Tres orejas que no redimen una Goyesca menor.

El mal juego de una terciada y descastada corrida de Daniel Ruiz sentencia la LXVI edición del tradicional festejo rondeño, apuntalada a duras penas por la mejor versión de Manzanares.

Por Álvaro R. del Moral.

La sombra atávica de Antonio Ordóñez planea sobre el inigualable festejo rondeño. Pero las raíces son más hondas y entroncan con las propias fuentes del toreo. Una familia de carpinteros de ribera, los Romero, acabaría legislando las bases del oficio. Y uno de ellos, Pedro Romero, se eregiría en el blasón más noble de la saga llegando, en su vejez, a convertirse en breve director de aquella Escuela de Tauromaquia que alentó el rey Fernando VII. Ese espada legendario -que no derramó ni una gota de su sangre en las astas de un toro- da hoy nombre a esta feria que no se entiende sin su Maestranza de piedra ni su Goyesca, evento mimado por el recordado maestro de Ronda que hoy conserva, promueve y mantiene su nieto Francisco.

Pero si hay un torero goyesco por antonomasia en el momento actual es Morante. Por concepto, ética y hasta esa estética que le lleva cada año a bucear en la arqueología de la indumentaria taurina para alumbrar los deslumbrantes ternos que luce en su cita rondeña, los únicos que hacen honor a la época. El día anterior no había podido comparecer en Palencia pero nadie tenía dudas: el compromiso en las cumbres del Tajo del Guadalevín era ineludible por más que tuviera que salir infiltrado a estas arenas bicentenarias.

Desgraciadamente iba a tener la suerte de espaldas. El primero, emplazado y desentendido, se defendió en el capote del torero cigarrero. No iba sobrado de fuerzas y el primer tercio se resolvió en dos puyazos de circunstancias con el bicho saliendo a su aire. Sin darse coba, Morante lo sacó con muletazos cambiados de pitón a pitón pero al ponérsela de verdad pudo comprobar que era un mulo sin raza, clase ni entrega que echaba el freno antes del embroque. La faena, ay, se quedó en una hermosa declaración de intenciones y le costó echarlo abajo. Tocaba esperar…

A la muerte del tercero había pocos recuerdos en el magín. La tarde se estaba resolviendo entre grisallas y la pobre presentación del torete que debía haber hecho cuarto -avacado y escurrido- puso a la gente en guardia. Una evidente cojera aventó el pañuelo verde. Morante, para no perder tiempo, -no había bueyes- tiró de espada y muleta pero el bicho no se tenía en pie y fue apuntillado antes de que pudiera cuadrarlo. Aquí paz y después gloria. Pero el cuarto bis iba a ser otro animal insulso, descastado y a la defensiva al que pretendió torear mejor de lo que merecía. La única opción era matarlo.

Manzanares se iba a estirar parando al segundo, que se tragó una única vara sin demasiados oropeles. El animal, de carita lavada, no terminaba de entregarse en la muleta del alicantino que puso compostura y entrega -la que le faltaba al toro- antes de ser prendido sin consecuencias evidentes. Enterado de lo que había tras el trapo volvió a avisarle pero Josemari se empeñó en trastearlo más allá de la informalidad, la falta de fijeza y las miraditas del funo. El espadazo, contrario, fue eficaz. Iba a caer la primera oreja.

Era la única que se había cortado cuando saltó el quinto y la tarde ya caminaba hacia el despeñadero. Dos muletazos de los mejores tiempos del Manzana interrumpieron la siesta. El toreo comenzó a brotar por el derecho mientras la banda de Los Barrios atacaba ‘La Concha Flamenca’. La cosa no iba a ser igual por el otro lado pero el alicantino iba a enhebrarse a la medida nobleza del toro para, cada vez más cruzado y comprometido, terminar de exprimir el odre crujiendo la cintura y ligando los pases. El espadazo fue un obús y la oreja cantada. Iba a abrir la puerta grande.

Llegaba el turno de Roca Rey, talismán de las taquillas y capitán indiscutible del escalafón de matadores. Para él fue un tercero sin ton ni son en los primeros lances, bravucón en el peto y flojo a la salida del caballo que pareció mejor de lo que era en el capote de Chacón. Roca brindó a la parroquia pero el de Daniel Ruiz se echó a las primeras de cambio. Cruzado y con la derecha llegó un nuevo derrumbe; y otro más… El toro estaba irremediablemente inválido. Sólo cabía cambiar la espada.

Sólo quedaba el sexto, otro torete con más cuerpo que cara que anduvo muy suelto en el primer tercio. Firme de plantas se puso a torearlo: a pies juntos y por alto primero; sobre la derecha después. En la embestida había más disparo que constancia pero Roca apretó todas las tuercas en una labor tesonera en la que no faltó algún susto. El final, metido entre los pitones, fue marca de la casa. La espada, eso sí, se fue al sótano pero no le impidió cortar una oreja por los servicios prestados.

Ficha de la LXVI Corrida Goyesca

Ganado: se lidiaron seis toros de Daniel Ruiz, terciados en líneas generales. El primero no tuvo raza, ni fuerza; informal y orientado el segundo; completamente inválido el tercero; el cuarto fue un sobrero del mismo hierro que resultó descastado y deslucido; el quinto tuvo un potable pitón derecho y el sexto no pasó de bruto.

Matadores: Morante de la Puebla, de turquesa y galón negro, ovación y silencio

José María Manzanares, de marino y ribetes rojos, oreja y oreja

Roca Rey, de azul mahón y pasamanería negra, silencio y oreja.

Incidencias: el cartel de ‘no hay billetes’ se había colgado doce días antes. Tras el paseíllo se guardó un minuto de silencio en memoria del ganadero Daniel Ruiz. La tarde resultó fresca y ventosa.

Publicado en El Correo de Andalucía

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