Opinión: Maridaje taurino.

Por Alfredo Oria.

Hay una serie de manifestaciones culturales que resulta difícil disociar para quienes compartimos la afición por unas y otras. Más allá de la presencia de la tauromaquia como tema o motivo en las artes –sea literatura, teatro, escultura, pintura o cine–, los toros cuentan con una música propia, creada específicamente para la Fiesta. El pasodoble, de origen militar, se ha vuelto con los siglos indispensable en el rito de la corrida.

El flamenco, por ejemplo, es un caso aparte: no sólo es frecuente que en sus letras aparezcan referencias taurinas, sino que comparten en general un mismo sentido estético, un mismo ambiente, un mismo sentimiento, un mismo lenguaje, incluso movimientos corporales, compases, desplantes y jaleos. No es extraño que existan un par de apartados en el Cossío que se refieren a “Toreros flamencos” y a “Flamencos toreros”. Los capotes son ubicuos en los escenarios y tablaos; el cante y las palmas, en cosos y peñas.

En un ámbito más particular, los mundos del vino y del toro tienen también una intersección. No sólo la bota que abunda en los tendidos y la publicidad que colorea los muros de las plazas –algunos icónicos– son parte de esta escenografía, sino que la experiencia de cata a veces provoca asociaciones que nos remiten a experiencias taurinas y las características de un toro o el estilo de un diestro nos hacen pensar en una etiqueta de vino. Te invito a que te reunas conmigo, caro lector, si es que no ofende tu sensibilidad, en este ejercicio lúdico de maridaje taurino. Me vienen a la mente tres posibilidades.

La más evidente: en mi imaginación aparece siempre un toro de lidia desde el momento en que un vino de Toro se vierte dentro de la copa; ese color azabache, a veces incluso intimidante, es, sin duda, el vino con más trapío que pueda hallarse. Luego está esa intensidad de aromas y sabores que acomete con toda la fuerza de un ejemplar que ha salido de toriles. Los tintos de la región zamorana son poderosos, indómitos, altivos, serios, pero a la vez, en sus mejores versiones, nobles, francos, suntuosos y complejos. Desde el Válgame Dios –criado por un insigne taurino potosino en Toro, cosa que en absoluto debe ser casualidad– hasta un Termanthia, pasando por un Pintia, son vinos que exigen al matador, digo, al catador, pero que si se lidian correctamente, aseguran una faena memorable.

El arte del histórico torero jerezano Rafael de Paula me ha evocado a veces a alguno de los grandes vinos de la Borgoña. Permítame explicarle, caro lector, antes de que me reclame el no elegir un vino de procedencia geográfica concordante. Es cierto que el toreo del Paula es sinónimo de solera, que huele a manzanilla, tiene la profundidad de un amontillado, es dulce como un Pedro Ximénez, misterioso y embrujado como un Palo Cortado; pero en sus actuaciones más excepcionales, siento que se trata más de un ejercicio espiritual que sólo la pinot noir puede inspirar, que sólo por sinestesia podemos acercarnos a su magia: una verónica del Paula huele a rosal y al mismo tiempo a la rosa que se olvidó dentro de un libro por décadas; pero no regala nada: tienes que buscar esa fruta que esconde el raspón, tienes que apreciar las diferencias sutiles, que se convierten en todo. Sus naturales son insondables, añejos, etéreos, elegantes, largos, sublimes. Es la belleza hecha toreo. Pero más importante que todo esto es que al arte de Rafael Soto sólo podemos descubrirlo si hemos desarrollado esa sensibilidad especial para entenderlo, si ponemos toda nuestra atención, todos nuestros sentidos… y mucha fe.

José Mauricio Morett me hace pensar en un vino potosino de calidad. Su personalidad y su estilo son auténticamente mexicanos, pero también son clásicos; son particulares e únicos, pero aun reconocibles dentro del árbol genealógico del toreo ortodoxo. Es un artista arriesgado, pero hondo; es muy fresco, pero complejo. Es un hombre que ha requerido de mucha paciencia y mucho esfuerzo para convertirse en uno de los toreros contemporáneos más influyentes de nuestro país. El público ha ido descubriendo sus capacidades con el tiempo y él ha ido mostrando sus virtudes con la madurez. Es una figura diferente a las demás, en forma y fondo. Es una realidad y además es el futuro.

Lanzando la montera te brindo, José Mauricio, estas analogías, deseando que recuperes tu salud y que pronto vuelvas a aromatizar las plazas con el perfume de tu arte.

Publicado en Pulso

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