Feria de San Isidro – Un día con Talavante: «La pandemia fue una prórroga para madurar»

Por ZABALA DE LA SERNA | MADRID
FOTOGRAFÍAS: JOSÉ AYMÁ.

Una marea de campos verdes inunda el paisaje de Extremadura. El viento agita olas de espigas, siembras, flores malvas y algunas amarillas. Doblada la esquina de Olivenza, que fue portuguesa, una carretera sinuosa de curvas suaves atraviesa fincas de encinas matriarcales. De la margen izquierda de la carretera de asfalto sale un camino de tierra que conduce al refugio de Alejandro Talavante, un antiguo cortijo luso donde rumia ilusiones y miedos. Reaparecer en San Isidro, hacerlo en Madrid, con cuatro tardes, cuatro, acumula una responsabilidad insomne, muchas noches oscuras. Los Arrifes se llama el hato que castiga un vendaval inclemente.

«Alejandro espera en la plaza». La figura de Talavante perfila un Quijote de huesos en lo alto de los corrales, la delgadez de un hombre de canto, una moneda que cayó de pie. Espera El Flaco con un chándal de camuflaje de Tommy, un gorro de lana azul con el escudo esmeralda del Real Madrid, unas zapatillas Adidas blancas; las manos en los bolsillos, la barba de dos días, el pendiente de plata. Como si fuera a pasear el patio de la trena en este sitio de su recreo. Hemos pactado un encuentro sin entrevista, que le aterra más que un toro. Habla como si se hubiera acabado de caer de la cama, pero es que habla así, quejoso del clima, del mal día, del inconveniente de torear. Lo que le preocupa de verdad es la interviú que no será. «Me pongo nervioso. No quiero caer en tópicos y caigo; no quiero decir cosas que no pienso y las digo. Pronuncio frases sin importancia y dentro de una entrevista adquieren una transcendencia imprevista. Lo leo y me arrepiento. ‘Hay que ver qué gilipollez he dicho’, me repito luego. Para qué entonces, a estas alturas. Las preguntas conllevan un posicionamiento inquietante. Ponlo en tus palabras y ya».

Es fabulosa la transparencia de AT, también en el ruedo. No caben las mentiras en él, escaparate de cristal. Un pastor alemán con pecho de culturista se asoma de corral en corral, inquieto por los sonidos rudos de los novillos que su amo habrá de matar. Lo sujeta y lo presenta como su compañero de maratones campo a través, sin reloj ni hora, sin distancia ni horizonte. «Cuando voy a correr viene siempre conmigo. No hay límite, lo pone el cuerpo. Salgo por las mañanas. Me gusta mucho. Aprovecho para pensar, casi para meditar», dice mientras mira la placita de tientas. Cada burladero exhibe el hierro de su ganadería, hecha con sangres de Núñez del Cuvillo y Garcigrande, al 50%. «Trato de disfrutarla como torero. Es muy complicado ser ganadero. Se pasa mal». Lo veríamos después.

Pregunta a Aymá, el retratista, cómo lo vamos a hacer. «Como tú quieras, maestro. Así mismo», sugiere Pepe. «¡No, no!», exclama entre risueño y escandalizado el matador. «No puedo aparecer de esta guisa, el chándal me lo puse para el frío». Como el gorro madridista de lana marina, azul, que aumenta el dibujo de su mentón de Corto Maltés recogiéndole la cabeza. Viajó a Madrid recientemente con sus tres hijos para asistir al partido de Champions entre el Madrí y el Chelsea en el Bernabéu, «una gozada, de categoría, fue una final».

Y emprende el camino del cortijo luso que tiene un torreón con tres ventanas de un solo cristal, una parra enredada y una noria árabe. No me gustan las entrevistas. No quiero caer en tópicos y caigo. Cualquier cosa que dices adquiere trascendencia.

