La bronca, otro símbolo de la torería.

Por Paco Cañamero.

Colea la enorme polémica protagonizada por Morante de la Puebla tras su gesto de rabia en el momento que abandonaba la plaza de Albacete a almohadillazo limpio por una parte del público que acudió a La Chata manchega y se mostraba contrariado por su labor. Y Morante, genial y temperamental, mostró su desagrado al intentar dar una patada, cual si fuera un balón (y por cierto con mucho estilo) a una de las muchas almohadillas que le arrojaban.

Morante, que tanto gusta beber de las aguas de la grandeza para recuperar los mejores estandartes del toreo, mostró su rechazo a la bronca con una manera poco ortodoxa, él que tantas ha recibido y casi siempre aguantado con la categoría que debe tener un artista. Porque la bronca siempre fue muy torera, protagonizando muchas páginas en la Tauromaquia y todas con respeto. La bronca también es una medalla.

Ahí está el ejemplo del genio gitano de Joaquín Rodríguez Cagancho, tan habituales en él que, en cierta ocasión, el semanario de humor La Codorniz publicó un dibujo donde un ratón que tenía su madriguera en un pequeño calabozo se preguntaba: “las 9 de la noche y Cagancho sin venir”. Cagancho, quedó perpetuado en otra de sus espantás como la vivida la plaza de Almagro, donde el público la quemó para mostrar su indignación contra este torero de leyenda. Con ese Cagancho de tanta guapura natural, personificada en unos ojos verdes que causaban furor entre las damas, además de su elegancia y clase al vestir.

Cagancho, al igual que la casi totalidad de la torería, pasó muchos inviernos en Salamanca, primero en las casas ganaderas amigas, mientras que las últimas veces se hospedaba en el Gran Hotel y de él cuentan que, a la caída de la tarde, cuando iba al encuentro de los ganaderos a la tertulia del Café Nacional (así se llamaba el Novelty en la época de la postguerra) y atravesaba la Plaza Mayor la gente detenía sus pasos para admirar y apreciar la gallardía del grandioso torero. Después Cagancho se fue a México, donde fue un considerado, aunque con una enorme pena que le roía las entrañas al ver cómo en su querida España, tan dada al tópico y a las calificaciones, hubiera quedado perenne el dicho de ‘como Cagancho en Almagro’ para mostrar la incapacidad de alguien.

Toreros de broncas ha habido muchos, generalmente los artistas. Porque antes de Cagancho fueron famosas, entra otras, las de Rafael El Gallo –que se movió entre las aguas de la genialidad y las espantás- y después otro montón de toreros y ninguno se quejó, con recuerdo reciente de esos dos genios llamados Rafael de Paula o Curro Romero, quienes siempre supieron aguantarlas con la cabeza alta y la humildad que se debe tener, tanto que hoy se las recuerda en su hola de honor. Jamás con la soberbia o quedose enfrentar al público. Porque el público es soberano y está en su derecho de protestar algo que no le gusta; al igual que aplaude lo bueno, porque además a quien pasa por taquilla siempre se le llamó el respetable.

Otra cosa es quien violenta, arroja una botella u objetos contundentes al ruedo, porque estos no son aficionados, son delincuentes, y hay que expulsarlos de las plazas de toros, al igual que quien arroja almohadillas al ruedo durante la lidia y pone en peligro al torero. Aunque aquí me gustaría hacer una pregunta, ¿y qué hacer con quién en medio del fervor de una faena arroja un sombrero, que es símbolo de gloria y también tiene su peligro mientras vuela por el aire al encuentro del suelo? No olvidemos que muchos de los grandes al recordar sus mejores faenas suelen decir, “y la plaza se llenó de sombreros”. Como ocurrió a Manolo González con aquel toro de Graciliano de nombre Capuchino , al que le hizo la famosa faena de los naturales y lo alzó a lo más alto del toreo, casi por sorpresa. Ese día, antes de entrar a matar, el piso de Las Ventas ya estaba cubierto de sombreros, aunque después esa tradición –tan torera y bonita- en España casi se ha perdido, mientras que en México y otros puntos de América sigue muy viva.

Lo cierto es que el público es soberano y paga para ver un espectáculo. Y cuando alguien quiere mostrar su discrepancia para eso está la bronca, que siempre es muy torera, al igual que arrojar almohadillas una vez finalizada la faena. Y ahí Morante debe sujetar las riendas, porque él lo saber mejor que nadie, que ha bebido de las fuentes de la grandeza. Y la bronca también es torería, lo que no es admisible es el enfrentamiento con el público que paga y además es soberano. Y lo haga Morante o quien sea hay que criticarlo.

Publicado en Glorieta Digital

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