La vida no contada de Juan López ‘El Rociero’, el último torero de Ibiza: su retiro tras cerrar la plaza.

Por Roberto Díez Yagüe.

Juan se coloca la chaquetilla antes de saltar al ruedo. Es la primera vez que torea una novillada en la plaza de Ibiza, la tierra que lo acogió cuando emigró para trabajar en la construcción. Su nombre está en el cartel de la puerta: Juan López ‘El Rociero’. Amigos y familiares esperan expectantes en las gradas. El toril se abre y el novillo salta al albero. Juan no imagina que él será el último en pisar la plaza de Ibiza. Poco después de ese 25 de septiembre de 1985, el coliseo de Vila echó el cierre y, tras muchos años de abandono, fue derribado en 2005. El Rociero se convirtió, muy a su pesar, en el último torero en la Isla.

“En ese momento no podía imaginar que iba a ser el último en torear allí. ¡Quién iba a pensarlo!”, reconoce en conversación telefónica. Aquel día, su cabeza sólo estaba centrada en tener el mejor debut posible como novillero para, con el tiempo, poder regresar a la plaza. “Mi idea era volver como rejoneador, porque yo siempre me he movido más con el toreo a caballo, pero la plaza se cerró, así que no pude regresar”. Al menos, guarda un recuerdo excelente de aquella corrida que, “mira por dónde”, se convirtió en algo histórico para Ibiza. “Fue una experiencia muy bonita, aunque casi ni me di cuenta. Iba con tanta ilusión que todo pasó muy rápido. Se me dio bastante bien, para ser la primera vez, e incluso corté una oreja”, rememora con tono satisfecho.

Después de aquello, Juan participó en algunos festivales pero la ya de por sí escasa afición al toro en Ibiza le obligó a buscarse la vida para mantener viva su afición. Gracias a los ahorros hechos trabajando como constructor, compró una finca de 15.000 metros cuadrados en Cala de Bou. Era a principios de los 90. La fue acondicionando poco a poco: primero las vallas, después una pequeña plaza de toros, luego las cuadras… Todo por afición, para él, su familia y sus amigos. Sin ganar dinero por ello. Aquella finquita permitía mantener encendida la candela de la afición a los toros que siempre tuvo desde que nació en La Puebla de Cazalla, un pequeño pueblo de Sevilla, allá por 1950.

Con 15 años empezó a trabajar en el mundo del toro y los caballos de la mano de la prestigiosa ganadería taurina de Ignacio Sánchez Ibargüen, donde probaba la bravura de los machos. En 1971, consiguió el título nacional de Acoso y Derribo, una disciplina de la tauromaquia que consiste en voltear al toro, por parejas desde un caballo, con una pértiga denominada garrocha. Tres años después, cuando todo hacía indicar que su futuro laboral estaba entre toros y caballos, nació su primer hijo y, en verano, se fue de vacaciones a Ibiza, donde vivían sus padres, para que conociesen a su nieto de tres meses. “Me gustó mucho la isla y cómo funcionaba el tema, así que dejé todo el tema de los caballos y los toros y me quedé por aquí”.

En esa época Ibiza tenía los dos mismos mercados laborales pujantes que ahora, el turismo y la construcción. Juan optó por el segundo, “que es de lo que más funciona por aquí”. Empezó a trabajar como peón en una obra y le fue tan bien que a los tres años se puso por su cuenta y formó una empresa de construcción. “El mundo del toro siempre me ha gustado, pero toreaba sin ánimo de seguir para adelante. Pero estando ya en Ibiza, todos los domingos íbamos a la plaza, me juntaba con aficionados de aquí y empezó el gusanillo de torear más en serio”.

La aventura no duró muchos años, pero la pasión se mantenía, así que con poco más de 40 años, montó su propia finca, aunque siempre como afición, ya que nunca dejó de trabajar en el mundo del ladrillo. “Si no generas dinero con algún trabajo, comprar y mantener un terreno así es imposible. Pero mira,… algunos se lo gastan pescando o en otras cosas y yo me lo gasto en esto”, sostiene casi justificándose.

