Morante de la Puebla: “Ahora me pongo en el sitio y disfruto cuando me paso el toro muy cerca”

El número uno del escalafón analiza una temporada en la que ha revolucionado el toreo con sus triunfos, sus gestos y su responsabilidad de primera figura.

Por Andrés Amorós. Fotos Juan Flores.

El domingo 17 de octubre, José Antonio Morante de la Puebla toreó su última corrida española del año. Al concluir su segundo toro, le tiraron un gran número uno (como si fuera Luis Miguel Dominguín). Con él en la mano, dio la vuelta al ruedo. Resumía lo que los profesionales y los aficionados opinan de modo unánime: taurinamente hablando, éste ha sido el año de Morante, para el que los críticos han buscado los titulares más encomiásticos. Viene de de la Asociación Taurina Parlamentaria, junto a Mario Vargas Llosa. Opino yo que siempre ha sabido torear de maravilla pero que este año, además de eso, ha asumido por fin su responsabilidad de primera figura. Charlamos sin prisas: José Antonio habla despacio, buscando la expresión más adecuada para lo que él está buscando. De vez en cuando, gasta una broma, para quitarse importancia.

—¿A qué se debe su cambio, esta temporada?

—Yo no creo que haya cambiado tanto. Lo que sucede es que el toreo no es una ciencia exacta. Esta vez, se han juntado una serie de circunstancias para que fuera una temporada de éxito. El año pasado también triunfé, aunque de modo menos rotundo. Van sumándose los motivos hasta que llega el momento en que todo cuaja. Pero yo sigo siendo el mismo.

—Este año, parecía que disfrutaba más, toreando; le he visto sonreír, en los ruedos, incluso delante de toros malos.

—Quizá le he puesto más afán, más ilusión que otros años, pero no he entendido que yo sea otro torero. Mandan mucho las circunstancias.

—A comienzo de temporada, decidió romper con su apoderado, ir por libre. El resultado ha sido muy feliz.

—Esa circunstancia sí ha influido en mi intención. Cuando uno tiene un apoderado ‘al uso’, no sientes tanto la responsabilidad de llevar tú mismo el peso de tu carrera. Quizá, si no lo hubiera hecho, también hubiera sido ‘al uso’ mi temporada. Yo quería que fuera algo especial, expresar mejor lo que uno lleva dentro. Es una decisión incómoda pero que ha funcionado. Con la ayuda de mi amigo Pedro, he intentado mejorar en todo, centrarme en la forma que uno tiene de sobresalir de los demás. Creo que hemos acertado con ese planteamiento.

—Han dicho algunos que le influyó la aparición de nuevos toreros sevillanos de la línea artística, como Pablo Aguado y Juan Ortega.

—Todo supone una motivación. Los éxitos de los jóvenes que despuntan a uno le comprometen más. El orgullo de ser torero te hace sacar un poco los colmillos. Pero le aseguro que eso no ha sido decisivo. Yo soy un torero muy personal, no encuentro un competidor directo que me saque de mis casillas.

—En varias cosas concretas sí ha cambiado. Para empezar, en ser el líder, por el número de corridas que ha toreado. Si no me equivoco, ha sido la primera vez, en toda su carrera. ¿Lo tenía pensado, desde el comienzo de la temporada?

—Lo pensamos en el primer tercio del año, creí que sería bonito acabar siendo el primero del escalafón. Además, empezaron a llamarme de todos sitios con tantas ganas de verme que no era fácil decir que no. (Sonríe, pícaro). Otros años, quizá los empresarios tampoco tuvieron tanto interés; si no se contaba conmigo, no pasaba nada… Agradezco mucho el calor de las empresas y de los públicos: para mí, ha supuesto una gran satisfacción.

— Otra novedad que le ha singularizado: su apertura a matar toros de otros encastes, distintos de los habituales.

—Hay Plazas y momentos en los que uno debe lidiar otro tipo de toros, no porque salga mejor o más lucido, sino porque eso forma parte del toreo. Aunque no se corten orejas, se puede hacer otra lidia. La música no puede repetir siempre lo mismo, tenemos la obligación de cambiar. Un profesional no debe acomodarse, hay que demostrar que uno puede con todo.

—Con eso se ha ganado el respeto de los profesionales y del público.

—Así se ha hecho siempre. Esa filosofía taurina es necesaria. La historia nace de ese orgullo torero o ese romanticismo. Para mí era un reto: no me hacía falta pero, moralmente, sí. Si uno quiere ser, hay que estar.

—No salió bien matar los seis toros de Prieto de la Cal, en El Puerto de Santa María.

—Yo sabía que suelen pararse en la muleta… Creo que tuvo mérito: supuso una sorpresa, una declaración de intenciones. Algunos pensaban: este tío, ¿está loco? Ya el anuncio invitaba a soñar. Me hubiera gustado que saliera bien pero resultó una decepción. Fue muy bonito comprobar la ilusión con que muchos aficionados acudieron a esa corrida desde muchos sitios.

