Castella, la última figura francesa.

Uno de los pilares fundamentales en la historia de la tauromaquia de Francia se retira en el año de su vigésimo aniversario de alternativa.

Castella, la figura francesa que apasionó a València Por Jaime Roch.

La última figura francesa, Sebastián Castella, anunció esta semana su retirada repentina del toreo en el año que cumplía su veinte aniversario de alternativa. “Es un decisión difícil, muy meditada y que, además, coincide con una efeméride que no he podido compartir con vosotros como hubiese querido”. Así abre la carta el espada francés con la que ha anunciado a sus seguidores que abandona el toreo.

“Jamás hubiese imaginado cuando empecé mi andadura con apenas 11 años, en mi Beziers natal, que iba a alcanzar tantas metas”, afirma el espada, y, en ese sentido, da las gracias “a todos aquellos que me han acompañado en algún momento de mi carrera”. “De todos he aprendido”, puntualiza.

Para comprender el porqué seguía en activo la figura francesa tras veinte años de trayectoria ininterrumpida en los ruedos, habría que analizar sus inicios desde que eligió al torero José Antonio Campuzano como apoderado. Ahí arrancaría el parecido entre Roca Rey y Sebastián Castella, dos toreros que han tenido el mismo orfebre en sus inicios y el mismo fondo como toreros y que, tras levantar el vuelo como figuras, han abandonado al mentor que potenció sus andaduras taurina.

Respecto a Castella, siempre quiso ser figura a toda costa y, prueba de ello, son sus faenas con el sello de torero de raza, valor frío y entrega sincera. Por eso, su carrera estuvo jalonada de tardes “a sangre y fuego”, como el título de Manuel Chaves Nogales, llenas de capacidad y valor sereno. Ésas eran sus verdaderas armas, sobreponerse a las dificultades de cada toro con un valor seco y sereno para lograr hacer el toreo.

El idilio de Sebastián Castella con València arranca con su propio apellido, el que ha utilizado como nombre artístico en los carteles, que heredó de su abuelo, valenciano de nacimiento

El torero galo también fue uno de los recuperadores de la suerte del péndulo, el mal llamado pase cambiado por la espalda en el que la muleta se presenta por el lado opuesto al que viaja el toro en un “pase natural”. Este muletazo que Carlos Arruza, “El ciclón mexicano”, improvisó en Toledo para salir airoso de un envite y su hijo Manolo Arruza también incorporó a su repertorio, lo recuperó el torero mexicano Alejandro Silveti y Jesulín de Ubrique lo revitalizó tras renombrarlo como “El pase de la tortilla”.

Sus tardes en Las Ventas marcaron la diferencia, como la del 2005 frente a dos toros de Charro de Llen, en la que recibió dos fuertes volteretas y rozó la puerta grande; como sus triunfos por partida doble en 2009; como su cumbre en 2011 gracias a la inolvidable clase de “Jabatillo”, de Alcurrucén, y como en 2018 después de traspasar el umbral venteño tras su faena a “Juglar”, de Garcigrande, porque triunfar en Madrid, en lo que concierne al toreo, siempre supuso consagrarse.

Otra tarde en Las Ventas, no tan transcendental por el resultado final pero sí por la lección de torería y hombría que supuso, fue la de mayo del 2012, en la que aguantó, sin pasar a la enfermería para operarse, la lidia de sus dos toros de Victoriano del Río con una cornada de 10 centímetros.

La suerte del péndulo, el mal llamado pase cambiado por la espalda, interpretado por Castella en València.

Su relación con València

El idilio de Sebastián Castella con València arranca con su propio apellido, el que ha utilizado como nombre artístico en los carteles, que heredó de su abuelo, valenciano de nacimiento. En esa macedonia de sangres que confluyen en la figura gala también hay que sumar la polaca, de su abuelo materno del que heredó su apellido Turzack.

