Con permiso de la autoridad…

«Me duele que la tauromaquia haya sido excluida de tan goloso surtido. Negar su carácter de hecho cultural contradice la historia del arte, de la literatura y de las costumbres».

Por Abraham García y
Carlos Alejándrez «Otto».

…y si el tiempo no lo impide (y me temo que no lo impedirá), no falta mucho para que el último toro de lidia caiga sobre la arena y sea arrastrado por mulillas que, tras ese postrer esfuerzo, volverán al pesebre para mascar la fatigada alfalfa del domingo.

Espero que nadie limpie el reguero de sangre y quede como una pincelada sobre el telón de boca de un rito milenario. Ya se encargarán el tiempo y la lluvia de borrarlo.

Al igual que el toro ante la muleta, yo no me engaño, sino que me desengaño (gracias, Bergamín), y no se me escapa que no hay año en que no se reduzca el número de festejos de cada feria o que se cierre por siempre jamás la plaza de una pequeña ciudad. El público dirige su mirada hacia otro lado y no por eso deja de ser respetable ni pierde su criterio la categoría de mandato.

Situación que, con el castigo de la pandemia, ha recibido el tercer aviso.

Tampoco se me escapa que las grandes fechas en que las plazas lucen el color de los tendidos repletos y amplían el estruendo de miles de gargantas conmocionadas por la belleza real no son sino espejismos en los que tiene mucho que ver el brillo social y una dosis no pequeña de esnobismo.

A mí, que tantas veces he temblado como una hoja ante el arrojo tranquilo de Antoñete y el duende caprichoso y esquivo de Paula, que presumo de haber arrojado mi sombrero en más de una ocasión para burlar al toro y darle un segundo más al peón desarmado, y que guardo como un tesoro los recuerdos de la sabiduría profesoral y la sonrisa, perenne pañolada, de Antonio Bienvenida, me provocan vergüenza ajena, y no me importa reconocerlo, ciertos comentarios escuchados en barrera.

Nunca he discutido con un desinformado ni con un antitaurino. Cuando alguno me ha asediado con sus recriminaciones, cuando me ha tachado de sádico, sanguinario y troglodita, he preferido resguardarme en mi burladero para esquivar sus argumentos, no porque piense que tiene razón, sino porque malicio que no seré capaz, ni nadie lo sería, de transmitir ese fulgor en que la belleza se enreda con la muerte, el ritmo con el miedo, el temple con la emoción y la verdad con la verdad.

Supongo que algo semejante padecerán quienes se empeñan en despertar en mí el sentimiento religioso que mi corazón ignora.

Y sé que tal sentimiento no es racional, como no lo es el arrebato que provocan un soneto en sombra de Góngora, un rajo todo memoria de Agujetas o una página de Cela.

La tauromaquia no despierta a la bestia que albergamos, sino al animal de fondo que sostiene nuestras andanzas, el contradictorio instinto de vida que se aviva ante nuestra inevitable mortalidad.

También la fiesta vive sabiendo que es mortal.

Desde hace unos años, asistimos a cada pase, a cada quiebro y a cada volapié despidiéndonos, no tan inconscientemente, de las suertes.

Ahora que el Gobierno ha decidido entregar a los jóvenes un oportuno y jugoso bono para que se lo gasten en Cultura, aplaudo la medida que acerca libros, teatros y museos a la chavalería que suspira (no me miren así, seguro que a algunos les ocurre) por todos aquellos tesoros que sus bolsillos agujereados no pueden pagar.

Pero me duele que la tauromaquia haya sido excluida de tan goloso surtido. Negar su carácter de hecho cultural contradice la historia del arte, de la literatura y de las costumbres.

Ya se ha dicho en bastantes ocasiones y con más tino del que me creo capaz.

Y tal exclusión niega, sobre todo, la capacidad de la juventud para obrar con criterio propio en esta cuestión. Cierto es que también se la negamos en otros muchos asuntos.

Pero no admitir la vertiente cultural del toreo supone un intento, innecesariamente lesivo, de quitarle su dignidad y su grandeza.

También su muy humana miseria.

Sabiendo que el último tercio se acerca, el arte de torear, de desengañar al toro para engañar a la muerte, no se merece tales banderillas negras.

Porque ningún pañuelo blanco lo indultará.

Tampoco este.

Publicado en El Huffpost

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