Blanco y plata en la tarde en la que Palomo Linares entró en la historia del toreo.

Por Salvador Giménez.

Todo ha pasado tan deprisa que lo sucedido parece irreal. Los momentos que han acontecido apenas unas horas antes han sido tan intensos que su fugacidad no ha permitido disfrutar plenamente lo vivido. Atrás han quedado momentos de tensión, de responsabilidad, de miedos, de injusticia. Momentos amargos que, en un instante, se han convertido en una de las cosas más soñadas por un torero. El triunfo, el tocar, como quien dice, la gloria con la yema de los dedos. Aunque sea un momento efímero, una tarde mágica como la acontecida en Madrid ha merecido la pena. Los días previos habían sido duros. En el anterior compromiso, las cosas no salieron bien. Cierto es que los toros de Garzón no colaboraron, pero también es verdad que cierto sector de la afición, influida por una crítica ante la que no se plegaba el torero, comenzaba a ser feroz cada vez que Sebastián Palomo hacía el paseo en Madrid.

Ahora todo era diferente. Palomo Linares trataba de revivir en su memoria todo lo que había ocurrido. La tarde había sido plena para él. El triunfo había sido grande, muy grande. Había hecho historia. Con su torería, su pundonor y con su personalidad había llenado por sí solo una página de la historia de la tauromaquia. Aún no era consciente de lo sucedido. En sus oídos aún resonaban los aplausos, los vítores, los gritos de emoción, todos retumbaban aún en su cabeza. El cuerpo estaba cansado, dolorido, desmadejado. Pero el espíritu seguía activo. La grandeza de lo ocurrido, pasaba una y otra vez por su mente, que agotada no podía asimilar tantas sensaciones, por lo que todo se repetía una y otra vez, buscando todos y cada uno de los detalles de todo lo pasado.

Sobre una silla, manchado de sangre, de albero, desgarrado y roto, está un traje de torear blanco y plata. Hace apenas unas horas era rutilante y brillante. Esperaba el momento de ser vestido por su dueño, quien buscaba la manera de resarcirse de su anterior actuación en la capital. Tenía que sacarse la espina. Era su obsesión desde que decidió en su Linares natal el ser torero. Eran épocas de sueños, ahora ese sueño ya se había convertido en realidad. Era una de las primeras espadas de su época, pero su obsesión era ser algo más, el mejor. De ahí que siempre saliera a jugarse la vida y no dejarse ganar la pelea por nadie. Esa obsesión le llevó a ganarse muchos enemigos, pero también el reconocimiento del público, que lo veía un torero honrado que no engañaba a nadie, pues su entrega, tarde tras tarde, era una costumbre que jamás perdió.

Aquel lunes 22 de mayo de 1972 se volvía a repetir el guión. Nada más aparecer por la puerta de cuadrillas, el torero de Linares fue recibido por parte del público con una sonora bronca. Daba igual. Ya estaba acostumbrado. Qué más daban los pitos. A poco que los toros fueran propicios, estaba seguro de tornar las lanzas en cañas. Flanqueado por Andrés Vázquez y el mexicano Curro Rivera, Palomo cruzaba el ruedo de las Ventas esperando que alguno de los toros sorteados de Atanasio Fernández le permitiera cuajar una tarde triunfal.

La corrida comenzó cuando el reloj marcaba las seis de la tarde. Andrés Vázquez estuvo en torero. Fiel a su estilo, seco y castellano, pero con gusto. La primera oreja de la tarde fue para él. En el segundo, Palomo Linares cortó dos por una actuación pundonorosa y valiente. En parte el objetivo se había cumplido, pero el torero aún quería más. Y así fue. Todo vino rodado. Saltó el quinto a la arena. Negro, atiende por Cigarrón y como sus hermanos se crió en Campocerrado, el solar de los toros de don Atanasio. Palomo Linares lo recibió airoso y cabal con el percal. El público ya se la había entregado, pues como siempre Palomo les ofrecía todo lo que les podía dar. Inició la faena de muleta de rodillas. No fueron pases sueltos por alto, sino tandas de cuatro o cinco muletazos, embarcando las embestidas y llevándolas hasta donde el brazo permitía rematarlas. Una vez de pie, Palomo Linares cuajó una de las mejores faenas que se le recuerdan.

Pases de todas las marcas y exentos, según narró la crítica de la época, de los defectos que más se achacaban a Palomo. Cigarrón fue un toro bravo, tan bravo que el mismo Palomo lo reconoció así durante el resto de su vida. Siempre se dijo que los toros bravos descubrían a los toreros. En este caso el matador estuvo a la altura y supo aprovechar la bravura ofrecida para culminar su obra soñada. Ahora solo faltaba la rúbrica del estoque. Palomo entró a matar o a morir. Su obra no podía quedar sin remate. Salió cogido de la suerte. Afortunadamente, no resultó herido. Cigarrón dobla tras la estocada. El público enardecido pide los trofeos. Primero una oreja, la petición continua, el presidente concede la segunda. Algunos comienzan al pedir el rabo, el resto se contagia. La petición es unánime, el pañuelo asoma a la antesala del palco. Treinta y seis años después, un torero corta un rabo en la primera plaza del mundo. Palomo Linares ha hecho historia. 
Ya en el hotel y frente a un traje blanco y plata, maltrecho y desmadejado, Palomo Linares trata de volver a revivir todo en su memoria. Una vivencia única que lo metió de lleno en la historia del toreo, porque polémicas a parte, la tauromaquia se escribe sobre la arena con muleta y estoque, y no con tinta sobre un albo papel.

Publicado en El Diario de Córdoba 

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