Opinión: Lo que nos queda de un hombre.

Por Gloría Sánchez-Grande.

Sabrán disculparme si en estos días alegres de Feria recuerdo a uno de los hombres más valientes que se han cruzado en mi camino. Uno nunca espera que un hombre como él muera de la forma en que lo hizo. Cuando intentaba hacerle un quite al toro de un compañero en una placita francesa a orillas del Adur, tropezó con el capote, cayó al suelo y el pitón le atravesó el costado derecho. Se echó las manos sobre el fajín y llegó a decir que las fuerzas se le escapaban después de que aquella cornada negra lo rompiera por dentro. En la decimonónica enfermería no supieron salvarle -probablemente en otra plaza hubiera sobrevivido- y murió horas después en el hospital de Mont-de-Marsan. De aquello se han cumplido ahora cinco años.

Iván Fandiño agotaba cada tarde el toro de su propia muerte, hasta la última gota. Eso le hacía único y, de ahí, el vacío ante ferias y carteles que no han vuelto a llevar su nombre. Fue a morir en uno de los días más largos del año, cuando el sol inmisericorde de mediados de junio no daba tregua ni a los ojos ni a la piel ni a la esperanza. Recuerdo cómo la tristeza y el calor se nos pegaron al cuerpo como una losa al conocer la noticia. A Fandiño lo había matado un toro que ni siquiera le correspondía, en un país que no era el suyo, en una plaza sin pena ni gloria.

Poco después, le leí a Javier Gomá que asumir nuestra mortalidad era la condición indispensable para que nos comportásemos heroicamente en nuestra vida cotidiana, y ponía como ejemplo el mito de Aquiles. Gomá se cuestionaba los motivos por los que Aquiles -hijo de un hombre y una diosa- eligió entregar su propia vida luchando en la guerra de Troya en vez de conservar su naturaleza inmortal dentro del gineceo. Aquiles maduró, se hizo hombre, cuando asumió su mortalidad, se enfrentó al exterior y acudió a la batalla. Un niño aún no tiene conciencia de su muerte, por lo que no puede comportarse de manera heroica.

Todos los toreros llevan un Aquiles dentro. Cada tarde de corrida, atraviesan al ruedo asumiendo las consecuencias que puede desencadenar la lucha contra un toro bravo. Ellos nos enseñan a «ser mortales». Posiblemente, el verdadero conocimiento de los toreros, de las personas, es póstumo, y la memoria de Fandiño conduce a la ejemplaridad de una vida sin concesiones.

La tarde de la tragedia, en el callejón de Aire Sur L’Adour había un niño, un niño a quien Fandiño regaló la última oreja que cortó en su vida. Unos días más tarde, ese mismo niño regresó a aquel ruedo donde una foto en blanco y negro recordaba la efigie del torero ya fallecido. Sin saberlo, en ese instante, estaba abandonando prematuramente la protección del gineceo para mirar, por primera vez, a la muerte cara a cara. Quizá, el día de mañana, él también será un héroe.

Públicado en Europa Sur

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