Los toros y los señores diputados.

Diputados hambrientos de reflectores y de dinero fácil, viviendo sus quince minutos de fama.

Por Benjamín TORRES UBALLE.

Conforme se acerca el término del año, quienes han hecho de la actividad política muy lucrativo negocio, no dejan de sorprender con tantas ocurrencias que, en más de las ocasiones, rayan en lo tragicómico. Usualmente, tales personajes están en la búsqueda frenética de notoriedad, de simular que algo hacen en favor de los demás, pero su inagotable mezquindad no tarda en desmentirlos.

Ocurrencias y frivolidades, como la propuesta originada en el Congreso de la Ciudad de México para prohibir las corridas de toros. Y no crea usted, amigo lector, que a los señores legisladores les importa la vida o el trato hacia los bravos animales, nada más lejano de la realidad. El meollo del asunto es la simulación. Vender propuestas quiméricas al electorado de la capital de la República, donde, por cierto, el partido en el poder sufrió un revés tan fuerte que aún duele mucho en Palacio.

La absurda iniciativa fue detenida bajo la excusa de dialogar con los grupos dedicados a tal actividad. Y se quedará en el congelador. La jefa de Gobierno, en plena campaña para obtener la candidatura de Morena a la Presidencia en 2024, no se va a echar más animadversiones de las muchas que ya se ganó a pulso. La fiesta brava tiene aficionados de “alto nivel” que le pueden causar ciertas incomodidades políticas. Doña Claudia ya tiene bastantes con el colapso del Colegio Rébsamen en el sismo del 2017, donde fallecieron 26 personas, entre alumnos menores de edad y adultos; también con el colapso en la Línea 12 del Metro, en el cual, igualmente, hubo muertos y heridos.

AMLO y Pedro Haces, el «salvador de la fiesta brava en CDMX» como ahora se le conoce.

Diputados –locales y federales- siguen sin comprender que disparar propuestas al vapor no significa calidad de las mismas, en especial si carecen de viabilidad y se caracterizan por un oportunismo ridículo e hilarante. La seriedad, hoy parece extraviada en la tarea legislativa. Todo indica, no obstante, de acuerdo a los resultados en el Congreso, que esto en nada preocupa a los señores “representantes del pueblo”, cuya vocación preferida es tratarse muy bien con el presupuesto.

Pongámoslo de esta manera: los diputados, en la enorme mayoría, son los mismos reciclados, los tránsfugas de otros partidos políticos con los perniciosos vicios que tanto daño causan a los mexicanos. Pero lo dañino se ha incrementado a niveles superlativos, porque a los recintos legislativos llegan también toda clase de arribistas que no tienen la menor idea de lo que supone la tarea de legislar. Ignorancia plena, indigencia política. Se abarató lo que significa ser diputado. Igual llega una vedette, un cantante, un deportista, o quien tenga cierta popularidad, no importa que carezca de la mínima preparación para ocupar una curul. Total, se concretará a levantar la mano.

Así que la jocosidad provocada por el Partido Verde -un negocio harto rentable- con su propuesta de prohibir las corridas de toros en la Ciudad de México, quedará en eso, en mera balandronada. Jesús Sesma y compañía ya tuvieron sus cinco minutos de reflectores. No dan para más.

México, un país con más de 55 millones de pobres, debe padecer una legión de vividores entronizados como diputados los cuales anualmente se autoasignan recursos millonarios del erario. Ni qué decir de las vastas prerrogativas con la cuales en cada legislatura se benefician. Por eso se disputan esas lucrativas plazas mientras millones de ciudadanos luchan todos los días por sobrevivir.

Pero la clase política se protege a sí misma. Desde hace años lucran con la promesa de reducir el número de legisladores en la Cámara baja y el Senado. Mantener a 500 diputados es un inmoral exceso; 128 senadores es un ofensivo derroche. Recortar la cifra de plurinominales no impactaría en la frágil democracia del país ni en el mediocre quehacer legislativo. Pero lo evitan a toda costa.

Se volvió lesiva costumbre que cada gobierno en turno controle de facto el Congreso mediante sus empleados sentados cómodamente en sus curules e impulse sin grandes dificultades las iniciativas que le interesan o, por la misma vía, frene aquellas que considere perjudiciales a sus intereses.

La sociedad mexicana precisa con urgencia mayor inversión en Educación, Ciencia y Tecnología, Salud, Justicia y la generación de empleos de calidad bien remunerados. Asimismo, requiere sin dilación seguridad porque hoy nuestra Nación está convertido por los grupos criminales en un campo de batalla que todos los días arroja a las calles o cuelga cuerpos en un espectáculo macabro.

Está visto que las prioridades de la población no son las del gobierno, ni las de la voraz clase política. Los distractores cada vez son más burdos, menos creíbles. Por eso nos encontramos nimiedades como las de querer prohibir las corridas de toros en la capital de la República. Hay cosas mucho más importantes y urgentes de las que debieran ocuparse. Empero el engaño ahí permanece.

Publicado en rosyramales

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