“YA NADIE DICE LA VERDAD”: Curro Romero.

Por:

  • ANTONIO LUCAS
    ZABALA DE LA SERNA
    FOTOGRAFÍA: JOSÉ AYMÁ.

Octubre de 2000: Curro Romero decía adiós a los ruedos en silencio. «¿De quién me iba a despedir?». 20 años exactos después, Curro, el último mito de Sevilla, el último guardián de las esencias, el torero que convocó una religión sin pretenderlo y sentó jurisprudencia, habla en su refugio. Sorprende la nitidez de ideas y una cierta bonhomía de hombre en retirada, que no desatento. Ha dejado que el pelo crezca como es: color nieve. Un halo casi de santidad envuelve su sonrisa. Hasta hace poco le llamaban familiares de enfermos terminales que no querían dejar este mundo sin conocerlo. Y el Faraón acudía, humilde y compasivo. Por una de las ventanas grandes de su casa de Camas la ciudad se concreta como un escenario. A lo lejos asoma el sitio de su gloria, la Maestranza de sus verónicas.

Resopla antes de empezar.

¿Se cansa?

Ufff. Los nervios. Cada día que pasa veo más difícil el toreo y hablar de toros. Cuando dejas de tener esa ilusión tan grande como la que yo tenía, pues te vienes un poco abajo.

¿Anda caído de ilusión?

Ilusión tengo por vivir, pero ando como acobardado.

Este año superó un cáncer…

Sí. Y me encuentro muy bien. Me dijo la médico que era muy valiente.

¿Lo es?

Lo dice la médico… Yo lo que hacía era torear muy despacio. Qué difícil torear tan despacio, ¿verdad? Cuando cierro los ojos me acuerdo de esos momentos.

¿Cómo recuerda los comienzos, aquellos días en que se escondía de sus padres en una panadería de Camas para ir en secreto a torear?

Recuerdo lo bien que olía la panadería. Quise ser torero por escapar de las fatigas, por salir del fango, por ayudar a mis padres que trabajaban mucho y no llegaban a fin de mes. Tuve una suerte inmensa. Quise ser torero y fui torero. Descubrí que a mi sensibilidad le iba muy bien el toreo. Por mi forma de entender la vida, que también tiene que ver con la lentitud, con la falta de prisas… Muchas veces me paro a pensar en lo difícil que es torear despacio. Estar tan vertical, gallardo pero no agarrotado, tener el cuerpo suelto. Irse de la cara del toro sin exagerar. Delante de un toro bravo no sabes lo que va a ocurrir porque te sube el instinto de conservación, te puedes desmanejar, descomponer. Pero cuando imponía la armonía, muy de cuando en cuando, salía todo bordado… Es más bonito que sucedan las cosas así, no tan seguido. Había corridas a contraestilo en las que no cabía mi toreo. Yo era incapaz de hacer cosas que no sentía. Tengo la alegría de no haberme traicionado nunca a mí mismo. Ni por las broncas terribles que aguantaba. Prefería emocionarlos. Que viniera un aficionado después de 10 ó 12 años y que me enseñase el brazo con los vellos de punta era señal de que mi obra seguía viva.

¿Su origen humilde le marcó?

Fue esencial para mí. Tengo un recuerdo de mis padres grandioso. Jamás les vimos discutir, ni en casa entró nunca la envidia. Mi padre y mi madre eran demasiado. Qué grandeza más grande.

¿Cómo es ahora un día suyo?

Paso mucho tiempo solo y me gusta esa soledad, no me peleo nunca con ella [ríe]. Durante mucho tiempo estuve falto de silencios, así que aprovecho ahora. Para que la mente esté abierta necesito del silencio. Y acariciar la mente como se acaricia toreando. Es la manera de tener ideas buenas. Una mente retorcida acumula podredumbre. La cabeza es imprescindible para ser torero. La medida del tiempo. Saber qué debes hacer cuando sale el toro que esperas, y cuando salga que no se te vaya.

¿El toreo es para usted sinónimo de libertad?

El toreo lo entiendo libre, sí. Pero tenemos muchos inconvenientes con respecto a otras disciplinas. Un artista flamenco, un pintor, un escultor o un escritor crea sin mirar el reloj. Un torero, sin embargo, está sometido a un reglamento, a un tiempo de 20 minutos. Hace muchos años hubiera querido torear sólo con el capote y luego irme a por la espada al final… Una vez le dije a Aznar en La Moncloa que el toreo no debía estar adscrito al Ministerio del Interior, que parecíamos delincuentes. Y me dejó sentado de culo cuando me contestó que estaba muy bien donde estaba. Con los socialistas pasamos a Cultura, pero como si no. Estamos más cerca de las otras artes, pero a nosotros nos niegan las subvenciones, el pan y la sal.

Siempre aspiró en la vida a reírse, al silencio… Y a ser invisible.

Me gustaría ir por la calle y que no me reconociera nadie. Pasar desapercibido. Eso, ser invisible… En ocasiones, cuando me abstraigo creo que ni he toreado. Cuando veo corridas por la tele, me pregunto: «¿Y yo he estado delante de esos toros tan grandes?».

