El orgullo de ser mortales

El toro es una certeza que tarde o temprano terminará derribándonos, pero hasta que llegue ese día lo único que nos queda es torearla.

Por Luis Herrero Goldáraz.

Supongo que suele pasar a partir de la edad de cinco años, quizá seis, en ese momento en el que comienza realmente la vida adulta, aunque al rato la olvidemos y volvamos a ser niños otra vez. La angustia siempre se desliza sigilosa, me imagino que para penetrar de una forma más profunda, y como una espuma encerrada largamente se va desbordando junto a preguntas sin rostro, junto a respuestas calladas cuyo único sonido es el silencio. A mí me resulta de lo más lógico comprobar que lo que se escucha en los momentos de pánico espiritual es el latido del nuestro propio corazón, que marca siempre los pasos que todavía nos quedan, o los que ya hemos perdido, o los que nunca llegaremos a dar.

¿Qué soy yo? me figuro que se siguen preguntando todos los niños que acuden de repente a sus padres como anhelando un refugio. ¿Soy mis manos? ¿Soy mis pies? Y poco a poco ellos mismos se responden. Está claro que soy todo eso, porque he aprendido a reconocerme al mirarme en el espejo, se dicen. Soy este pelo castaño que se vuelve rubio en los días de verano y estos ojos marrones que se achinan cuando apuntan al sol. Soy esta cicatriz, que no existía cuando nací. Y también esa piel que permanecía intacta justo antes de desgarrarse y sangrar. Soy todo eso y también algo más. Así lo siento. A lo mejor soy la suma de todas mis partes cuando se juntan en mi cuerpo. O quizá ninguna de ellas y lo que soy no lo puedo saber. ¿Qué sería si perdiese mis brazos, por ejemplo? ¿Seguiría siendo yo, este mismo yo, si me cortasen una pierna? ¿Qué sería ella, entonces, una vez separada de mí? ¿Podré, de la misma manera, dejar de ser yo mismo mi yo?

La madurez se gana y se pierde en el instante en el que aprendemos, bien pronto, a callarnos y a dejar de mirar. Después se recupera muchas veces. Regresa igual que un eco y nos coloca exactamente en el mismo lugar, para sugerirnos quizá que nunca hemos sido más viejos que cuando éramos niños y descubrimos asustados que nuestro sino es morir.

«La muerte hoy está proscrita», me dijo el otro día Jesús Fernández Úbeda, y yo entendí que me decía sin decirme que vivimos en un tiempo inmaduro. Después, delante de una sala mucho más concurrida, añadió: «Pienso que por eso los toros también lo están». Habíamos ido a una catacumba a charlar de tabús. Nos había invitado el Instituto Juan Belmonte para divagar acerca de la muerte como parte de la vida en España y en México. Las fechas, ya se sabe, se prestaban a ello. Durante el acto no pude más que acordarme de esa misma idea que ya me había comentado Rubén Amón en una entrevista lejana. Y en toda su explicación acerca de la tauromaquia como arte escénico extremo, como la sofisticación humana del fin, como la danza sensual entre un hombre y su posible verdugo, el ensalzamiento hermoso de un animal admirable que no merece morir igual que los otros, sino con la opción de perforar mientras muere la femoral de quien le viene a matar.

A mí la figura del toro me gusta porque me recuerda a la muerte unamuniana, que sólo puede ir revestida de incertidumbre. El toro es una certeza que tarde o temprano terminará derribándonos, pero hasta que llegue ese día lo único que nos queda es torearla. Saúl Jiménez Fortes mencionó sus dos cornadas en el cuello y nos explicó que nunca había deseado tanto volver al ruedo como después de sufrirlas. «Estoy vivo», se dijo. «Tendré que vivir». Siguiendo las reflexiones de Chapu Apaolaza, nosotros admiramos al toro y admiramos al torero. A uno por su valentía. Al otro, por su bravura. Pero no sabemos por qué admiramos la bravura o la valentía en sí. Yo pienso que percibimos algo poderoso en la actitud de quien no huye cuando se encuentra delante de la incierta certeza. Supongo que porque demuestra ser perfectamente consciente de que no hay cobarde tan rápido como para dejarla detrás.

Apaolaza también recordó las palabras que le respondió Limónov después de presenciar su primera corrida. «Esto está por encima del gusto», le dijo. «Esto tiene que ver con el orgullo de ser mortales». Al oírle pensé en que lo que más se teme suele ser lo que no se conoce y en que sólo es valiente quien ha sentido pavor. Pensé en que hay muchas formas de afrontar lo inevitable. Y decidí que algo tiene que significar el hecho de que nos impresionen tanto quienes prefieren celebrar la encrucijada antes que ignorarla. Quizá, pienso ahora, lo verdaderamente apabullante es su llamativa lucidez.

Publicado en Libertad Digital

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