El extremeño corta por naturales la única oreja con el mejor toro de una corrida de Núñez del Cuvillo falta de fondo.
Por Zabala de la Serna.
Reaparecía Miguel Ángel Perera en un tiempo récord, cumpliendo con la máxima de que los toreros están hechos de otro material, otra pasta, dicen. Sin embargo, es la misma que la del resto de los hombres y el dolor, por tanto, idéntico. Por eso el mérito de sobreponerse a las crueles cornadas, a las violentas volteretas, a los secas fracturas cobra mayor meritorio: la capacidad de superación, esa fuerza misteriosa que funciona como paliativo, reside en la cabeza, en un control mental blindado para volver una y otra vez a cara del toro. Al toro de Bilbao en este caso.
Dos horas antes de la corrida, infiltraban a Perera en el costado para que pudiera estar en el patio de cuadrillas, tan sólo cinco días después de sufrir en San Sebastián una doble fractura costal -novena y undécima costillas- y sendos hematomas tanto en el hígado como en el riñón. El ultramoderno tratamiento médico a contrarreloj cumplió las expectativas, pero no resta un ápice a la valía humana. A las 18.00 horas MAP, autor de la faena más importante de las últimas Corridas Generales, daba el paso adelante sobre el ceniciento ruedo de Vista Alegre.
Vientiocho minutos más tarde, Sebastián Castella resultaba herido (leve) del modo más insospechado. Cuando se disponía a descabellar, el toro pegó el arreón del estertor de la muerte y lo prendió con certero derrote. Lo colgó arriba con la fuerza del cuello y lo soltó a plomo. La cornadita asomó bajo el glúteo derecho con un hilo de sangre. Acto seguido se murió el animal. Castella pasó a la enfermería mientras recogía la ovación por el callejón e Isabel Lipperhide le devolvía la montera del brindis. No estuvo a la altura el cuvillo de la ofrenda, volviéndose antes de tiempo en la muleta, sin salirse de ella, siempre sobre las manos. Venía humillado pero no se iba. Y cuando tocaba las telas se descomponía. Un estocada trasera lo pasaportó, no sin que antes soltase el último calambranzo en las carnes del galo.
No escondía tampoco nada bueno, y escondía también mucho, el toro de Perera. Más basto, sin esa cosa agalgada de toro movido del anterior, pero igual de mentiroso. Lo que sucedió a continuación es que no pareció tan malo en las manos del extremeño, claro, que son manos que pueden y tapan más de lo que enseñan. Y eso suele ser contraproducente. Pero el público valoró a la postre su dominio. El cuvillo, que tanto se había defendido en el caballo, pasó falseando su entrega. No le había sobrado tampoco la fijeza. Suspendió el examen, en fin.
A las 19.15 se constató, una vez más, la baraka de Emilio de Justo. Independientemente de que luego esté mejor o peor, guste más o menos, esto es un hecho. Lo cierto es que su regularidad en la potra va pareja a su puntualidad en el triunfo. Ya que arrancábamos la crónica hablando de la capacidad de superación de los toreros hay que subrayar la de EdJ. Y puede que su ejercicio de resurrección sea recompensado por una justicia divina. El caso es que saltó un cuvillo de hechuras diferentes, bajo y recortado, bien armado, definido desde la gavilla de verónicas del saludo. Casi hasta la boca de riego. Postinero se llamaba. Traía el poder contado, pero se vino arriba. Medido el castigo en el caballo.
De Justo lo trató con tacto en una primera mitad por la mano derecha -enorme las trincheras de apertura y los pases de pecho a la hombrera contraria- y lo explotó por la izquierda. Qué era el pitón superlativo del cuvillo. De Justo lo toreó al natural en ese estilo suyo de jugar los vuelos sin la compañía de la cintura. Tuvo ritmo y ligazón, y hondura cuando genuflexo enseñó toda la profundidad de Postinero. Faena acorde a su nombre. Una estocada desprendida volcándose y una oreja.
Ya había salido para entonces Sebastián Castella de la enfermería, vendada la taleguilla. En frente, el único toro cinqueño, el de más cuajo de la dispar corrida de Núñez del Cuvillo, distinta de remates y hechuras, igualada por el armamento y la falta de fondo. Apuntó más el amelocotonado ejemplar de lo que luego se dio, siempre mejor por la derecha. Castella anduvo firme y resuelto en lo que duró el cuvillo, desabrido a izquierdas. A últimas le puso los pitones en el pecho con la espada.
Pareció acusar Miguel Ángel Perera su mermada condición física con un quinto de notable armonía en su trapío y buena condición, muy noble pero afligiéndose en los finales de los muletazos. Fue una templada faena, abierta de rodillas y que no acabó de tomar vuelo.
Suelto de carnes y malandado de los cuartos traseros, el burraquito último se movía sin controlar los movimientos. Imagen potenciada por su piel y la soltura de carnes, ya digo. Nada compacto el toro. Que no tuvo maldad. Ni celo. Ni prácticamente nada. No molestó pero tampoco se prestó. Emilio de Justo cumplió el expediente y se fue tan contento como el triunfador de la tarde.
PlAZA DE VISTALEGRE. Miércoles, 21 de agosto de 2024. Cuarta de feria. Un cuarto de entrada. Toros de Núñez del Cuvillo, un cinqueño (4º); de distintos remates y hechuras; faltó fondo bravo; destacó el 3º y en menor medida el 5º.
SEBASTIÁN CASTELLA, DE AZUL MARINO Y ORO. Estocada trasera (ovación y saludos desde el callejón). En el cuarto, estocada pasada que escupe (saludos).
MIGUEL ÁNGEL PERERA, DE VERDE ESMERALDA Y ORO. Estocada desprendida (saludos). En el quinto, dos pinchazos y estocada. Aviso (saludos).
EMILIO DE JUSTO, DE NEGRO Y ORO. Estocada desprendida (oreja). En el sexto, estocada (ovación de despedida).
Publicado en El Mundo



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