Opinión: El Golem de Las Ventas.

Por Juan Diego Madueño.

Rafael García Garrido, socio de Simón Casas en Plaza 1, gerente de Nautalia, representante del fenotipo madraca y, en definitiva, un tipo que saluda ofreciendo la mano como si estuviera muerto del codo para abajo, prometió convertir Las Ventas en el hipódromo del centro. Atraer hacia la calle Alcalá el centro sociabilizador instalado en las afueras escondía un plan de reeducación. Cumplió el sueño de los fanáticos de Ponzano con la instalación de terrazas en un edificio declarado bien de interés cultural. La afición se diluyó al mezclar al abonado con el aluvión de jovencitos de todos los estratos sociales a los que hay que practicar el waterboarding de la ginebra para pasar el trago de la muerte del toro.

Simón Casas, socio de Rafael García Garrido en Plaza 1, empresario taurino, representante del fenotipo de francés cínico y, en definitiva, un tipo embalsamado en su propio relato, cumplió demasiado tarde su sueño de gobernar la primera plaza del mundo. Cuando fue un vagabundo que dormía en la plaza de Pontejos tenía la ambición de doblar al sistema del que forma parte. Pasaron varias décadas hasta que por fin tuvo una mano definitiva y, resuelto como son los tipos reversibles, culminó la epopeya que lo ha retirado en el despacho de Las Ventas. Cansado, viejo, conformista y en la ruina, consulta cada paso, según cuentan, con los empresarios a los que considera enemigos después de haber dado todo el poder a Garrido, que coqueteó con la traición durante el año de la pandemia. Arrojar al contenedor al anciano idealista completaría la limpieza anunciada hace seis años con los neones de una movida taurina.

Ambos representan la lucha que se vive en Las Ventas durante las tardes de expectación de San Isidro, especialmente los fines de semana. Las figuras del toreo olieron la sangre. Hay una claridad etílica que llena las Monumental empujando la oscuridad sobria de la exigencia. El suceso de las almohadillas representó el sábado la victoria del nuevo público, inaugurada la decadencia con el mítico rugido del ole de Madrid transformado en un aullido guasón, cachondo, condescendiente, una oleada de piropos revenidos a Paco Ureña, el torero que se templa cuando todo va mal: sería capaz de torear en la cubierta vencida del Titanic.

Ayuso encendió la mecha del populismo y Abellán, desnortado, secuestró la plaza: sólo había que llenarla de borrachos y echar a andar el Golem.

Publicado en El Mundo

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s