José Miguel Arroyo «Joselito», su nuevo apoderado en esta etapa, leyenda de la plaza de Madrid, mito del toreo, camina y espera. Hoy, 20 de abril de 2022, cumple 36 años de alternativa. Sabe del compromiso que espera, lo que implica reaparecer en San Isidro, reclamar esa responsabilidad que tanto pesa. Volarán antes para torear en Aguascalientes (México) -ya volaron cuando vean estas líneas la luz-, una nueva incursión internacional después de la esporádica reaparición el Arlés (Francia), el 11-S de 2021: «Viene bien retomar el contacto con el público. Aquí asiste gente pero no es lo mismo, claro. El torero no se aprieta igual. Aunque éste [por Talavante] se aprieta con todo». [Para el neófito: «apretarse» es poner el cuerpo en situación, pero sobre todo la mente, donde habitan el corazón, la disposición, el espíritu, para pasar la delgada línea roja del valor, siempre un paso más].

Baja por el camino de tierra Alejandro Talavante vestido de corto, la calzona gris, los botos de cuero, el pelo engominado. Sale por la boca del jersey negro una camisa de amebas azules. De las paredes blancas del palco de la placita de tientas cuelgan fotografías en blanco y negro de los dioses del Olimpo: Benítez, Ordóñez, Camino, El Viti, Manzanares padre, Paco Ojeda… La voz del torero suena como un eco de vasija en ese espacio, quizá inquieto de mostrarse y abrirse. «Me gusta que todo salga bien, pero con vosotros estoy tranquilo. Soy perfeccionista, sobre todo con mi trabajo. La verdad es que con el paso del tiempo sólo te apetece hacer cosas de calidad. Me cuesta exponerme a que algo no quede bien. Y si sale mal, me cuesta aceptarlo. Cada vez tengo más miedo. También confío en que sea suficiente con lo que haga en la plaza».

De un manojo de capotes doblados, asoma su nombre partido. «Ante», se lee en el reverso amarillo del percal; «vante» en otros. El cúmulo desordenado de trastos y avíos de torear fija un bodegón en una esquina. Las golondrinas surfean espirales huracanadas. De la oscura cuadra viene un caballo parapetado. Y por chiqueros salta un novillo como el día, feo, levantisco, polvorilla, muy loco. Y luego otro, también nervudo, indomable, veloz, que no para ni deja estar. «¿Cuándo es el próximo desafío ganadero?», se oye la voz del apoderado. Y el cachondeo cunde entre la cuadrilla y el propio torero, que asume la coña de Joselito: «Con éste consagras la ganadería en Madrid». La química con el maestro es absoluta. José simula frente a un burladero la suerte del volapié que lo consagró en sus días de gloria, como sugiriendo un movimiento inadvertido, un tiempo perdido, algún secreto, mientras Alejandro observa a través de una toalla con la que se limpia el rostro del esfuerzo. «No puedes pensar en el muletazo, ni siquiera en el siguiente, sino en el tercero. Como vaya la cosa desprogramada, me ganan la acción», explica Talavante de los demonios de sparrings con cuernos que le han exigido tanto, sacándole el aire. Menos mal que el último atempera el carácter en el embroque y en ese momento su izquierda, esa muñeca deshuesada, dibuja un rastro de escalofríos. La gota de sudor que desciende por su frente acaba en una sonrisa.

Lo curioso es que Alejandro Talavante sude. Carece su cuerpo seco de un gramo de grasa. No sólo por la estricta preparación. Su hambre se reduce a los triunfos, su metabolismo funciona como una caldera de calorías y le cuesta mantener el peso. «Estos días estuvimos tentando unos machos en Cádiz y matando unos toros. Después de la tensión pierdo el apetito y me tengo que obligar a comer. Me pasa como a mi madre. A ella también se le cierra el estómago con los nervios». El problema le llevó el pasado invierno a un especialista en Houston para informarse. De allí volvió con un recetario, no de cocina, sino de proteínas naturales, orgánicas, «y una serie de cosas»: «Tomo batidos, frutos rojos, frutos secos y una manzana a diario. En Estados Unidos tienen el dicho de ‘una manzana al día, doctor lejos’. La gente allí lo cree con fe», insiste como si el periodista dudase de su palabra.