—No es la primera vez que encerrarse con seis toros no ha resultado como quería. Dijo que no volvería a hacerlo. Recordé yo a Luis Buñuel: al acabar cada película, decía que ésa había sido la última. Hasta la próxima…

—No, es demasiado. Es muy difícil mantener la tensión en seis toros. Me pinchan algunos para que lo haga en Sevilla: por mí, no. Por lo menos, eso es lo que ahora pienso. Basta con dos toros para expresar lo que quieres.

—Sí salió bien la tarde de la corrida de Miura, en Sevilla, aunque no cortara trofeos.

—Fue una pena que retiraran un Miura. Esos toros son difíciles, uno no está acostumbrado a sus reacciones. Sólo verte anunciado con esa corrida ya da mucho miedo.

—Por fin cuajó una faena cumbre, en Sevilla, en esa singular Feria de San Miguel.

—Esa tarde parecía que no iba a pasar nada pero yo estaba muy entregado. Me metí en la cuna de los pitones, en un espacio reducido, y el público estalló, emocionado. Esta vez, no sólo hubo arte, sino duende, que es más difícil.

—También triunfó plenamente en Madrid.

—Hacía mucho que no toreaba en Las Ventas, fue un reencuentro muy especial. Desde el primer toro, hubo una explosión, todo iba hacia arriba, a lo máximo. El toro no era fácil, había que torearlo, pero todo salió redondo. Quiero agradecer la actitud del público: estuvo mejor que nunca conmigo, sabiendo esperar, con un silencio como los de Sevilla. Me alegró mucho ver, en Madrid, un público tan respetuoso.

—Durante años, ha puesto problemas para dejarse televisar. Este año, en cambio, le hemos visto por la tele muchas tardes y no ha pasado nada malo, al revés.

—Queramos o no, uno es un artista, no un deportista. Si te ven demasiado, la sorpresa se aminora: no hay que estar siempre con la misma copla. Este año, sin embargo, por las circunstancias excepcionales de la limitación de espectadores, la televisión era imprescindible para poder organizar muchos festejos.

— Además de eso, ha dado una alegría a muchos aficionados que, por la razón que fuera, no podían acudir a esa plaza. Recuerdo a dos amigos míos, muy veteranos abonados de Sevilla, que este año, por limitaciones físicas, se han tenido que quedar en casa; a mis amigos de Barcelona, a los que les impiden ver toros en directo y que han seguido toda la temporada por la tele…

—Tiene razón. Yo pienso en mi padre, que, por problemas de salud, ya va menos a las plazas. Que me pudiera ver torear ha sido un motivo de enorme alegría, para él y para mí.

—Durante años, se le ha encasillado solamente en la estética. Creo que era injusto: recuerdo siempre una gran faena suya en Bilbao, que casi nadie esperaba. Este año ha demostrado a todos que, además de artista, también domina al toro.

—La verdad es que, al comienzo de mi carrera, me costaba dominarlo, por mi concepto estético del toreo. Poco a poco, sí lo fui aprendiendo. Hoy en día, sí me siento un torero poderoso: con el toro difícil, es necesario serlo. Quizá el tiempo ha jugado a mi favor. Rafael de Paula, por ejemplo, siempre ha tenido el mismo concepto. Yo, no: he cambiado. (Bromea). Las almohadillas que antes me tiraban ahora me las dan, pidiéndome un autógrafo.

— Yo creo sinceramente que ha cambiado a mejor. Este año, le hemos visto todos con mayor facilidad, seguridad y regularidad.

—Es verdad que, antes, no tenía eso. El espíritu general de mi toreo no ha cambiado pero sí he ido añadiendo otros valores. Como suelen decir los profesionales, ahora resuelvo, me siento capaz de hacerlo.

—También ahora se advierte más su valor sereno.

—El público se fija ahora más en eso, de modo unánime.

—Por algo será.

—Sí es cierto que ahora me pongo en el sitio. Cuando todo va bien, parece que todo lo bueno se contagia. Llego ahora a disfrutar cuando siento pasarme el toro muy cerca. Es algo así como cuando bailas y te rozas con una mujer, la emoción te arrastra a decirle: «¡Ay, que te quiero», y uno se deja llevar…

—El maestro Pepe Luis insistía en la necesidad de sorprender al público.

—Tenía razón. En la faena de Sevilla, salieron cosas que yo nunca había practicado y el público se sorprendió: «¿Es este Morante, o es otro?» En el toreo, eso llega cuando llega.

—A muchos les sorprende que, frente al toreo estático (Manolete, José Tomás), usted defiende el toreo moviéndose (Domingo Ortega).

—Respeto mucho a los que practican el toreo estático, lo que Bergamín llama el tancredismo, porque tiene mérito, pero no es el que yo prefiero. (José Tomás tiene dos vertientes: yo admiro sobre todo al de la primera época). La quietud tapa muchos defectos y está al alcance de cualquiera que tenga una voluntad férrea. A mí, no me dice nada, artísticamente. Frente a la emoción del toreo que suscita un ‘¡uy!’, yo prefiero la del que provoca un ‘¡ole!’ Quizá es porque soy del Sur…

—La eterna cuestión: elegir como modelo a Gallito o a Belmonte.

