Finito de Córdoba, luz entre las tinieblas.

Por Salvador Giménez.

Esta tarde, cuando a los sones del pasodoble Manolete la cuadrillas partan plaza en Los Califas, la sombra de un toreo planeará sobre el dorado albero. Después de muchos años, más de treinta, su figura estilizada, elegante, hidalga, como debieron de ser las de los caballeros de la corte de los Austrias, estará inexplicablemente ausente de la tropa que, vestida de luces, fragmentará la impoluta arena amarilla del coso de Ciudad Jardín.

Ni decir tiene, que la ausencia de Finito de Córdoba la tarde de hoy, es de difícil explicación. Los motivos, solo pocos lo saben. Prescindir hoy de su persona, además de una falta de respeto a su ya dilatada trayectoria, muestra una falta de sensibilidad absoluta de quienes se mueven entre los bastidores del toreo de hoy. ¿Qué es la sensibilidad? Es tan difícil de explicar. Pero sin lugar a dudas, es algo que enriquece el espíritu humano.

Lo cierto y verdad es que Finito de Córdoba, santo, seña y estandarte del toreo cordobés durante muchos años, no actuará esta tarde en su plaza. Por ello, toda esa generación que se llenó con su tauromaquia clásica, atemporal, ortodoxa y preñada de personalidad, extrañará su hueco en una fecha única en este año de pandemia, donde Córdoba, nuestra Córdoba, será por un día capital mundial del toreo y, a pesar de muchos, como dice el crítico taurino Luis Miguel Parrado: “Córdoba sin el Fino es menos Córdoba”. Pero Finito de Córdoba seguirá ahí, deslumbrando en esta época tenebrosa y oscura; su tauromaquia es la luz que se cuela, natural, fresca, estética, limpia, entre el negro panorama de este tiempo donde la monotonía es soberana entre tanta vulgaridad.

Muchos piensan que el torero cordobés debe de estar ya amortizado. ¡Qué equivocados están! Pusieron el grito en el cielo cuando se anunció que Finito de Córdoba, cubriría la vacante, ante la repentina retirada de Sebastián Castella, en Antequera. Era injustificable, para estas voces, que un torero con los años de alternativa de Finito copara un hueco que, decían, tenía que ser cubierto por un torero emergente. El espíritu de Juan Serrano se tuvo que sentir dañado profundamente, pero el viernes en Antequera, Finito de Córdoba salió a su rescate. El torero, espoleado en su amor propio en lo más profundo de su ser, cuajó una tarde única en esta temporada marcada por lo ya apuntado, el tenebrismo de un año negro por muchas causas.

El torero cordobés –y no me vengan a nombrar la ciudad de Sabadell– fue una luz que se coló en esa oscuridad iluminando a cada lance, a cada remate, a cada muletazo, a cada adorno; pasajes irrepetibles que, sin lugar a dudas, quedarán grabados en las retinas de los que tuvieron la suerte de ser testigos de ello.

Las orejas o el indulto es lo de menos. Una simple anécdota. Lo importante es que Finito de Córdoba se reivindicó ante todos aquellos que le niegan el pan y la sal, porque aunque se le niegue, lo realizado por su persona el viernes en Antequera está al alcance de muy pocos toreros del escalafón. Tiene el toreo de Finito cierto aire barroco. Es místico, para los iniciados, y deslumbrante entre tanta oscuridad para los que lo descubren. Conciso, breve, roto y repleto de algo que se tiene o no se tiene: torería.

Los años han dado al torero un poso que ha incrementado su calidad. Un torero para verlo, para disfrutarlo, para sentirse seguidor de una liturgia milenaria sin complejos. Un torero de culto, como siempre los hubo, y que Córdoba, aquella a la que tanto dio, aún no se ha dado cuenta del tesoro que atesora.

Publicado en El Día de Córdoba

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