Feria de San Miguel en Sevilla: Calerito, ilusionante alternativa.

El torero sevillano corta una oreja ante una exigente corrida de Victoriano del Río, en una tarde desafortunada de Manzanares y Roca Rey.

Por Antonio Lorca.

El protagonista de la tarde era Roca Rey, el gran animador de la taquilla; Manzanares, el consentido privilegiado de Sevilla, daba lustre al tirón del peruano, y entre ambos, sin hacer ruido, un chaval vestido de blanco y oro, poco conocido, que llegaba a tomar la alternativa cargado de sueños.

Y Calerito, así se anuncia, centró la atención de la tarde, mientras las figuras del cartel pasaban de puntillas; Manzanares, perdido en un mar de desconfianza y gravemente errático en la suerte suprema, en la que es un consumado especialista, y Roca Rey, porque le tocó el toro más desfondado, el tercero, al que recetó un descarado bajonazo impropio de su prestigio, y el otro le duró muy poco en el tercio final.

Pero la corrida de Victoriano del Río, muy bien presentada, que fue noble y derrochó casta, embistió con acometividad y transmisión y fue exigente con los toreros. Cumplió de manera desigual en el tercio de varas, apretó y persiguió con fiereza en banderillas, de modo que el primero puso en apuros a Antonio Manuel Punta, que se vio obligado a tomar el olivo con precipitación. Pero, a renglón seguido, se desmonteró, al igual que su compañero David Pacheco, y en otros toros también recibieron los honores del respetable Daniel Duarte y Mambrú, de la cuadrilla de Manzanares. Igualmente, fueron largamente aplaudidos los picadores Óscar Bernal y Paco María, prueba todo ello de la fiereza demostrada por los toros madrileños.

Pero, en pura lógica, ese tipo de animales suelen ser exigentes; nobles pero no bobalicones, y piden a gritos un torero con las zapatillas asentadas, la mente despejada y una muleta poderosa.

En este caso, el más sobresaliente fue el toricantano, que le tocó en suerte el mejor lote, es verdad, pero era el más novato y el menos preparado de los tres. Y el que más se jugaba. Una alternativa en La Maestranza, en la feria San Miguel, con la plaza a reventar, no es un compromiso cualquiera. Y con el escaso bagaje con el que llegan hoy todos los novilleros al escalafón superior.

Bueno, pues Calerito se lució de entrada con unas vistosas verónicas al toro que abrió el festejo, ese que persiguió a Punta hasta las tablas con una fiereza indómita. Volvió a dibujar una par de verónicas en el quite. Tras la ceremonia de la alternativa y un emocionado brindis a su padre, Calerito se fue a los medios y, sin más dilación, llamó al toro que sesteaba en tablas. El animal acudió al cite con prontitud, velocidad y transmisión, y allí se encontró con un torero asentado en el albero, y entre los dos interpretaron una emocionante tanda de redondos largos y poderosos. No bajó la codicia del animal en la segunda, rematada con un brillante trincherazo. Y el toro, que había perseguido los engaños con celeridad desde que apareció en el ruedo, pagó su esfuerzo y se vio obligado a bajar la pasión de su embestida. A pesar de que disminuyó la intensidad de la faena, aún dibujó Calerito unos hermosos naturales que supieron a gloria. Unos adornos finales fueron el prólogo de una gran estocada en el hoyo de las agujas, que determinó que el joven torero diera una merecida vuelta al ruedo con una oreja en la mano.

El último toro, que también lo había templado a la verónica, lo brindó a su madre. Se colocó la muleta en la zurda, y citó al toro con el famoso “cartucho de pescao”. Sin enmendarse, trazó cuatro naturales que adquirieron máxima importancia por la fortaleza de la embestida del toro. Mientras duró, que no fue mucho, el torero vivió los momentos más reposados de toda la tarde -es normal la celeridad que producen los nervios-, hasta que su oponente hizo hilo e impidió que la faena tomara el vuelo anhelado. Después, falló con la espada y el buen tono se diluyó. Quedó, no obstante, el regusto de la ilusionante alternativa de un chaval que superó el dificultoso examen con nota. Y ojalá tenga oportunidades en el futuro.

Abría cartel Manzanares, que no tuvo su tarde. Su primero tenía mucho que torear, y él no lo vio claro y estuvo muy por debajo de lo exigible; el segundo lo desbordó, embarullado el torero, citando siempre al hilo del pitón, desconfiado y embotado. Encima, mató muy mal a los dos toros.

El peor lote se lo llevó Roca Rey, dispuesto y valeroso toda la tarde. Su primero fue el único que se desfondó a las primeras de cambio, y el otro se rajó en la tercera tanda, y el diestro peruano no pudo lucir más que en los primeros compases en dos tandas de redondos aceptables. En su debe, ese feo bajonazo con el que mató a su primero que, por fortuna, no es habitual en el historial de este buen matador.

Roca Rey.

Del Río/Manzanares, Rey, Calerito

Toros de Victoriano del Río, bien presentados, cumplidores en el caballo, alegres en banderillas y encastados y nobles en el tercio final a excepción del tercero, desfondado.

José María Manzanares: media tendida -aviso- un descabello -2º aviso- y un descabello (ovación); tres pinchazos, cinco descabellos -aviso- y tres descabellos (silencio).

Roca Rey: dos pinchazos y bajonazo descarado (silencio); estocada (ovación).

Juan P. García Calerito, que tomó la alternativa: gran estocada (oreja); pinchazo hondo -aviso- y seis descabellos (palmas de despedida).

Plaza de La Maestranza. Segunda corrida de la Feria de San Miguel. 24 de septiembre. Lleno de «no hay billetes».

Publicado en El País

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