Emilio Muñoz y Espartaco lloran la muerte de Joaquín Barral: «Qué triste es no poder despedirlo»

Por Jesús Bayort.

Sería atrevido considerar el fallecimiento de Joaquín Barral como una gran pérdida para el mundo de la tauromaquia. Aunque el trasfondo de su retiro sí lo fue. Porque se marchó del toreo de la manera más íntegra, justo en el límite para no defraudar a su propia honestidad ni permitir que mercadearan con sus esfuerzos e ilusiones como criador de toros bravos. Consciente de que su vida estaba resulta por su desempeño en otros derroteros, no consintió la altanería del taurinismo.

De su carácter se ha hablado mucho durante toda su trayectoria, aunque pocos lo han conocido en la intimidad. Tan reservado para su vida privada que apenas existen fotos suyas en los archivos taurinos. Por eso, lo mejor es preguntar a quienes de verdad lo conocían. Presentando a quienes le describirán, se pueden hacer una idea de la importancia de estos relatos: Emilio Muñoz y Juan Antonio Ruiz «Espartaco».

El maestro trianero está destrozado. Nunca es buen momento para perder un amigo, pero el letal infarto ha sobrevenido en la ocasión más inoportuna para despedir a un ser querido. Le hubiese gustado poder abrazar a su amigo, «uno de mis últimos consejeros». Torero y ganadero entendían la vida con la misma rectitud y principios, por eso se hicieron inseparables.

El corto periplo ganadero de Emilio Muñoz fue, según reconoce él mismo, «gracias a la ayuda de Joaquín y de mi suegro, Luis Algarra». El torero era dueño de la pureza y del temple, pero aún le quedaba mucho por recorrer para ser ganadero. Barral le envió a su finca una punta de vacas y sementales. La relación era casi familiar, incluso su hijo Emilio toreó en «El Chaparral» su primera vaca.

«En Joaquín no primaba el comercio, sino la afición. Tenía la suerte de tener su vida solventada con sus negocios de la construcción, por lo que no necesitaba de la ganadería para poder vivir. Podía permitirse el lujo de buscar un tipo de toro bonito y en hechuras, aunque no fuera lo correcto para su comercialización».

Durante la conversación es inevitable pasar por alto la majestuosa finca de Las Pajanosas. Aquel calvo del otrora anuncio podía pasar el algodón por cualquier recóndito lugar que jamás encontraría un ápice de suciedad. «Allí cualquiera se atrevía a tirar una colilla». «La plaza de tientas, pese a que hace diez años que no hay ganado bravo, está para torear hoy mismo: pintada, sin hierbas, los corrales impolutos… Era un enfermo del orden y de la limpieza». El maestro trianero recuerda cómo en sus últimas conversaciones le contaba Barral que ahora estaba sumergido en la cría del cerdo ibérico. «Me dijo que tenía que verlos, que eran casi quinientos. ¡Con lo que él había despotricado de lo que ensuciaban los cochinos!». Además del cerdo, Barral poseía en torno a cuatrocientas vacas limousinas en la actualidad.

«Fíjate además quienes eran sus íntimos amigos: Paco Ojeda, José Tomas y Espartaco». El último torero que más acudió a hacer las labores de tienta fue Daniel Luque, amparado por la recomendación del maestro trianero en sus inicios en la profesión. Emilio Muñoz rectifica la pregunta: «No se fue aburrido del toreo, sino que se había ganado la posibilidad, gracias a sus años de trabajo, de no tener que aguantar a quien no le correspondiera. No estaba dispuesto a soportar los vaivenes del toreo; que un veedor o un empresario jugaran con su ganadería».

Muñoz alaba su labor como constructor: «Dio muchísimo trabajo y levantó numerosas viviendas en Montequinto, Huelva, Ayamonte y Marbella. Su pasión era el trabajo; se podía levantar a las 4 de la mañana y te presentabas en su finca a cualquier hora y lo encontrabas de pie. Jamás echaba una siesta».

El trianero espera que cuando este período sanitario concluya, puedan darles la merecida despedida que merecen sus amigos Joaquín Barral y Borja Domecq: «Se no están yendo muchas personas cercanas».

Juan Antonio Ruiz «Espartaco» era otro íntimo del ganadero. Recuerda su última reunión, hace escasas fechas, junto a su también amigo Emilio Muñoz. «A Joaquín le tenía un cariño especial. Un toro suyo me permitió un triunfo importante en Sevilla. Hemos pasado muchos ratos en su finca de Sevilla y en la de Portugal». El maestro aljarafeño recibió anoche la triste noticia: «Es algo tan inesperado que no me lo podía creer».

«Joaquín era una persona muy vinculada a sus animales. Tenía pasión por todo lo que hiciera: criar toros bravos, mansos, cuidar la finca…». Recuerda la categoría y el señoría de Barral con una anécdota de un festival que organizó en Vistalegre: «Le llamé para comprarle una novillada completa y a la hora de cobrar no me pidió nada. Son detalles que te hacen una idea de cómo era, pese a que la gente que no lo conocía pudiera tener unas referencias equivocadas de él».

«Lo más triste de todo esto es que no podemos despedirnos de nuestro amigo. No me imagino la situación que estarán pasando todas estas familias a las que le han tocado perder a alguien en estos días. Cuando todo esto pase tendremos que homenajearlo».

Publicado en ABC Sevilla

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