Imaginando que la “nueva normalidad” no sea demasiado nueva para los toros.

Plaza de toros montada en la plaza mayor de Salamanca.

Vacía, vaciada y acantonada Por Santiago Juanes.

La Salamanca vacía y vaciada no se fía. Tiembla pensando que al pasar de fase nos lancemos a los pueblos y los pongamos perdidos de virus o que nos echemos al monte como conejos y cabras (cabreados), y como si no hubiera un mañana. No se fía y España tampoco, de ahí la cuarentena que se va a imponer al turismo como parte de la “nueva normalidad” durante el estado de alarma. Catorce días para atemperar y matar al virus importado, que los clásicos del toreo dirían sobar al virus hasta que se someta y adiós. Darle jabón. Lo he escuchado muchas veces en el callejón de La Glorieta, ¡sóbalo!, ¡sóbalo!, pero a nadie he visto ejecutar esa suerte como a Enrique Ponce. Hay quien dice que aburre a los toros, pero creo que los educa.

Antes, dicen los mayores en el Casino, el Museo Taurino y otros tabernáculos de la taurosofía, se sobaba más a los toros a cambio de faenas más cortas, pero más brillantes. Los vitistas tienen a Santiago Martín, “El Viti”, como un maestro en el arte de enseñar al toro a embestir a base de sobarle. Así, supongo, abrió por primera vez la puerta grande de Las Ventas el 13 de mayo de 1961, hace cincuenta y nueve años. Tomó la alternativa ese día con toros de Alipio Pérez Tabernero, con el que compartí anécdotas y cabañuelas, y la compañía en los carteles y el ruedo de Gregorio Sánchez, que murió en junio de 2017 en Galicia, lejos de su Toledo natal; se había cortado la coleta en 1973. Y Diego Puerta, que falleció en noviembre de 2011, a consecuencia de los percances que le había dejado su carrera, afirman los biógrafos; antes habían estado en Salamanca festejando los cincuenta años de alternativa del Viti en un encuentro organizado por la peña del maestro salmantino, que reunió a ambos, Sánchez y Puerta, pero también a Paco Camino y Pedro Gutiérrez Moya, “Capea”, moderados por Leopoldo Sánchez Gil. Imposible una reunión así sin el entusiasmo de Luciano Pavón, presidente de los vitistas salmantinos.

Supongo que la efemérides estará en la memoria de los taurinos, al menos de los supervivientes al virus y otros descalabros de nuestra Fiesta Nacional, nostálgicos de tardes isidriles después del atracón sevillano y esperando los corpus y juanes de junio, cuando los ajos se instalen ya casi secos junto al Mercado de San Juan, que ya veremos este año. Para los taurinos son días de vídeos, repasos al Cossío, las revistas del género atrasadas para aliviar la ausencia y sobre todo para imaginar que la “nueva normalidad” no sea demasiado nueva para los toros. O sí. No lo sé.

Pues eso, que la Salamanca vacía y vaciada, profunda o no, no se fía, y no le pierde la cara al virus, como los buenos toreros no se la pierden al toro ni aún desplantándose ante él. Miran de reojo como harán los habitantes de los pueblos cuando los urbanitas vayamos a sus calles y montes. Si antes, claro, no nos obligan a una cuarentena, demostrar que estamos sanos, tenemos pasaporte sanitario y que nuestra temperatura corporal tiende a fría. O directamente se plantan y acantonan (¡y aquí no pasa ni dios!), como ya hizo Salamanca tiempo atrás, convirtiéndose en una ciudad-estado, con sus fronteras, instituciones y fuerzas de seguridad, tal y como lo contaba Luis Maldonado en sus “Memorias” y recogieron periódicos de la época. Una Salamanca vacía, vaciada y acantonada. Y a ver quién es el Martínez Campos o el Pavía de turno que lo impide.

Publicado en la Nueva Gaceta de Salamanca

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