Cuatro tardes en Madrid puede hacer en cualquiera una bola de cemento en el centro del estómago. Alejandro reflexiona sobre el compromiso, la responsabilidad, la ilusión. No lo verbaliza para no caer en tópicos y porque ya lo dijo brevemente en la presentación de la feria elefantiásica con un abrigo de cuello pieles, como un dandi o un gánster de los años 20 del siglo XX, allá por marzo: «Este San Isidro es vital». Piensa Alejandro en las palabras de su apoderado José sobre su modo de pisar los terrenos de lava, donde caen las babas de los toros, también en los entrenamientos: «Hay que tratar de ser y estar igual en todos los sitios. En el campo y en la plaza; en la plaza y en la calle. Es importantísimo los límites que puedas superar en la preparación para que luego en el ruedo, ante el público, no tengas que enfrentarte por primera vez a ellos y superarlos cada tarde. Conclusión: no hay límites. Todo lo que viene es muy especial, es reaparecer directamente en Madrid». Y se hace un silencio que reverbera con sonido de oquedad, la preocupación callada de mayo. Que pesa.

Talavante anunció su retirada de pronto, tras su última tarde de gloria en Zaragoza, 2018. La vida le ha sido noble, amable como los años. Ya suma 34 y 16 de alternativa. Abandonó el día a día del torero, que es pensar 25 horas en el toro. Y no parar de enfrentarse a él, ese tótem atávico vestido de negro. Esporádicamente lidiaba algún animal, con el fondo físico acumulado de toda una vida. Siempre habitó en su interior el pálpito de regresar. «Más que un pálpito, era una certeza. Cuando me planteé en firme la posibilidad de volver, quería contar con mucho tiempo para prepararme. Sin prisa. Fue a finales de la temporada de 2019 cuando empecé con el maestro. Si eres un torero que te sientes crecer cada día, todo el tiempo que esperes será beneficioso. Corres el riesgo de que, por esa regla de tres, nunca salgas. La perfección nunca se alcanza. Pensaba ‘si aguanto un poquito’ me van a ver mejor. Y fui marcándome objetivos más altos incluso que cuando no me había ido. La pandemia supuso un palo, pero fue una prórroga para madurar», concluye entre las luces del flash. La cámara antigua de Aymá, a esa distancia, es un TAC.

La despedida se convierte en una ruta por dentro del cortijo luso, por el jardín, la piscina tropical, el campo de hierba de fútbol, donde hace sus pachangas con sus hijos y los jugadores Nacho y Sergio Ramos, su íntimo. En la pared del salón, sobre la chimenea, junto a un toro disecado, se lee una dedicatoria de Ramos, escrita con rotulador negro: «Finalmente transcurre la jornada de convivencia en casa de mi hermano Jimmy, mi Tala, después de haber disfrutado de unos días únicos de pureza, amistad, soniquete y felicidad transitoria. Gracias de corazón, torero. Tu hermano que te quiere…». «Nos llamamos Jimmy como algo nuestro, de coña y cariñoso», subtitula AT. En un rincón del comedor cuelga un uniforme del Real Madrid con el «4» a la espalda; en otro, unas «pinturas rupestres» de Kukuxumusu. Una biblioteca con la colección de El Ruedo, los santos libros de la historia toreo, decora otra estancia: «Los lees y te das cuenta que nada ha cambiado. Lo que les sucedía a los toreros de otras épocas, pasa ahora. La gestión de sus carreras, los públicos, la bravura. La historia es cíclica».

Y nos decimos adiós, hasta pronto, hasta Madrid.

Por los inmensos ventanales una marea de campos verdes inunda el paisaje de Extremadura.

Publicado en El Mundo

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