Santander: Morante y Urdiales libran un pulso de arte y mucho valor.

El torero de La Puebla y el riojano, que cortó la única oreja, protagonizan un duelo de clasicismo y altas dosis de exposición ante una corrida de El Puerto de San Lorenzo que no regaló nada.

Por Zabala de la Serna.

De un solo trincherazo crujió Cuatro Caminos. Como principio de crónica y de faena prometía. Como prólogo de la corrida del arte. Morante de la Puebla se sacó al toro de Puerto de San Lorenzo más allá de las rayas con la torería en el paso, en el garbo. Fueron cinco muletazos sincronizados. De torear andando. El toro se defendía por el pitón izquierdo y lo desarmó sin alcanzar a desarmarlo. Morante atrapó la muleta en el aire y optó por cambiar. De mano y de terrenos. Más cerrado y sobre la derecha, la embestida se dio. Y brotaron dos series de empaque colosal, embroque de bronce y trazo imperecedero. Valiente entonces el genio y valiente para volver a proponer el natural. La embestida zurda seguía asperota, defensiva, por dentro. Las zapatillas aguantaron ancladas, el cite más abierto. Una gota de sudor dibujaba en su frente la carretera del esfuerzo. El cierre por la cara fue divino, del Divino Calvo, eso es, de otro tiempo. Un pinchazo y otro hondo bastaron pero no fueron suficientes para conquistar el merecido trofeo. La ovación supo a gloria.

La corrida tildada del arte en verdad lo era. Toreaba también Urdiales. Que dio debida réplica. ¿Qué fueron si no arte aquellos ayudados barriendo el lomo del toro, aquellos naturales escanciados, aquellos redondos derramando cadencia? El toro de La Ventana del Puerto se dormía, se afligía en su bondad, sin salirse de los vuelos. Y Diego, vestido de rioja y azabache, le perdía los pasos necesarios. Y también se le dormía la muñeca. Y guiaba y giraba la embestida en los flecos. Que se movían para engancharla como una cortina que la brisa meciera. En cada embroque, allí abajo, en el punto exacto de la mitad de la suerte, parecía detenerse el mundo. Un espadazo hizo continuar el bramido que ya venía de antes. Como banda sonora de la faena. Cayó la oreja de ley por el peso del clasicismo.

Los toros de la Ventana de los Fraile sumaban mayoría -4 a 2- frente a los titulares del Puerto. Así que la sangre Lisardo/Atanasio quedaba en minoría frente al árbol Aldeanueva/Jandilla. Ninguno cinqueño, por cierto. A Pablo Aguado, que completaba el pulso de los elegidos, le tocaron en suerte los dos toros de La Ventana del Puerto. No fue malo el tercero, sin terminar de humillar. Pablo lo acompañaba, p’acá, p’allá. Que dirían por su tierra. Mucho tiempo empleó el sevillano para nada. Apenas unos doblones y los pases de pecho reseñables. La espada lo acabó de enterrar en el silencio.

Morante volvió a sacudir la plaza con un alarde de valor férreo. Por algo brindaría a Jaime Ostos la muerte de un toro que medía, soltaba su amplia cara y nunca iba de verdad entregado. Un amago en el mismo platillo hizo replantearse al torero si no estaría demasiado a merced. Como estaba. Conquistó Morante cimas de aguante inauditas. Y series que aunaron belleza y redaños. Sobre todo cuando proponía la izquierda y el ojo de la bestia le escaneaba las femorales. Cuando lo hirió con un pinchazo hondo, el arreón definió de verdad lo que el funo escondía dentro. Incluso cuando obedecía mordiéndose las ideas. Lo de José Antonio Morante Camacho desprendió un mérito inmenso. Que rindió los tendidos en una ovación de reconocimiento y respiro tras atronar el mal rato con el descabello. Quedaron en el recuerdo muletazos rodilla en tierra categóricos, y chicuelinas ingrávidas, y unos cojones como los del caballo del Espartero.

Aunque Diego Urdiales quiso agradar con el brindis a la alcaldesa de Santander Gema Igual, sabía que estaba brindando un mulo. Por dentro y por fuera lo cantaba el del Puerto. El riojano se sobrepuso y se impuso. Pues el duelo de los elegidos también iba de pelés (huevos en castizo). Vaya con los artistas a los que se les intuye frágiles, leves y breves [la tarde cosechó avisos y una duración camino de las tres horas]. Se despidió con otro espadazo y una gigantesca ovación. No fue para menos.

Al lado de los espolones de los veteranos, Pablo Aguado proyectó una imagen tierna. La cosa manejable del sexto, sin clase alguna, la pasó por una y otra mano sin acercarse a cuajar nada en firme. Ni por el oficio del que carece, ni por la estética que posee. Todo quedó difuso. Menos algunos lances caros quizá. Una estocada sirvió de camuflaje para desatar una petición irreal.

FICHA

Plaza de Cuatro Caminos. Viernes, 23 de julio de 2019. Segunda de feria. Toros de Puerto de San Lorenzo (1º y 5º) y cuatro de La Ventana del Puerto, de distintas hechuras en su buena presentación; de juego irregular, no regalaron nada.

Morante, de mostaza y azabache. Pinchazo y pinchazo hondo (saludos). En el cuarto, pinchazo, pinchazo hondo y dos descabellos. Aviso (saludos).

Diego Urdiales, de rioja y azabache. Estocada (oreja y leve petición). En el quinto, estocada. Aviso (saludos)

Pablo Aguado, de tabaco y oro. Tres pinchazos y estocada. Aviso (silencio). En el sexto, estocada delantera (petición y saludos).

Publicado en El Mundo

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