—He tardado tiempo en comprender lo que de verdad representan. Juan, al comienzo, no sabía técnica; luego, José le dejó la escuela: los toros ya no le cogían. Ahora mismo, veo claro que hay que empezar como José (lo difícil, lo puro) y acabar como Juan, cuando comienzan a fallar las facultades. Yo he empezado al revés. Claro que lo de José es inalcanzable.

—Pero hay que apuntar a lo más alto, aunque no se llegue a alcanzar.

—¡Claro que sí! Fíjese en el ejemplo de las banderillas. Muchos diestros dejan de ponerlas: se equivocan. Todo forma parte de la lidia, es mejor torero el que domina todas las suertes. Antes, casi todos iban por ese camino. Me gustaría dar la mayor amplitud posible a todo lo que incluye la Tauromaquia.

—Lo ha demostrado, este año, con su atención a toda la lidia y los quites a los banderilleros.

—Me gusta estar pendiente de todo lo que sucede en el ruedo, incluidos esos quites, tan necesarios. A veces, hay que exagerar un poco para que te entiendan.

—También ha demostrado que sabe matar bien, cuando quiere.

—Y cuando puedo: a veces, sin querer, se te va el cuerpo… Me gusta la suerte de matar, intento hacerla bien al toro que he podido torear a gusto.

—¿Ha reaccionado adecuadamente el mundo taurino ante la pandemia?

—Cuando ha salido el toro, creo que sí. Antes, con las restricciones legales, no se podía hacer nada. Es lógico que haya garantías sanitarias pero lo nuestro es muy diferente del mundo del deporte. Los toros son una fiesta social, popular: si rompes todo eso, queda muy dañada. Ése ha sido uno de mis sufrimientos, esta temporada.

—Cuando se ha podido, se ha comprobado que los aficionados tienen hambre de ir a los toros.

—Es una señal clara del profundo arraigo que tiene la Fiesta en España.

—¿Le ha perjudicado el ser amigo de un político?

—Indudablemente. Los que apoyan a otros partidos no te quieren ni ver. Desgraciadamente, es así, aunque vivamos en democracia. Pero me dolía mucho ver que tienen tan arrinconada la Fiesta. Ver a un partido que la defiende de verdad es muy gratificante, muchos lo hacen de boquilla: a la hora de la verdad, nada. A veces pienso que el ‘lobby’animalista es más poderoso que el coronavirus. Frente a eso, tenemos que hablar con verdad y sentimiento.

—Usted, ¿qué les diría?

—Que la Fiesta de los toros es patrimonio de nuestra historia y una de las señas de identidad más primitivas de España. Eso es una verdad indiscutible: el que no lo vea es ciego o es bobo.

—Pretenden evitar el sufrimiento del toro.

—No es cierto. Todos los animales huyen ante el dolor. El toro es el único que se crece ante el castigo. Acuérdese de la historia de la pelea entre un toro y un tigre de Bengala.

—Lo he leído: enfrentaron un toro bravo con un animal al que se consideraba el más fiero de todos y, cuando el toro lo corneó, el tigre salió huyendo. El público gritó «¡Viva España!» Me acuerdo del hermoso verso de Miguel Hernández: «Como el toro me crezco en el castigo…» ¿Deseaba que se acabara la temporada, esta vez, o no, por la racha de éxitos?

—Ya tenía ganas, después de haber pasado Sevilla y Madrid, las dos grandes montañas. Sí, todo tiene su tiempo. Ahora vendrán el frío, el agua…

—Pero sí toreará en la Temporada Grande de México.

—Sí, y también acudiré a Colombia, después de muchos años de no ir, y a Ecuador. Si en España tienen fuerza los animalistas, imagínese en América. Uno ve que deben torear los diestros que tengan más tirón popular. Si se cierra una plaza, es muy difícil recuperarla.

—Alguna vez le tocará retirarse. ¿Qué hará, entonces?

—¡Eso digo yo! (Sonríe). Supongo que seguiré toreando en el campo, en festivales… No lo sé. Intentaré aportar a la Fiesta algo de lo que la Fiesta me ha hecho disfrutar: por ejemplo, con los encierros de La Puebla, aunque no sea Pamplona. Ya he hablado de nuevo con el alcalde.

—¿Cuánto tiempo cree que va a seguir toreando así?

—Cuando no toree así, no torearé, se lo aseguro. Pero no sé cuándo será. Al comienzo de mi carrera, me ponía una meta: cinco años, por ejemplo. Ahora, pueden ser dos temporadas más pero no sé si se prorrogará.

—Hace años, vi por televisión una faena suya en Palencia. Como solía hacer, llamé por teléfono a Manolo Vázquez, mi gran amigo, y le pregunté qué le había parecido. Me contestó que la estaba viendo con Ángel Luis Bienvenida y que los dos coincidían, en su opinión: «Perfecta. Ni un pero».

—El maestro Manolo Vázquez, ya al final, me dijo una frase que es uno de mis mejores recuerdos: «Estás toreando como hay que torear». Eso es lo que intento seguir haciendo.

Publicado en ABC

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