Obispo y Oro: Emilio de Justo se consagra en Madrid Por Fernando Fernández Román.

Alguien tuvo la ocurrencia, por aquello de hacerse el ingenioso, de llamar a la corrida de ayer la “de la cultura”, sin tener en cuenta que colocaba al resto de las corridas que se celebran en Madrid alejadas de un hecho que está reconocido por la ley 18/2013 de 12 de noviembre, “patrimonio cultural inmaterial” de España como no nos cansaremos de repetir. Si la de ayer fue “cultura”, ¿qué fue la del sábado anterior? Estas mentes pensantes…

El caso es que la corrida comenzó con cierto alboroto. Gran parte del público invitó a los toreros a saludar una ovación en reconocimiento a su participación en un atractivo mano a mano, que en México le dicen “agarrón”; pero un pequeño sector mostró su discrepancia, y dio la impresión de que solo admitían la salida al tercio de Antonio Ferrera, mientras Emilio de Justo, el hombre, recibió la repulsa de ese sector la impertinente obscenidad que habitualmente utiliza para estas cuestiones, netamente protocolarias y de elemental cortesía entre toreros. El caso es que el rechazo tuvo su prolongación hacia las rayas de picar, que eran las del festejo anterior y, por tanto, se mostraban descoloradas y casi imperceptibles. Antonio Ferrera solicitó que se repasaran con cal y aquello fue un detalle más de la improvisación, imprecisión y dejadez en que se halla sumida la Plaza de Las Ventas. Minutos después, esas rayas serían referencia precisa de un tercio de varas insólito, en el que el propio director de lidia ordenó al picador, Aitor Sánchez, a instalarse en el centro del ruedo y colocar un puyazo –excelente, por cierto–, a la más vieja de las usanzas. Esto de las rayas y su fundamento debe ser objeto de un detenido análisis, que prometo publicar en breve. Hay mucho despistado, desorientado o malinformado al respecto.

La corrida de Victoriano del Río se lidió de milagro. No por problemas en el reconocimiento veterinario sino porque su disposición para la lidia tenía muy cerquita la fecha de caducidad: todos los toros estaban al borde de cumplir seis años, por lo que ya venteaban en el horizonte las naves del matadero. Los toros fueron saliendo con unas testas imponentes, sobrados de badana y con el singular comportamiento de los toros viejos: capacidad para desarrollar sentido y el indómito carácter que reniega del sometimiento. Esta última cualidad se puso de manifiesto en dos toros de Ferrera –primero y quinto—y otro de De Justo –el sexto–, pero segundo, tercero y cuarto ofrecieron garantías para el lucimiento de los toreros, siempre que supieran manejar tan apreciables contingencias.

Bajo estas premisas perfilaron los matadores sus planteamientos. Antonio, haciendo una exhibición de valor ante un galafate cornalón, un toro que no permitía la menor vacilación. Ferrera lo toreó vistosamente de capa y lo condujo con la muleta en pases en redondo ceñidos y templados, durante una emocionante faena que estropeó con la espada. Cada muletazo, con el toro revolviéndose amenazador, un ole entrecortado, mientras los pases de pecho tomaban esa dimensión de expulsión que justifica el calificativo de “forzado”, tan usado por los revisteros de antaño. Después, un burraco de modosos modales embistió adormilado y noblón y Antonio supo darle la medicina de la “despaciosidad”, tan en boga últimamente. Y el quinto fue una prenda que abrió la veda de la cacería al sujeto del chispeante vestido en los tres tercios de la lidia. Si a esto le unimos el fallo con la espada, el resultado es sencillamente descorazonador, para el torero y para el público. No así para el subalterno de su cuadrilla Antonio Chacón, que colocó dos soberbios pares de banderillas al quinto toro. Una última precisión: la variedad, la puesta en escena de suertes novedosas y sorprendentes, también tienen una secuencia específica. Si se abusa de la sorpresa, el efecto es contrario. Ayer, el público se le volvió en contra por el excesivo afán que mostró Ferrera en exhibir su heterodoxia. Hay que dosificar estos efectos especiales. Las sobredosis, son malas.

Lo bueno –lo mejor de la corrida en materia bovina– cayó en los brazos de Emilio de Justo. Un toro bravo y encastado jugado en segundo lugar, bien picado por Bernal, en espera ante la puerta de cuadrillas y por el piquero titular, Manuel Quinta, permitió a este torero mostrar la hondura de su tauromaquia. A los toros bravos, hay que someterlos por abajo, sin atisbo de duda, eligiendo con precisión la distancia del cite. Esa elección de terreno y la fantástica expresividad que imprime De Justo a su toreo, fueron los argumentos que permitieron a los tendidos de Las Ventas vibrar como en las grandes tardes. Quizá sobrara la última tanda de muletazos, pero la estocada, cobrada con fe, le valió una oreja incuestionable. En cuarto lugar salió un toro de bandera, de nombre Duende. El de Victoriano del Río de preciosas hechuras, respondió admirablemente al desafío de los toreros en los tres tercios de la lidia. Bravo, encastado, codicioso y noble. De nuevo Juan Bernal, manejó con excelencia la vara de picar, y su jefe de cuadrilla lo vio claro desde el principio. El comienzo de faena, torerísimo, los pases en redondo con la derecha, excelentes, los naturales, magníficos y el final de faena, entonado, equilibrado y preciso. Se volcó con la espada y cobró las dos orejas, asegurándose la apoteosis final, mientras el toro, en justo premio, era arrastrado con los honores de la vuelta al ruedo. Sin embargo, la dimensión como figura cumbre la dio Emilio de Justo en el sexto, un colorado chorreado que hacía honor a su nombre: Bisonte. Alto, largo, con dos leños apuntando al cielo, parecía sacado de las láminas de Daniel Perea. Un toro de complicadas actitudes y difíciles resoluciones. Un toro para apostar. ¿Apostaría Emilio, con tres orejas, aún calentitas en el esportón? Vaya que sí. Aguantó impávido miradas y renuencias, tiró del toro con los pies clavados en la arena, logrando que el colorado se desplazara más allá de lo deseado. Insisto: faena de torero cuajado y ambicioso, de los que van a por todas y a por todos. De dos orejas, a no ser por el pinchazo que precedió a la estocada y el inoportuno verduguillo. En cualquier caso, nada que impidiera una tumultuaria salida en hombros por la puerta grande, rodeado de un apretado grupo de entusiastas, la inmensa mayoría jóvenes. Como en los viejos tiempos… pero alzando a una figura en azul noche y oro que acaba de vivir su consagración en Madrid. Ahí lo tienen, como el Tenorio de Zorrilla, “para quien quiera algo de él”.

Publicado en República

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