Opinión: Carteles diferentes.

Por Javier Lorenzo.

Hubo un momento, que existe aún, en el que parecía, y así trataron de hacérnoslo creer, que el toreo de rejones solo se podía realizar a los toros de encaste Murube. Que si el ritmo, que si el tranco… No tenía otra salida digna este encaste más que para el rejoneo. Es solo un absurdo comparable a que los toros de este origen no podían tener sitio en el toreo a pie. Dos tópicos típicos que revolvían las tripas a cualquier aficionado sensato, mientras se imponía en los carteles un único encaste y una versión de la embestida. Los nuevos aficionados del siglo en curso han nacido y crecido viendo poco más que un tipo de toro reducido a la mínima expresión de que lo que siempre fue el amplio muestrario de la bravura. En torno al de Murube se creó ese absurdo argumento igual que el toreo se redujo a un solo tipo de embestida por aquella otra tontería de que las ganaderías minoritarias son tal porque no embisten, en un momento en el que las figuras que mandan y las empresas que organizan ponen en escena el toreo con esa única versión impuesta. Domecq en diferentes versiones, sí; pero todas en un mismo tipo que ha caído en una peligrosa previsibilidad. Un solo encaste para todos los escenarios, citas y eventos. Y más que un encaste, el escaparate reducido a poco más de media docena de hierros con los que las figuras se repiten día sí y día también. Mismo espectáculo. Un coto vedado a las divisas que no entran en ese patrón. Como siempre, el aficionado, que es quien sufraga y mantiene el espectáculo, sale perdiendo. Ni empresarios, ni figuras piensan en él.

El fin de semana pasado fue una demostración más de que la tauromaquia es más de la Fiesta reducida, cerrada y acomodada que nos imponen. Que una figura máxima como El Juli se puede medir a un torero revelación y con multitud de alicientes como Pablo Aguado. Una de Santiago Domecq. Que Roca Rey, el que manda en el escalafón, se puede medir con un torero exquisito y en pleno lanzamiento como Juan Ortega y a otro que pide paso a gritos como Emilio de Justo. Todos desatados, cada uno en su versión, con una de Garcigrande. En Sanlúcar y Brihuega se acabaron las entradas. Hubo más, porque al mismo tiempo se puede lidiar una de Pedraza en Arles, con gran expectación; porque Álvaro Lorenzo puede bordar y soñar el toreo con un Alcurrucén (encaste Nuñez) en Toledo; y porque Ventura puede llenar una plaza, casi imposible, como Ávila, y triunfar con una corrida de Adolfo Martín (Saltillo y Santa Coloma). El público, cansado de ver la misma película, quiere ver retos diferentes, formas nuevas y caras distintas. Para eso hacen falta que las figuras salgan de su burbuja y se dispongan a competir como siempre hicieron los grandes en la historia del toreo. Y que las empresas de inciten y busquen argumentos para crear de verdad espectáculo. Dos cosos menores, Arévalo y Guijuelo, son ejemplos de apertura que sirven para creer en el futuro, figuras y caras nuevas, mientras se siguen anunciando ferias que podrían seguir pagándose en pesetas con espadas que ofrecen un espectáculo caduco al que el público hace tiempo empezó a dar la espalda.

Publicado en La Gaceta de Salamanca

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