Opinión: La integridad del toro.

Toro de Los Encinos.

Por Javier Lorenzo.

La emoción de la Fiesta la pone el toro. Siempre fue así y seguirá siendo mientras el espectáculo viva. La vida al toreo se la da el toro. Es uno de los tres vértices imprescindibles y por encima también del torero y del público.

Sin toro no hay Fiesta. Sin un toro íntegro y sin emoción, que transmita miedo y peligro, nos quedamos con un espectáculo descafeinado con los días contados. Sin él, el público se desencanta y no pasa por taquilla. Si en esta no hay dinero no puede pagar a los toreros. Y aún no ha nacido ni nacerá un torero que se juegue la vida por amor al arte a diario. Esa es la cadena que tiene al toro como primer eslabón. El toro sin emoción fulmina el arte.

Las categorías de las plazas marcan también la seriedad del toro. Tampoco es nuevo. Nadie quiere el toro de primera en un coso de tercera, ni el de tercera en el de primera. Cada escenario tiene su volumen y su seriedad, su cuajo y su presencia. Su trapío exacto. Pero la integridad es incuestionable. Y como esa integridad y esa seriedad se ha ido perdiendo, el toreo ha dejado de tener la importancia que siempre tuvo. Y hasta se ha dejado de darle el valor que merecen los toreros que han impuesto, y exigido, toros indignos creyéndose amparados en el refugio de la pandemia, sin caer en la cuenta de que hoy todo se ve, y todo se sabe. Al instante. Las tretas de las figuras de hace décadas, hoy no tienen sitio. Y el “siempre se hizo así” ya no vale. Y no vale esa comparación tampoco porque las figuras de antes llenaban las plazas de las ferias y las temporadas. Y hoy no lo hacen ni en unas ni en otras. Y si encima se abusa restándole seriedad e integridad al toro, todo desencadena en la situación en la que estamos. ¿El virus? Sí. Pero el problema del toreo, que hoy ha saltado por los aires con el coronavirus, no es solo este.

El problema está dentro del espectáculo, con sus protagonistas. Y ahí señalen a quien quieran. Y, también, por alejarse de la sociedad. Y todo en un momento en el que el toro dejó de ser protagonista, para convertirse en víctima de un espectáculo en el que jamás tuvo que dejar de ser el rey. En torno a él tienen que deambular los demás. Por la seriedad del toro empieza y termina todo. Con él se da valor, y se le quita, a lo que suceda en el ruedo, independientemente de que hasta con el enemigo más pequeño el peligro exista. Y pueden suceder desgracias.

La clave es que ese peligro y ese miedo el espectador tiene que sentirlo, para empezar a admirar a los toreros y darle el mérito que tienen. Nos hemos acostumbrado a una Fiesta donde se ha relegado al toro a un segundo plano. Y ahí perdemos todos.

Publicado en La Gaceta de Salamanca

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