A partir de ahí, hay que reseñar que la primera tarde que Castella hizo sonar nombre más allá de los muros del coso de la calle Xàtiva fue en el festejo homenaje a Enrique Ponce en 2010, en el que el francés triunfó tras una faena de vértigo con un bravísimo toro de Victoriano del Río, con el famoso nombre “Aldeano”, al que el ganadero definió como un “superclase” en una entrevista en Levante-EMV: “Fue un toro excelente, uno de los ejemplares más completos que he lidiado en València porque galopó de salida y metió la cara hasta el final”.

Ése mismo año, Castella tuvo otro encuentro para la historia en la Feria de Julio con otro toro de Victoriano del Río, de nombre “Forajido”, “un ejemplar fiero, vibrante y que requería mucha concentración, de los que piden el carné, con una bravura muy necesaria. Ese tipo de animales deben salir pero lo menos posible, porque las figuras se acuerdan de ellos durante mucho tiempo. Cuenta don Pablo Lozano una anécdota de El Guerra que viene al caso. Decía el califa cordobés: ‘Qué buenos son esos toros para mis compañeros de terna, pero no para mí’”, explicó el criador madrileño en este periódico.

En 2013, tras poner la plaza al rojo vivo en un extraordinario quite por espaldinas en la Feria de Fallas, salió como triunfador de la Feria de Julio tras cortar dos orejas (una en cada toro) a una corrida de Núñez del Cuvillo. Precisamente, Cuvillo volvío a poner el nombre de Castella a circular en 2015 gracias a “Juncoso”, un precioso colorado con las virtudes de la fijeza, nobleza y bondad que traía el premio gordo en sus embestidas -fue premiado con la vuelta al ruedo- y el diestro francés no quiso desaprovecharlo.

“Horroroso”, el final de la carrera

El final de su carrera ha tenido más sombras que luces. Castella no ha dejado de ser un torero que respete su profesión ni ha dejado de tener el reconocimiento del público, pero ha navegado en la facilidad de su técnica -la mayoría de sus faenas han acabado siendo iguales-, y se ha excedido demasiado en realizar faenas modernas, con la suerte descargada y lejos de las lidias clásicas.

Testigo de cargo fue su faena a “Horroroso”, de Jandilla, en la Feria de Fallas de 2019. Las virtudes del toro fueron premiadas con una merecidísima vuelta al ruedo pero Castella cuajó una desajustada labor sin estar a la altura ni técnica ni artísticamente de la embestida de bravo animal. Borja Domecq aseguró a este diario que “la emoción que producía ese toro me marca el camino a seguir en mi ganadería porque la trasmisión es fundamental para el toreo del siglo XXI y pone a todos los aficionados de acuerdo”. En 2017 también se encontró en Madrid con otro extraordinario Jandilla , de nombre “Hebreo“, al que premiaron con una vuelta al ruedo entre clamores mientras el diestro francés, solvente y firme, solo paseó un apéndice.

Ahora, la figura del país vecino cree “que hay otros universos por descubrir y tengo mucho que aprender más allá de lo que ha sido mi vida desde muy niño”. “No sé si será un adiós definitivo o un hasta luego. Sólo el tiempo tiene la respuesta. Dicen que los toreros nunca nos retiramos y yo creo que es así. Yo allá dónde esté, haciendo lo que haga, siempre diré con orgullo que he sido, soy y seré torero”, sentencia.

Su adiós deja en evidencia otro grave problema del sistema taurino que el coronavirus ha dejado en quiebra: no hay relevo y solo Roca Rey es el único joven llamado a capitanear el futuro de un espectáculo que tiene como máximas figuras a toreros con más de diez años, veinte y hasta treinta años de alternativa. Quizá el diestro galo le entregó la responsabilidad del futuro al joven peruano cuando le regaló un precioso vestido salmón y oro que estrenó en su debut en san Isidro como novillero.

El tiempo dirá.

Publicado en Levante

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