Un ‘palo cortao’ por el toreo.

A Juan Manuel Albendea, partidario de la Monarquía y de Antonio Bienvenida.

Por Carlos del Barco.

Un misterio, algo que no se sabe lo que es por mucho que ahora pontifiquen, un milagro, el ‘palo cortao’, ni amontillado, ni oloroso, otra cosa a la que le ponían con tiza un palito entre las rayas de la bota porque no servía, un enigma jerezano, sanluqueño, de sacristía con telarañas, de sabiduría honda de camisa blanca abrochada hasta el último botón de nácar.

El toreo es como una inabarcable bodega, entrañable como la de los hermanos Cuevas, inescrutable como los designios del Señor, una urdimbre de tantos hilos como toreros ha habido, todos grandes, como abarcó en su brindis de silencio Curro Romero ante Juan Antonio Ruiz ‘Espartaco’, que este año se hace sesentón con Emilio Muñoz, buena cosecha ésa del 62.

Un día, un palomo mensajero iba por la calle de la Mar, de Antonia Díaz al Malandar, para anunciar lo de José Luis Parada, el torero enjuto, de pergamino, que había metido en su muleta lo de Pepe Limeño, Julio Marismeño y el ‘Latero’ Paco Ojeda para poner a todo el mundo de acuerdo en que el Mundo y el toreo se seguían dividiendo en dos, en Sevilla y en Sanlúcar, que por ahí adivinó Villalón el hemistiquio, por la marisma de los alejandrinos.

Y era Parada, Paco Ojeda con su revelación de ‘Dédalo’ y Curro Durán con sus aires de Utrera. Y Manili, y José Antonio Campuzano y Tomás, y Emilio Muñoz con ‘Correríos’ después de que se fuera en Melilla, y Juan Espartaco sobre todos, mandando entonces y ahora en sus silencios, pulseando las cositas como ‘tocaba’ al toro de su época para mandar en el toreo, que parece que los silencios no cuentan.

El ‘palo cortao’, otra cosa como cuando uno sale andando y cogiendo los avíos de otra manera aunque de la misma de siempre. Y el toreo siempre fue y es eso, otra cosa y la misma, un eterno retorno. Ya no está ni esa espesura de agosto que no la salvaba ni la Virgen de los Reyes, ni esas tardes de septiembre en las que nos decían que en Clarín habían hablado de un torero de Sanlúcar que tenía almanaques toreando a un caballo suyo y que lo había bordado con un sobrero de ‘Cortijoliva’ en Madrid.

Y ahí olía a afición, a los miedos de un novillero que venía en agosto, a moscas de la puerta de los matarifes, a transistores de torneos de verano, al ‘no se lo pierdan’ de la Hoja del Lunes de Cristino Braojos, del ‘Aplausos’, del ‘Toros 92’ de Fernando Carrasco, donde se escribía sin más dopajes más que el toreo.

Desde antes y con la cosecha del 62, con Juan y Emilio, sesenta años ya, que venían de las fatiguitas del ‘bombero torero’ y las tiesuras de los ‘gaches’ las pasaron a sus avíos en vez de aviar al personal con monsergas. Fueron martillos porque habían aprendido siendo yunques primero, aguantando con los oros viejos que les enseñaron a pulsear a la vida antes que a los toros.

Eso ha sido siempre el toreo, grandeza, holgura, temple, armonía cuando pintaban bastos. Y a Juan y a Emilio les salió a los dos con un toro de otro que también salió con aire de la asfixia, Manolo González. Y así salieron también los Benítez, Capea, Viti, Puerta, Mondeño, Rafael Ortega, Camino, Ordóñez, Manzanares, Romero, Paula, Pepe Luis y así hasta el último que ponía Canorea en agosto.

Y entre medias, rompía uno, Parada, Ojeda, Campuzano, Espartaco, que si Manili que la forma en Madrid, que se ‘revelaban’ Manolo Vázquez y Antoñete e irrumpía el ciclón de César Rincón. Pasaban muchas cosas y el toreo seguía, grande, inapelable hasta hoy. Y Gonzalo Argote desde su barrera del Tres lo contó todo y lo tenía todo en su memoria y su biblioteca de Águilas, una bodega entrañable del eterno retorno.

Un gran aficionado, un señor, un hombre generoso, bueno, al lado siempre de Mariquilla, Juan Manuel Albendea, amplio en todo. Tan enciclopédico en su ser liberal y juanista que siempre se salía a los medios de la vida y de su afición con la naturalidad de su admirado Antonio Bienvenida. Viva el toreo y viva el Rey de España, Juan Manuel, siempre de verde y oro, aunque hoy el suprafirmante lo hace de catafalco y con un ‘palo cortao’ por la grandeza de las cosas que de verdad importan.

Carlos del Barco es periodista.

Publicado en ABC Sevilla.

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