Carlos Fuentes, torero.

Por José Cueli.

Carlos Fuentes fue recordado a 10 años de su fallecimiento en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Nuestro medio dedicó una nota a su erudición. Llaman la atención sus reflexiones sobre Nietzsche.

En ocasión de que las corridas de toros han sido suspendidas en la Plaza México, gracias a la orden de un juez en cuya burocracia dormirá la sentencia sobre el toreo.

Entre las muchas aficiones y erudiciones de Carlos Fuentes estaba la de las corridas de toros. Grande fue la sorpresa al leer la estupenda publicación que realizaron de manera conjunta la Universidad Nacional Autónoma de México y la Real Maestranza de Caballería de Sevilla con motivo del vigésimo segundo pregón taurino de esa ciudad, a cargo de nuestro escritor homenajeado, prologado de manera espléndida y certera por Juan Ramón de la Fuente, ambos conocedores taurinos que nos llevaron a una lectura sabia y amena, la cual no podemos detener hasta llegar al final y lamentarnos de que termine, pues queda uno preso del buen decir y de la pasión de este par de “buenos cabales”.

Las atinadas citas del prólogo: Ortega y Gasset, Unamuno, García Lorca y Pepe-Hillo, enlazadas a las bien delineadas frases de Juan Ramón de la Fuente, abren el texto como un deslumbrante paseíllo ejecutado por primeros espadas que me hacen evocar las inolvidables tardes pasadas en los diferentes cosos de México y España, durante mi vida de aficionado al arte de la tauromaquia, así como La tauromaquia o arte de torear, bella edición acompañada por 26 aguatintas del inigualable Pablo Picasso, gran taurófilo andaluz de nacimiento y artista fuera de serie que marcó un hito en la pintura universal.

El pregón bellamente escrito por la magistral pluma de Carlos Fuentes fue reconocido por Pedro Romero de Solís, quien fundó un doctorado en tauromaquia en la Universidad de Sevilla, y director de la admirable revista de estudios taurinos, calificada por De la Fuente como uno de los mejores pregones que había escuchado y que por derecho propio se inscribía en la más alta literatura sobre el tema. En dicho pregón, nuestro escritor muestra cómo y por qué los mexicanos fuimos y seguimos siendo tan receptivos a la fiesta brava. Esto desembocó en un enriquecimiento de la fiesta y en una compenetración de espíritus entre México y España por medio de tan singular arte.

En palabras del propio Fuentes, “viendo torear a Manolete en México, aquel lejano domingo de hace más de medio siglo, me di cuenta de la más profunda relación del alma hispánica y del alma mexicana. Mexicanos y españoles tenemos el privilegio, pero también la carga de entender que la muerte es la vida. O sea: todo es vida incluyendo a la muerte, que es parte esencial de la vida”.

A lo largo del texto, Carlos Fuentes realiza una deliciosa semblanza de la historia del toreo y destaca a matadores mexicanos como Rodolfo Gaona, Armillita y Carlos Arruza, así como a figuras clásicas, entre ellas Pepe-Hillo, Manolete, Belmonte y Joselito.

Para Carlos Fuentes, la fiesta brava fue rito y ofrenda como términos inseparables. “La fiesta brava es un acto hermanado de saber y de fe. La sociedad separa el conocimiento y la creencia; el rito taurino lo reúne en la fiesta, porque se cree y porque se sabe”.

Publicado en La Jornada