La cuna del saber: ¡Se nos fue Ángel Teruel!

Se nos fue Angel Teruel en estas fechas donde las guirnaldas ya anuncian la Navidad y las gentes del toro andan inmersas en la nueva temporada, con el vaivén de América, ahora que torean la corrida contratada y regresan, tan distinto a esa época cuando los toreros permanecían todo el invierno al otro lado del charco. Y allí vivían esas temporadas que tanto prestigio dejó en las carreras de muchos de ellos, como a Ángel Teruel en el bicentenario coso de Lima, donde fue un ídolo y hoy su leyenda sigue vida. Aunque realmente, Teruel, fue ídolo en toda la América taurina en unos tiempos donde tanto se repitió aquel cartel que compartía con Paco Camino y José María Manzanares.

Huérfanos ya del maestro madrileño, aunque realmente Ángel murió el pasado mes de abril, cuando su hermano Pepe lo adelantó en este viaje. Porque Pepe, que vivió para engrandecer a su hermano Ángel siempre fue su sombra.

Con tantos óbitos escritos del dandy de Embajadores, del torero más chulapón -elegancia, porte…- de su época, una necrológica mía nada aportaría a tanto como se le ha cantado, con justicia y razón. Sin embargo voy a escribir algo que ha pasado inadvertido en estas fechas y lo hago porque además, siendo un chaval, fui testigo de lo que en principio fue un fiasco y ahora un acontecimiento. Me refiero a la última corrida toreada por el grandioso Ángel Teruel, que fue en Guijuelo, la urbe que fabrica el mejor jamón y en la que Teruel comparece el 18 de agosto de 1984, con una corrida de Paco Galache, compartiendo cartel con Manolo Arruza y el salmantino Nicasio Pérez Cesterito, algo reflejado en el magnífico libro escrito donde el gran aficionado Pedro Flores plasma la historia de la plaza de toros de villa chacinera.

No le habían marchado bien las cosas a Teruel en esa nueva vuelta a los ruedos. Y además, como ocurre cuando todo viene mal rodado tampoco le embistió ningún toro, sin despertar ya las simpatías del público, por lo que esa tarde, cuando llegó a desvestirse a su habitación del hotel Torres tuvo claro que se iba para casa y, durante el periodo de tiempo que creyera oportuno, desearía en descanso el traje de luces. Después, al poco tiempo, cuando prepara otra vuelta a los ruedos para tener una despedida acorde con su carrera, un gravísimo accidente de tráfico, que dejó graves secuelas en el rostro, ya desdeñó toda posibilidad de una vuelta.

Por esa razón, aquella tarde de Guijuelo, que en principio no tuvo trascendencia alguna, acabaría siendo histórica, al ser la última vez que se vistió de luces un torero grandioso que era Madrid vestido de luces. Ese Ángel Teruel que se nos ha ido en esos días cuando las guirnaldas anuncian la Navidad.

Paco Cañamero.

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