sean bienvenidos. Falta hace. Todos servirán para, tal vez, el resurgimiento de una nueva etapa en el toreo. Por ahora han sido Roca Rey y Pablo Aguado quienes han mostrado sus cartas, pero, ojo, puede haber muchos más tapados con ganas de dar el puñetazo en la mesa.

Sin ir más lejos, el último, un hombre al que un toro envió al centro de parapléjicos de Toledo, y otro toro le ha devuelto la gloria. David de Miranda ha dicho que viene para quedarse. Ahora solo hace falta que el sistema comprenda que hay que abrir las ventanas. Estos nuevos valores pueden traer la rivalidad, y con ella la regeneración anhelada.

Publicado en El Diario de Córdoba

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