El adiós de Jerónimo.

Por Alcalino. Fotos El Relicario de Puebla.

El día de ayer se despidió de El Relicario, en el cierre de la llamada feria de aniversario, Jerónimo Ramírez de Arellano Muñoz (México DF, 03.11.77), matador de toros con alternativa en Puebla el 6 de febrero de 1999.

Reputado dentro del reducido grupo de los toreros de arte, considerado por Silverio Pérez “uno de los nuestros” durante la inolvidable celebración del aniversario número 60 de la alternativa del texcocano (Puebla, 06.11.38) y depositario de las más caras esperanzas de la afición en cuanto reveló ante sus ojos una estética incipiente pero estremecedora, su carrera terminaría diluyéndose entre la bruma de la generación peor gestionada en la historia taurina de México de la época de oro a la fecha. Innegable, penosa realidad ésta, a la que, en el caso de Jerónimo, habrá que sumar sus circunstancias particulares.

De más a menos. Siempre consideré que la mejor temporada de nuestro torero fue la primera como matador. Que en aquel 1999, Jerónimo se mostró, en las principales plazas y ferias de la república, con más sitio que nunca, y que dentro de la característica desigualdad de los artistas de su cuerda se le notaba firme y seguro de sí, dejando fluir su arte magnífico con sello, sabor y naturalidad. Supo remontar el relativo tropiezo de una tarde de alternativa poco feliz y ubicarse como la promesa más sólida y esperanzadora del panorama mexicano de fin de siglo, ilusionando especialmente a quienes habíamos seguido sus primeros pasos con atención, confiados en sus altas posibilidades…

¿Qué ocurrió después? Sería fácil recurrir al consabido expediente de la deplorable administración de nuestros toreros, tan acentuada en las últimas generaciones al sumarse a los desatinos de costumbre la cerrazón y el agudo malinchismo empresariales. Pero mi impresión es que, una vez apartado del medio el empresario televisivo Alberto Ventosa, que había apostado por el torero y delegado con mucho tino el papel de guía taurino en Raúl Ponce de León, Jerónimo se vio rodeado de demasiada gente con opiniones dispersas y hasta opuestas acerca de cómo conducir su carrera e, incluso, su manera de sentir y hacer el toreo. Alguna diferencia tuvo con el levantisco gerente de la empresa capitalina, consumado especialista en reventar toreros, con mayor placer si fueran mexicanos. Por lo demás, nunca logró cuajar plenamente un toro en la México –me parece incluso que su mejor faena en Insurgentes, mal rematada con la espada, fue la del novillo de su presentación, el cárdeno “Castellano” de De Santiago (13.07.97)–, donde la trascendental tarde de su confirmación (12.12.99) casi empeora la frustración del día del doctorado. En lo sucesivo, sus comparecencias en la Monumental serían escasas y en fechas y carteles flojos, y sus eventuales éxitos nunca rebasaron el discreto corte de una oreja.

Total, que entre unas y otras, el poblano terminó por correr una suerte semejante a la de los demás espadas de su generación, ninguneado por las empresas, maltratado o ignorado por la prensa y más confundido que bien aconsejado por sus sucesivos mentores, dueño cada cual de un punto de vista distinto del anterior. Ocurrió, pues, lo de tantas veces: un hombre y un torero joven y prometedor, abandonado a su suerte en los pantanos de un medio que pareciera diseñado por el enemigo.

Sus orígenes. Nos habían hablado, quienes conocieron sus primicias en el verano de 1995, de un muchacho de buen porte y acento muy personal, que vivía en Puebla y se anunciaba simplemente como Jerónimo. Como era sobrino del “Ranchero” Aguilar no faltó quien lo considerara tlaxcalteca, ni quienes incurrieron en el facilismo de aplicarle el apellido del tío. Finalmente se aclaró que había nacido en la ciudad de México.

Que a la fecha se le considere poblano responde, sencillamente, a que Jerónimo vivió, creció y se educó en esta ciudad; después de todo ni el salmantino David Silveti nació en Salamanca, ni el Volcán de Aguascalientes era originario de la capital hidrocálida, ni el mismísimo Juan Belmonte fue trianero, sino sevillano de la otra margen del Guadalquivir. Pero existe una vieja tradición taurómaca que manda atribuirles por patria chica, a ciertos diestros connotados, no su exacto lugar de nacimiento, sino aquel que los reconoce y del que ellos mismos se reconocen como cosa propia.

