Crónica: Desvergüenza nimeña.

“Si el toro no ayuda…”. Pero, hombre, si el toro no ayuda, para eso está el torero, para mostrar su poderío, su compromiso y su garra.

Por Antonio Lorca.

Siempre se tiene mejor opinión sobre aquello que no se conoce. ¡Qué gran verdad!

Con la buena opinión que se tiene en España sobre la afición francesa, y llega la televisión y lo desmorona todo. Vaya tarde indecorosa de los tres toreros, muy por debajo de los toros; del público, jaranero y orejero, y del presidente, quien demostró que su criterio nada tiene que ver con la exigencia que se supone más allá de los Pirineros.

Triunfó la corrida de Fuente Ymbro, sin ser nada del otro mundo, pero estuvo muy por encima de una terna desconfiada, sin recursos y afligida –tal fue el caso de los dos espadas más veteranos–, y embarullada y tremendista, como es la concepción torera de Juan Leal, que salió a hombros por la Puerta de los Cónsules y nadie, salvo el presidente, sabe por qué.

No se trata de ensañarse con un torero en situación desconsolada. No. Finito de Córdoba merece el respeto que exigen su más de treinta años de profesión. Pero sería injusto ocultar la realidad, y esta dice que no está el diestro cordobés para compromisos de una cierta responsabilidad. Sigue ahí por su alta condición artística, cuajada de altibajos, basada en el desapego y detalles aislados de innata calidad. Escuchó los tres avisos en su primero, nobilísimo animal, ante el que ofreció una imagen de total desconfianza, y su labor fue tan mediocre como desesperante. Protagonizó un mitin en la suerte suprema, y el toro se fue a los corrales con cara de afligido después de la actuación muy deficiente del torero que le tocó en suerte.

Otro toro noble fue el cuarto, y por allí anduvo Finito con probaturas insulsas y muletazos deslavazados, el cuerpo arqueado, postureo impropio de un artista, y solo al final dejó algunas gotas de su concepción taurina.

Tampoco estuvo bien Diego Urdiales. Ya lo dijo él a las cámaras de televisión: “Si el toro no ayuda…”. Pero, hombre, si el toro no ayuda, para eso está el torero, para mostrar su poderío, su compromiso y su garra. Precavido, acelerado, desconfiado… Así estuvo Urdiales. No le cogió el aire al encastado y dificultoso segundo, y no se embraguetó ante el noble quinto. “Si el toro no ayuda…”.

Y Juan Leal salió a hombros después de una tarde de tremendismo, embarullamiento, mucho valor temerario, y ausencia de toreo. Lo intentó con capote y muleta en quites por gaoneras y saltilleras en los toros de sus compañeros, y a la verónica en los suyos, pero no dijo nada. Brindó sus dos faenas al público; comenzó de rodillas la primera, en los medios, y muleteó, después, despegado y superficial, y no logró levantar los ánimos de los tendidos hasta que trazó un par de circulares que precedieron a una espectacular voltereta de la que salió ileso.

Una pedresina fue el inicio de su labor al sexto, seguida de toreo arrodillado, insípido y vano antes y después, ante otro noble animal. Otra vez circulares, de nuevo genuflexo, y valor seco y mudo, solo valor. Un bajonazo infame fue el colofón de esa faena; pero el presidente no lo dudó y mostró sus dos pañuelos como si acabara de presenciar una gesta.

Siempre se tiene mejor opinión sobre aquello que no se conoce. ¡Qué gran verdad! Cuánto admirábamos a la afición francesa cuando no se televisaban las corridas más allá de los Pirineos…

Publicado en El País

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