Puerto de Santa María: La chispa sin incendio de Morante.

Morante por Arjona.

Por Juan Diego Madueño.

A Ponce lo prendió el segundo toro de la chaquetilla al entrar a matar. Un momento angustioso que puso en vilo al público que abarrotaba El Puerto. Ponce se escapó de milagro, tendido en el suelo, inmóvil, tapándose la cabeza con las manos. A punto de convertirse la expectación en tragedia. Antes, con el ambiente más relajado, se ovacionó al himno nacional. No hubo silencio por las víctimas del Covid. La banda tocó y los toreros esperaron desmonterados hasta que acabó la performance que cayó como un aluvión de adjetivos sobre la tarde que más expectación ha generado desde que se levantó el estado de alarma y los empresarios -algunos- abrieron las plazas. Garzón ha tirado la moneda. Le salió cara. ¿Baraka? Ni de coña, es trabajo. Las efemérides hacían tapón: el centenario de la muerte de Gallito se juntaba con el 140 aniversario de la plaza de toros, «que es real». El speaker patriota espoleó al público ansioso de toros, acumulados los meses del confinamiento, las noticias sobre la gestión del Gobierno y todo eso como se acumula el primer polvo. Faltó hacer la ola cuando alguien gritó «viva el Rey».

Morante compuso esa verónica que no convence a los exactos. Por la mano alta vació la frente de un toro mal encarado que tenía un candado en las sienes antiguas. No humillaría nunca. Quizá por eso lo picó dos veces. Y adelantado a la cadencia, meció el lance aumentado por los decibelios. Un remolino de Levante en las medias lo salvó con un delantal. La media a pies juntos, a punto de desanudarse, la imitó un señor desde el tendido cuando salió andando de la cara. Prendía el galope desesperado a los medios de Trujillo. A Morante, que no brindó, le brilló un natural redondeado desde el perfil. Sin la barriga de otros veranos se nota más ese embroque como un borrón de maquillaje. Avanzaba por los derechazos remontándole a la naturaleza la defensa siciliana que le había preparado: el juampedro escurrido sin entrega y ese vendaval que rociaba la muleta de aspavientos, tan difícil de templar. La serie tuvo un principio con la mano que no toreaba colocada a la altura de los escultores y dos molinetes abrieron y sellaron lo mejor. Morante quiso, que parece un milagro. Mató a cámara lenta. El toro no estaba tan muerto: volvió a levantarse en el silbido que a veces tiene la muerte. Paseó la oreja ligero.

La réplica al capote se la dio Aguado, arrancado desde el otro burladero. Cogió velocidad hasta los medios, una velocidad de juventud, la caligrafía inexacta cuando las pulsaciones laten con el acontecimiento. Quitó por el mismo palo. Para el público la faena, en la que toreó al dedillo. Despacio, hundido en dos o tres derechazos, esperó al toro y toreó con la presión evaporada. Escondiendo la ayuda, bajaron los dos de las rayas. Al toro, que se dejó, le vinieron bien esos tiempos. El pulso a cámara lenta en dos o tres instantes que pusieron la base a la faena. Aguado tiene el talento para saber cuándo pararse. Levantó a los partidarios. La segunda estocada fue fulminante. Empató la oreja del genio.

El castaño levantaba albero al compás por bulería. Retumbaban los palcos con el toque que no tienen los pabellones del norte. Si los toros tienen cierto sentido, el sur los enmarca sin explicaciones. Morante le sacudió dos largas a una mano y Mirón, un tacazo al que la divisa le caía como un liguero, no tomó las sutilidades como una proposición. Siguió dándose vueltas, ajeno a los movimientos de los banderilleros. Se asomo al único burladero en el que no le habían dejado un mensaje. No hubo encuentro a la verónica, con el hocico como esclavina o la esclavina como hocico. Había un protesta soterrada, una revuelta que bullía contra el toro. Se presentía la ruina. Poquita gracia en todo lo que hacía Mirón. Lili tampoco lo veía claro. Morante sólo pudo confirmar las intuiciones. Se echó el toro antes de que cogiera la espada. A ver qué dice la PCR.

Aguado tuvo imprecisiones en el recibo al sexto. Deja llegar a los toros y si no le escurren por las gateras es difícil anticipar el lance que se viene. En fin, esto lo digo desde el tendido. Supongo que por eso tartamudeó la verónica. Hay siempre un capotazo en el que se le acumula el trabajo. Después, se rajó el malaje sin remedio, desprendida la corrida de Juan Pedro, que se quedó a medias, definitivamente.

«¿Qué canción es esta?». El concierto de Aranjuez consiguió una atmósfera en la que no importaba la mediocridad del jabonero. Las embestidas decadentes tuvieron esa suerte. A la imperfección le sienta bien una banda sonora y entre Ponce y la banda construyeron la cúpula de vacío donde se desenvuelve bien el veterano maestro. A ver, las poncinas están hechas para estos momentos como de documental inside. Quedaron perfectas. Tampoco importó los defectos de la estocada. Hipnotizados, pidieron la oreja, que va a medias con la orquesta, y cuando quise recordar algunos pasajes todo estaba confuso por efecto del encanto. En realidad no pasó gran cosa. Hay tardes, como ayer, en las que Ponce tiene una nota musical en la chaquetilla como esas tarjetas de Navidad con politono. Ea. Pues la oreja.

Soplaba el Levante en las primeras verónicas de la tarde. Las telas de los palcos se inflaron. El toro tenía la clase volandera como el día. Al refugio del tercio obedecía el juampedro, atrancado al final. En un cambio de mano se ajustaron los ritmos. Hizo un esfuerzo el torero por limpiar una actuación que se deslizó hasta el pinchazo. Su voz era un conato de oles. De la estocada salió medio prendido. La megafonía desactivó la ovación.

Puerto de Santa María / Enrique Ponce / Morante / Pablo Aguado

Plaza Real del Puerto de Santa María. 140 aniversario. 6 de agosto de 2020. No hay billetes. Toros de Juan Pedro Domecq, se defendió el 1º con clase, el 2º no humilló, se dejó el 3º, áspero el 4º, desfondado y sin raza el 5º, 6º rajado.

Enrique Ponce, de rosa palo y oro. Pinchazo caído y espadazo algo trasero y caído (ovación). En el cuarto, media estocada trasera (oreja).

Morante de la Puebla, de albero y azabache. Buena estocada (oreja). En el quinto, pinchazo hondo y un descabello (ovación).

Pablo Aguado, de verde vidriera y oro. Pinchazo y espadazo fulminante (oreja). En el sexto, medio espadazo (ovación de despedida).

Publicado en El Mundo

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