Hasta los 66 años estuvo…

A veces me daba miedo de mí mismo. Me faltaban dos meses para los 67 cuando me retiré. Me preguntaba: «Dios mío, ¿hasta cuándo?» Quería irme entero, que no me cogiese uno y me dejase en silla de ruedas. Pero hasta la última tarde me movió lo que podía ocurrir si me metía la cara un toro y me iba pegándole lances hasta los medios.

¿La vida le ha sido noble?

He sido un hombre pleno, muy lleno de cosas buenas. Muy vital. Es ahora cuando me cuesta sacar las palabras de mi cabeza. He sabido entender la vida muy bien cuando me tocó vivirla y disfrutarla con facultades y reflejos. Todos los días toreaba de salón una hora y caminaba otras dos por el campo. Así estuve 30 ó 40 años. Terminé yendo solo a los tentaderos. Los compañeros con los que hacía pareja echaban una hora con cada becerra y me desesperaba. Yo con 15 ó 20 pases tenía aquello visto.

¿Cómo se lleva con su leyenda?

No muy bien. No me gusta ser el eje en las conversaciones. Me venía muy ancho todo eso. Que hablen de mí me pone muy nervioso, pero me he dado cuenta de que la leyenda viene por algo. Algo ha pasado para que sea así, con tantas tardes negras y pocas buenas para el tiempo que estuve en activo [42 años]. Corté una vez una oreja en el mes de agosto y titularon como noticia: «Curro corta una oreja». En un mes hay quien corta 60.

Aquellas ferias de abril, aquellos Domingos de Resurrección…

Toreaba cinco tardes seguidas, acababa el papel en taquilla, no salía ni al tercio y me seguían esperando. Pero cuando salía el toro esperado había que bordarlo poniendo a la gente en pie con cuatro lambreazos. No me extraña que a los toreros que se montan todas las tardes encima del toro les caigamos mal esos otros como El Gallo, Chicuelo, Pepe Luis o como yo. A nosotros, con el toro bueno, no se nos veían los tirantes.

Le pasa a usted como a su amigo Camarón, tan tímido.

Cuánto me veo reflejado en él. Romerito, su hombre de confianza, me decía: «Camarón es igual que tú. Tú con tu forma de torear y él con la suya de cantar». Y era verdad.

Esa complicidad…

Qué respeto y qué cariño más bueno. Siempre supe a quién había que escuchar. Para eso he sido inteligente. Hay que quedarse con lo que se asienta en el oído y con lo que se queda en la retina. Camarón era de pocas palabras, pero el día que decía alguna frase había mucho ahí dentro.

Usted siempre ha buscado la armonía en el toreo y en la vida.

La armonía es paz. Al toro le gusta la armonía, que lo mimen. Y mimarlo es torearlo despacio y acariciarlo. Y en la vida igual. Viene uno a discutir y mi primera reacción es pararlo, hablar, intentar encontrar el acuerdo razonando. Lo que le diga tiene que ser verdad. La verdad es muy difícil, y tiene tanta fuerza… Pero ya nadie dice la verdad.

Cómo vive este momento tan agitado, incluso violento, del mundo.

Yo me he criado en otro ambiente, en otro tiempo. Esto de ahora… Siempre estuve con personas de una sensibilidad fuera de lo normal, como Antonio Márquez. Algunas veces tomaba café con Juan Belmonte, otras con Rafael el Gallo. Orson Welles fue un partidario mío tremendo… De 30 años a esta parte todo ha ido degenerando.

¿Qué sucedió para que tanta gente de la cultura huyera del toreo?

La figura del torero no llama la atención. Antes querían estar con ése que hacía el toreo de forma distinta. En mi juventud asistía a reuniones excepcionales. Iba a escuchar. Hablaba muy poco. Hoy esas cosas suceden menos. Está todo muy raro, si dices algo a los jóvenes hasta te contestan mal.

Y esa rareza cómo afecta al toreo.

Los toreros nuevos no tienen a quién observar. Ni siquiera a quién copiar. Nadie escucha y se han perdido los referentes.

¿Cuáles fueron los suyos?

El primero que me gustó fue Antonio Ordóñez. Y Pepe Luis Vázquez. Y antes que todos, Curro Puya con el capote. Era un gitano extraordinario.

Se perdieron las tertulias y se habla peor que nunca de toros.

La ignorancia más tremenda del mundo se da en los toros. A un pintor nadie le chilla por detrás: «¡Así no!».

¿Se pueden tener sonidos gitanos en la forma de interpretar el toreo sin ser gitano?

Puedes llegar a tener un sentimiento muy a flor de piel como tienen los gitanos, una sensibilidad muy de fiar, muy delicada. He convivido con ellos más que con los payos. Y me han dado lo mejor de su cariño y su arte. Siempre he estado entregadito. Me tenían como un gitano más. Y esas noches en los tablaos…

Publicado en El MUNDO 🌍

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