Roca Rey, el último héroe clásico.

La actuación del torero peruano en la plaza de Bilbao conecta con la tradición épica de la poesía homérica.

Por Jaime Roch.

A las 20.50 horas del pasado jueves, Andrés Roca Rey se alzó en Bilbao como uno de los últimos héroes clásicos. De la misma forma que los griegos concibieron a sus héroes legendarios como grandes hombres de un pasado mítico y glorioso, las 14.000 personas que poblaron Vista Alegre percibieron al joven torero peruano con una suerte de aptitudes sobrehumanas capaces de sacrificar su propia vida frente al toro para crear emociones fuertes.

Probablemente, las grandes figuras de la poesía homérica, Odiseo, Agamenón o Aquiles, comenzaron su andadura como guerreros o nobles micénicos y acabaron transfigurados en semidioses y adorados como héroes. Y justo eso es lo que se vivió la tarde del 25 de agosto de 2022 en los tendidos de la capital de Vizcaya después de que Roca Rey arrebatase las almas y provocara una conmoción en cadena que culminó en una de las mayores explosiones de catarsis colectiva que aquí se recuerda.

Porque el espada de Lima, cuando se viste con el traje de luces, se convierte en un personaje de epopeya. Solamente la mirada fría, fija y escrutadora que se le pone en cuestión de segundos delante del toro proyecta su ambición de figura del toreo y pone toda la emoción delante del toro para alboroto de sus detractores, que se empeñan en negar su evidencia.

En el tercero bis de Victoriano del Río, el sobrero de nombre «Jabaleño», debió de haber paseado las dos orejas, petición incomprensiblemente desentendida por el presidente Matías. Esa manera agónica de expresar la ética del torero frente al dolor fue reconocida por todo el mundo menos por él. Los fantasmas revolotearon como si fuesen humo o sombras cuando lo cogió a final de faena de manera muy fea, con un pitonazo en la espalda incluido. Antes, un hachazo en la rodilla no le cambió el color de la cara. Porque Roca Rey cruza la línea de fuego para buscar el triunfo. Y paseó una oreja magullado, maltrecho, camino de la enfermería.

En el sexto, el diestro reaparecido en contra de la voluntad de los médicos, se mostró con un estilo más libre de cualquier contingencia, más depurado y más expresivo sobre las olas de su profundidad.

Y sobre la plaza convulsionada caía a borbollones la emoción del toreo. Así, una tanda y otra a pesar de que, tras el inicio de rodillas, se quedó a merced del toro por un desarme y no poder correr por una lesión de rodilla. Un quite milagroso de Paco Algaba lo volvió a salvar. Y no fue la última vez porque el toro lo volvió a derribar con los cuartos traseros y, de nuevo, se libró milagrosamente. Como en el caso de Ganimedes y Heracles, personalidades homéricas que escapan de la muerte gracias a un favor por parte de los dioses.

La vida suspendida en los navajazos de los pitones. La gesta de sobreponerse. El grito constante de una señora de 80 años que apretaba la mano de su marido en cada muletazo. Los suspiros de una joven de 26 años en el tendido. El toreo en estado puro. Con el orgullo intacto y la dignidad más descarnada que nunca, paseó las dos orejas de «Quintaluna».

Y es que el toreo es un heroico esfuerzo artístico y ético, un ejercicio apasionado, espiritual y barroco hecho de dignidad y valor. Si no es sublime es, por lo menos, profundamente puro. Una estoica lección de vida que produce el entusiasmo de la afición. Como Roca Rey en Bilbao.

Publicado en Levante – EMV

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