La de Puebla, su plaza. José Ángel López Lima no sólo construyó El Relicario de su peculio y la convirtió en patrimonio de Puebla al entregarla, pienso que erróneamente, al gobierno del estado. Pero eso es lo de menos, porque a la generosidad de este tlaxcalteca de Cuapiaxtla debemos el renacimiento de la fiesta en nuestra ciudad, al menos mientras tuvo en sus manos la organización de los festejos, entre 1988 y 2005, con alguna breve intermitencia y a razón de una veintena de festejos anuales, entre corridas de feria y en fechas celebratorias, y temporadas novilleriles. Lo que siguió fue la minuciosa destrucción de la herencia de López Lima por parte de sucesivos gobernadores, tan desentendidos de la tradición taurina de la ciudad como afanosos de favorecer intereses espurios. No es sólo simbólica la nocturnidad de los contados festejos taurinos que aún aloja El Relicario: víctima de la discontinuidad y el abandono, la afición poblana también decayó.

Decía José Ángel que su mayor ilusión era que El Relicario alumbrara alguna vez a una auténtica figura del toreo. Su búsqueda e impulso de nuevos valores, que iba de las novilladas de selección a los manos a mano de triunfadores, tuvo como fruto numerosas alternativas, y dentro de las características de la tauromaquia mexicana de su tiempo, al menos tres matadores formados y doctorados en el coso del Cerro han conseguido sobresalir. Citados por orden de alternativa, que es lo taurino, son Rafael Ortega (23.12.90), Uriel Moreno “El Zapata” (11.05.96) y Jerónimo (06.02.99). Tres toreros que, desde conceptos y estilos muy distintos, supieron abrirse paso hasta donde lo ha permitido un medio taurino notoriamente venido a menos y tenazmente empeñado en negarle valor a lo propio.

Trayectoria en El Relicario. Siendo esta la plaza donde se formó y más veces actuó, no resulta extraño que, a los largo de los años, haya alojado las mejores muestras de ese toreo hondo, sentido y largo tan característico de Jerónimo. Se presentó como novillero en la Navidad de 1995 e impactó desde el primer momento, pese a que estaba muy verde como lidiador y a sus deficiencias como estoqueador, nunca superadas del todo.

Creo que las ocasiones en que más seguro y dueño de la situación lo vi fue en las dos novilladas toreadas en el otoño del 98, y no olvido los saltos que, agitando en alto las manos, daba su tío Flavio Aguilar en el tendido de sol aquel 17 de octubre, al remate de una dibujada tanda de naturales a “Sotanero” de García Méndez y al tiempo que exclamaba “¿Vieron eso?”… En primavera, Jerónimo había viajado a España por única vez para participar en el I Encuentro Mundial de Novilleros que organizaba la revista 6 Toros 6 y que contribuiría a la consolidación de figuras de la talla de El Juli, Castella, Juan Bautista o Arturo Macías. El poblano, que triunfó fuerte en Leganés, volvía con mucho sitio.

El 6 de febrero siguiente, Enrique Ponce le entregó muleta y estoque para que despachara a “Editor”, de Lebrija, primero de una tarde en que las cosas no le rodaron al catecúmeno como hubiera deseado –sí a sus alternantes, especialmente a Rafael Ortega, que ofició de testigo–; no obstante sería, con “El Juli”, la base de una feria de mayo integrada por ocho corridas a plaza llena y en la que cuajó lo que probablemente sea su faena estelar con “Notario”, de Montecristo, antes de intentar 24 veces el descabello y, no obstante, ser llamado dos veces a saludar luego de escuchar dos avisos; se desquitó obteniendo el trofeo en la feria, en corrida de seis espadas, tras desorejar por partida doble a “Parrandero” de Huichapan. Aunque no faltó a ninguna de las ferias subsiguiente y a sus continuos chispazos de arte, sus reiteradas fallas con la espada le impidieron volver a obtener las dos orejas de un mismo toro hasta que las conquistó con “Orgulloso”, un torazo de El Colmenar con 540 kilos pero sumamente boyante (19.04.2004).

Con el tiempo y la falta de alicientes, Jerónimo llegó a apartarse voluntariamente de la profesión; cuando regresó, al cabo de algunos años, con ímpetus renovados y solera de artista veterano, no faltaron para él los triunfos, incluso en la Monumental México; pero salvo excepciones, toparía con el muro de la indiferencia empresarial y mediática característico del declinar de la tauromaquia en nuestro país a lo largo del siglo XXI.

El adiós. Puebla y El Relicario. Su plaza, el asiento de sus más numerosos y fieles partidarios, el escenario de su alternativa y de quizás sus mejores logros artísticos, lo fué también, el pasado viernes por la noche, de su última corrida, alternando con El Zapata y Arturo Macías. En el recuerdo quedará siempre la respuesta del público de aquel 6 de febrero de 1999, cuando la afición se desbordó, agotó el boletaje y hasta sobreocupó el graderío con tal de ver a su incipiente ídolo convertido en matador.

Queda nuestro agradecimiento de aficionados a uno de esos escasos hacedores de maravillas, capaces de convertirnos en seres gozosamente privilegiados al precio de un simple boleto de toros.

Publicado en La Jornada de Oriente

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