Al principio, se centró en los caballos, pero en 1995 decidió dar un bautizo por todo lo alto a la pequeña de la casa, Macarena. Entonces entró el primer novillo en la finca para soltarlo en la coqueta plaza de toros que preside el terreno y que, desde entonces, siempre ha tenido ganado bravo rondando. “Poco después estuve en la finca de Son Rossinyol, en Mallorca, donde el empresario Bartolomé Pons tiene una ganadería con encaste de Salvador Domecq”; “un ganado de primera”, subraya Constantino Laroda, también ex torero y amigo íntimo de Juan.

“Nosotros íbamos para llevarle un caballo que él quería para su nieta y nos volvimos con 11 vacas bravas y un novillo”, recuerda El Rociero, que trataba entonces de crear el entorno adecuado para que su hijo Moisés intentase labrase un camino en el mundo del toreo. Gracias a eso, el joven podía estar en el tentadero sin salir de Ibiza o, como mucho, yendo a Palma, aunque cuando la cosa se puso más seria, se tuvo que marchar a la Península y estuvo viviendo en Salamanca, Sevilla y otras ciudades. “Entonces hicieron una novillada en Estepona, le echaron dos novillos enormes y le dieron un golpe en la pierna, le rompieron el menisco, tuvo que operarse y lo acabó dejando. Cuando te pegan dos porrazos fuertes… Eso sí, lo intentó y fue muy bonito, aunque no llegase”, asegura Juan sobre la experiencia de su hijo, que aún trabaja con él en la finca.

Ahora mismo, Cala de Bou alberga a una docena de vacas, un semental y cuatro añojos –becerros de un año-, además de un caballo. “Son poquitas cabezas, sobre todo comparado con otras épocas cuando llegué a tener unas 60 y también cinco o seis caballos”. El tamaño de la finca tampoco permite aumentar el número de reses, así que Juan mantiene la mentalidad de que “tantas vacas nacen, tantas salen”. “Ni hay terreno suficiente ni tampoco dinero, porque esto es una afición, no un negocio y aunque venda algunos animales para carne, no se saca mucho”. Y es que, aunque una carnicería de Ibiza sí le compre de vez en cuando alguna vaca, esta ganadería no está pensada para la alimentación, sino para mantener la afición taurina de Juan, su familia y sus amigos. “No la abro para fiestas de otra gente ni nada. Sólo para los míos y algunos amigos que quieran venir a torear alguna de las vacas en el tentadero”.
Amigos ilustres

Algunos de esos amigos son famosos. Como el matador francés Sebastián Castella, que después de ver un reportaje televisivo del torero ibicenco Antonio Ferrera toreando en el tentadero de Cala de Bou consiguió el teléfono de Juan para pedirle entrenar en la finca durante sus vacaciones en la Isla. “Viene todos los veranos por aquí desde hace seis o siete años. Y es uno de los grandes del toreo, como si hablásemos de Messi o Cristiano en el fútbol”, apostilla Constantino. Por su tentadero también han pasado artistas como el mallorquín Domingo Zapata, la actriz Macarena Gómez o su marido, el polifacético Aldo Comas, que este pasado verano tuvo una exposición en Ibiza. Y por supuesto, periodistas dedicados a la información taurina como el mítico Manolo Molés o David Casas, el redactor de origen ibicenco de Canal Toros que aparece en la famosa foto con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, censurada por Instagram.

“En Ibiza, sobre todo sin la plaza, no hay ambiente taurino. Pero al tener nosotros el ganado, estamos en contacto con los animales”, reitera Juan, que prefiere no entrar en polémicas con los antitaurinos. “Yo voy a lo mío, sin jaleos. No le echo demasiada cuenta. El toro va a existir siempre, a pesar de toda esta historia en contra porque es una fiesta del pueblo”. Y mientras tanto, El Rociero prefiere disfrutar del “toreo de arte, clásico” de matadores como sus paisanos Juan Ortega o Morante de La Puebla y recordar tiempos distintos cuando pasa, de vez en cuando, por la calle Pedro Francés, frente al Hotel Royal Plaza.

Allí, el 17 de septiembre de 1961, se estrenó el coliseo de San Rafael, que funcionó durante un cuarto de siglo. “Siento una nostalgia grandísima, mucha tristeza porque te quitan lo que te gusta”. Ahora ese terreno en el barrio de Es Pratet alberga un parque en recuerdo a Bob Marley. El cantante jaimaicano celebró su primer concierto en España el 28 de junio de 1978 justo en el mismo lugar donde El Rociero cortó una oreja aquella tarde del 25 de septiembre siete años más tarde.

Publicado en El Español

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