La Fiesta está Viva: Un Maestro Por Rafael Cué.

La historia de Alberto Cossio es como muchas que hay en el toreo, dura, caprichos del destino que un hombre con condiciones maravillosas para el toreo no haya llegado a la cima.

Ser torero va mucho más allá de vestir de luces y ejercer la profesión, ser torero es una manera de entender y afrontar la vida en todas sus facetas, desde los retos, los sacrificios y los placeres, hasta la parte más amarga, las crisis, los percances y la muerte con la que los toreros aprenden a convivir, a verla frente a frente, respetarla siempre, pero con la gallardía de desafiarla ante un toro para expresar lo más profundo de su alma.

Alberto Cossio es un torero de los pies a la cabeza; el pasado domingo ha cumplido 79 años de edad y su historia es como muchas que hay en el toreo, dura, caprichos del destino que un hombre con condiciones maravillosas para el toreo no haya llegado a la cima.

Cuando se ama el toreo y se ama al toro, no es necesario llegar a la cumbre, sitio reservado para sólo unos cuantos privilegiados, de miles llega uno, aunque en el camino encontremos toreros prodigiosos, como es el caso de mi querido y admirado Beto Cossio.

Les cuento su historia, corría el final de los años cincuenta, cuando enamorado de la esencia del toreo, se iba de pinta para escaparse al Toreo y entrenar con los novilleros de aquella época. Se le presentó la oportunidad de viajar a Nayarit con otros chavales y torear ganado criollo, lo que le forjó el carácter y donde pudo mostrarse como si el ganado fuera de lidia, lo que llamó poderosamente la atención de varios taurinos. De boca en boca se corrió la voz de su arte y así es como fue invitado por primera vez a una ganadería brava, Tepetzala, hierro tlaxcalteca que podemos decir fue clave para que Beto fuera invitado a otras casas ganaderas del taurino estado mexicano. En alguna ocasión, estando presente el maestro Fermín Armilla, quedó gratamente impresionado por la actuación de Beto ante una vaca muy seria y le pronosticó: “si eres capaz de torear un toro como toreaste la vaca, te harás millonario”.

Aliciente para que el joven novillero se entregarse en cuerpo y alma a su vocación. Debutó en La Plaza México y cortó una oreja. Así llegó noviembre de 1964, tarde icónica del toreo mexicano, ya que Beto Cossio compartió cartel en la plaza de La Aurora con Manolo Martínez, siendo la presentación de este último como novillero en la Ciudad de México. Esa tarde Cossio estuvo muy bien, desgraciadamente resultó herido, le atravesó el pitón el muslo. Reapareció en Tepic gracias al gran ambiente, y fue corneado una vez más. Guadalajara fue sede de la siguiente novillada, alternando de nuevo con Manolo Martínez, donde tras cuajar al novillo de Boquilla del Carmen, al tirarse a matar vuelve a ser herido, esta vez en la femoral. Reaparece Beto en el debut de otro Maestro, Eloy Cavazos, en Guadalajara.

Las cornadas mermaron su ánimo, pero no su arte. El destino tenía otros planes, si bien no se encumbró como máxima Figura del toreo, Beto siempre ha sido admirado por esas Figuras cuyo destino fue llegar a la cima, y eso no es poca cosa.

La torería es un misterio, se tiene o no se tiene, hay grandes toreros sin torería, Beto, en cambio, es la torería. Es el saber andar, el saber estar, el saber hablar con amor infinito del toreo, pese a que éste se cobró con su cuerpo el precio que los toreros tienen que pagar ante los pitones de los toros.

Beto es la máxima Figura del “Rincón del Arte”, como bautizó otro gran artista, el matador Manolo Sánchez, al claro donde en Chapultepec entrenan los aspirantes, aficionados y consagrados.

Beto es el temple, el empaque y el don de torear bellamente de salón con el garbo de los toreros de toreros. La naturalidad divina de los artistas auténticos, donde el nivel no se mide en dinero, sino en gracia.

Cuando Alberto Cossio llega andando y atraviesa el bosque del parque Gandhi, bien podemos soñar que estamos viendo a un torero antiguo caminar por la calle de Alcalá rumbo a Las Ventas.

Chapeau, maestro, olé por los toreros buenos, olé por su amistad, su temple en el trato y la grandeza de su amor al toreo.

Dios lo bendiga.

Publicado en El Financiero

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