Pobre de mí…sin fiestas de San Fermín.

Por Álvaro R. del Moral.

No habrá fiestas de San Fermín… El mediodía de la víspera del santo, el día 6 de julio, es el momento escogido para lanzar ese cohete que dispara todos los júbilos. Es el esperado ‘chupinazo’ que enciende el entusiasmo y abre la espita de esa intensa semana de jarana y toros que hay que vivir en persona, aunque sólo sea una vez en la vida. Las de San Fermín son las fiestas por antonomasia y una de las fachadas exteriores más reconocibles de España. Fueron universalizadas por Ernest Hemingway pero su segunda ausencia, a dictados del infausto virus, nos recuerda que aún nos queda mucho para volver a ser lo que fuimos.

Las fiestas pamplonicas, con sus encierros matinales, las corridas de la tarde y la juerga perenne que llega a todos los rincones, a todas las edades, a todas las sensibilidades –hay un sanfermín para cada persona- no dejan de ser una reivindicación del verdadero tótem ibérico. Todo gira en torno al toro y nada tendría sentido sin el toro. Y la decidida reactivación taurina que se está operando en estas semanas en el solar patrio nos recuerda esa constante: nada es igual sin el aliento festivo que impulsa las corridas de toros, que quedan huecas sin sus santos, sus cosechas, sus vendimias, sus farolillos…

La limitación de aforos no deja de ser un trampantojo visual. Nos ponemos estupendos cuando sabemos que se ha agotado el billetaje disponible pero la pregunta del millón es… ¿Se habría vendido el resto de la plaza en circunstancias normales? No conviene bajar esa guardia. La vuelta de la fiesta es incompleta. El silencio del chupinazo nos lo vuelve a recordar.

De la retirada de Ponce

El veteranísimo maestro valenciano había rebasado muchas líneas haciéndose un flaco favor a sí mismo. El uso adolescente de las redes sociales para proclamar sus conocidos amores –en los que no entramos ni salimos- había ganado por la mano a sus méritos en los ruedos convirtiéndole en objeto de broma para tertulianos oficiales y todos esos chats domésticos en los que se comentaba, y se reía, el enésimo lance o arrumaco de la desigual pareja.

Es verdad que Enrique decidió echarse a las espaldas la compleja temporada de 2020 aceptando torear lo que fuera y donde fuera. Sus hombres se lo agradecieron pero su gesto, loable, ya no podía añadir nada a una carrera apurada en todos sus extremos en las que ha alcanzado o rebasado cualquier marca conocida. ¿Para qué vamos a negarlo? Ponce hacía tiempo que se había pasado de rosca. Su gran reinado fue el de la capacidad, el de estar por encima de cualquier tipo de toros; el de tirar del carro adaptándose a todas la circunstancias; el de navegar sobre todas las aguas. Había visto pasar por delante a Espartaco, Joselito, José Tomás… Una de sus grandezas fue sobrevivir a todos ellos sin apearse de la categoría de gran figura. Pero nada es eterno.

Ponce –como el Ortega Cano de sus postrimerías- quería pasar a la historia como el artista que, seguramente, nunca ha sido ni podrá ser. Ni falta que le hacía. En los últimos años, a la vez que renunciaba a la verdadera pelea, su tauromaquia viró hacia un presunto proceso creativo que quedaba demasiado lejos de sus verdaderas y antiguas fortalezas.

A partir de ahí, en estos tiempos había aceptado compromisos de todo tipo y condición –escenarios de tercera, compañeros de circunstancias- en los que era materialmente imposible mantener un caché a la altura de su propia trayectoria. Uno de los efectos colaterales de las dos extrañas temporadas del covid ha sido consolidar la presencia en las ferias de una nueva hornada de matadores. El sota, caballo y rey de las dos últimas décadas se ha visto refrescado –y buena falta que hacía- por esos cuatro o cinco nombres que están en la cabeza de todos. ¿Por qué hablamos de todo esto? Esos nuevos galanes volvían a relegar al valenciano una fila más. Ya se comprobó en Sevilla, la corrida de Juan Pedro –que vaya tela como anda- acabó convirtiéndose en la piedra de toque de su ausencia de los carteles sevillanos. Otros toreros escogieron antes. En esas circunstancias… ¿merecía la pena seguir?

Del congreso de Aracena

El empresario Luis Garzón, aliado con la trinidad del Club de los Aficionados Prácticos –léase Dávila Miura, Rafael Peralta y Moreno de Terry- ha sabido convertir las dehesas serranas de Sevilla y Huelva, la preciosa localidad de Aracena y su coqueta placita de toros en un punto de encuentro de los oficiantes de todos los caminos del toreo bajo el epígrafe de “Congreso Mundial de Aficionados”. No ha faltado toreo a campo abierto, tentaderos en las ganaderías de la zona, charlas, conferencias, la cercanía del toro y sus hombres…

El toro, una vez más, ha sido el centro de este encuentro que sirve para anudar lazos de amistad duraderos. El mejor remate del evento –fuente de riqueza por unos días para la zona- fue el atractivo festival picado que arrojó dos grandes triunfadores: la ganadería de Domingo Hernández y el novillero Daniel de la Fuente, que supo estar a la altura de ese novillo de auténtica revolución que rozó el indulto. A partir de ahí cada uno de los toreros –Leonardo, Dávila, Ortega y Garrido– dieron lo mejor de sí mismos en función de las reses que tuvieron delante pero hay que subrayar especialmente el estado de forma y sitio de Daniel Luque. Da gusto verlo delante del toro.

Nos vamos ya… La temporada sigue su curso y seguimos pendientes de algunos flecos, como la definitiva concesión de la Plaza Real del Puerto que no puede ni debe tardar. Pero el toro sigue saliendo a la arena: el triunfo contante y sonante de Emilio de Justo en la plaza de Las Ventas con un imponente e interesante corridón de Victoriano del Río vuelve a animar el cotarro. Morante sigue navegando a todo trapo; Aguado volvió a hacer de las suyas con una notable corrida de La Quinta lidiada en Arlés; el circuito andaluz de novilladas cada vez está más cerca de elegir su gran triunfador… Hay motivos para seguir navegando.

Publicado en El Correo de Andalucía

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