Opinión: El señor que abre la puerta

Hoy es uno de esos días para el recuerdo en Sevilla porque se retira el torero que más veces ha salido por la Puerta del Príncipe. El que tenga una entrada puede considerarse millonario.

Por Alberto García Reyes.

Hoy es uno de esos días a los que dedica sus piropos uno de los mejores aficionados taurinos que conozco, Pepe Moreno, ese gitano de Triana con sangre de los Vega que se refugia detrás de una estampa del Señor de la Salud. Pepe suele decir que cada vez que va a una corrida le gana dinero. La explicación es sencilla. Él sale su casa bien vestido, pañuelo en el pecho, oliendo a jazmines, los zapatos como espejos, y echa a andar por la calle San Jacinto. Cuando va por el ficus le saluda uno desde la otra acera que va para el mismo sitio. ¡Con Dios! ¡Con Dios! Después se toma el cortado en el Altozano y en la barra comenta el cartel con el primero que se encuentra, se persigna en la capillita del Carmen camino de Sevilla y cruza el puente. En la esquina del Pópulo se cruza con la marabunta: el padre que lleva al hijo, el hijo que lleva al padre, el que podía haber llegado a algo si no hubiera sido por la jindama que tenía, el que ronea de que es «mataor» y ha toreado una más que yo, un extranjero buscando entrada, un clarinete de Tejera… Luego, en su tendido de sol, admira el pregón de la plaza, esa retahíla que tanto me gusta recitar sin coger aire: a dos euros la almohadilla, a tres el cartucho de almendras, de balde el paisaje. El humo gordo en la sombra, la gorra delgada en el sol, los del otro lado del charco, los de la otra orilla del río, los que saben, los que no, el del taco, el tieso, los alguacilillos, los del palco de convite, los monosabios, los apoderados, el empresario, los mulilleros, los areneros, el veterinario, el mozo de espadas, el del portalón de arrastre, el médico rezando, el ganadero también, el torilero impaciente, el clarinero sin aire, el veedor, el capitalista, el cabestrero, la del mantón de manila de Bernardo de los Reyes, la de los flecos de la tienda de souvenirs, el de válvula, el de reventa, el de la bota de vino, el de los botos de Valverde, el de la gallina, la de la mantilla, la Giralda, el reloj, los vencejos, los del aula taurina, los toreros retirados, los banderilleros viejos, los maestrantes, los niños, los que se saltan del tendido alto a la barrera de sol, los 118 arcos, la madre escondida, el padre en el callejón, los del café del Taquilla, los del mejillón en el Ventura, los que se acodan en los mostradores como si estuvieran en barrera, los que vienen ya sin puntilla, los que no llevan corbata, los que llevan abanico, los gordos, los patilargos que le ponen banderillas en la espalda al de abajo, los que mandan a callar, los que no se callan, los que vienen a ver, los que vienen a ser vistos, los que se saludan, los que no se hablan, los que dan ojana, los que dan abrazos, los partidarios, los críticos, los que entran a matar, los que dicen olé, los que saben decir ole y los que sólo hablan con Dios y consigo.

Lo que dice Pepe Moreno es que antes de que se abra la puerta de cuadrillas ya ha amortizado la entrada, así que sentado en su sitio un cuarto de hora antes del paseíllo le está ganando dinero al asunto. Ni el torero que muerde el capote en el burladero mientras suena la música del cerrojo, ni el ganadero que se santigua viendo el nombre de su obra en la tablilla son tan ricos en ese momento. Por eso los toros en Sevilla son otra cosa. Porque la gente viene a ganarle dinero a la corrida. A murmurar su riqueza cuando el ciclón sale de los chiqueros: Está pasado de peso, es manso, es galgueño y bajo de agujas, es bizco, tiene pinta de abanto, cariavacado, cenceño, lomitendido, regordío, terciado, ensabanado, avinagrado, salinero, jociblanco, escobillado, veleto… Este no va a embestir por el pitón izquierdo, se va a caer en el caballo, me gusta su ‘miraíta’. Habladurías.

Publicado en ABC – Sevilla

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