Crónica de la corrida de Madrid: Cordura de Diosleguarde, valor de Isaac Fonseca.

Una notable por bondadosa novillada de Fuente Ymbro con solo un segundo garbanzo negro pero un cuarto de corrida de extraordinario.

Por Barquerito.

Seis novillos de Fuente Ymbro (Ricardo Gallardo).

Manuel Diosleguarde, vuelta y una oreja. Isaac Fonseca, saludos y aplausos. Manuel Perera, ovación y silencio. Los tres, nuevos en esta plaza. De Dios le Guarde (Salamanca), Morelia, Michoacán (México) y Villanueva del Fresno (Badajoz), respectivamente.

Soleado, fresco. 8.000 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función.

LA SORPRESA fue encontrarse con una novillada de Fuente Ymbro tan pastueña. Ni asomo del temperamento propio del hierro. Fueron regla general la nobleza y la fijeza. Excepción a la regla, el segundo listo y orientado, que se vino al cuerpo y no a engaño, y rajado a última hora. El quinto de corrida fue el único de los seis aplomado después de andarín. De modo que el balance -cuatro de seis- fue propicio. Solo que la suerte se repartió sin equidad. Para el mexicano Isaac Fonseca, el lote estorboso y el único novillo retorcido. Para el charro Diosleguarde un cuarto de soberbio son y un primero con querencia a irse pero manejable. El lote del extremeño Perera fue el más equilibrado: un tercero terciado de mucha bondad y un sexto grandullón que protestó en el caballo pero se empleó franco por las dos manos. Eran debutantes los tres novilleros.

No pareció nuevo sino rodado, toreado y bien enseñado Diosleguarde. Suelto, resuelto, fácil, despejado. Un capote de llamativas dimensiones por lo grande. Muleta amplia también. Templado con la mano diestra en toreo bien cosido. Sitio para entenderse en terrenos y distancias. Seguridad. Excelente con la espada. La fortuna de llevarse del reparto el excelente cuarto, que sobevivió sin queja a una paliza de capotazos de brega en banderillas. Con él se atrevió en los medios en señal de confianza. Faltó con la izquierda asiento, ajuste y temple, no voluntad. Tampoco ambición.

La quietud de Isaac Fonseca, su arrojo sereno, su descaro -presencia emotiva- y su entrega sin reservas provocaron los momentos más vibrantes de la tarde. Brillante con el capote. En el recibo a la verónica del tortuoso segundo, en quites sin escatimar ni abusar en suertes más ligeras. Una espléndida larga afarolada. Valor del caro para superar dos feas cogidas del toro artero, que lo tuvo entre las astas y en el suelo largo rato y buscándolo. El regalo de una templada tanda de rodillas en redondo. La voluntad de torear despacio. Paciencia con el apagado quinto tras un arranque espectacular de faena en fórmula Roca Rey: de largo, cambiado por la espalda. Y la sorpresa de ligar una arrucina con el de pecho entonces. Un final temerario. Dos estocadas cobradas con excelente estilo de estoqueador.

Tesonero, algo teatral, aparatoso pero desigual, infatigable, el extremeño Perera se sobrepuso al trance de una cogida que lo dejó mermado al comienzo de su primera faena. Una faena, luego, sin hilván, muy chillada y abrochada con golpes del repertorio popular. El sexto fuenteymbro aguantó un trasteo interminable de tira y afloja. Excesos del toreo por fuera y despegado. No se iluminó la lámpara. La ocasión fue buena.

Postdata:

Lo que descubrí en la ronda por la galería de gradas: la borrasca de enero se cebó con el talud verde que rodea las Ventas por dos de sus flancos. El norte, la Avenida de los Toreros, y el oeste, la cuesta de Julio Camba. Cayeron tantos árboles que cuesta recordar cuántas fueron las víctimas del estrago. Ni un tilo queda en pie. Olvidaros de aquellas fragancias de principios de junio que a la salida por el patio del desolladero podían con el hedor de la carnicería. Los pinos han desaparecido como especie extinguida. Ni siquiera aquel plantado en pendiente y de tallo tan retorcido que parecía crecer en la horizontal. Han resistido los cedros y los abetos, pero no todos. Árboles contados. Los dos setos de boj de la escalinata de piedra resistieron. Lo que era un bosquecillo es ahora una rala pradera. Alfombra. Paisaje nuevo, inesperado. Se reconocen todavía algunos tocones. La nieve quema tanto como el fuego. “En el Alto (d)el Pirineo soñé/ que la nieve ardía/ y por imposible pensé/ que tú me querías”. Es la letra de una vieja jota.

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