Tlaxcala, el trapío y la categoría perdida

Por Juan Carlos ValadezDe SOL y SOMBRA.

Lo acontecido el pasado fin de semana en Tlaxcala nuevamente nos hace pensar en lo mal que está la tauromaquia en México, aun en horas críticas para el espectáculo, algunos taurinos siguen abusando de ella y del público que asiste de buena fe a las plazas. Se les olvida que el trapío no es un capricho estético ni un lujo reservado a ciertas plazas. Es, sencillamente, el punto de partida de la seriedad en la Tauromaquia. Esa palabra, que tanto les molesta a algunos y que encierra la esencia misma del toro bravo: su presencia, su morfología, su integridad y su respeto.

Sin trapío no hay emoción, no hay verdad, y mucho menos gloria. Por esta razón los triunfos de El Zapata y Emilio de Justo fueron desechables, por haberse producido ante astados anovillados y manipulados. Aquí es donde reside el gran mal de la Fiesta Brava, en la pérdida de la integridad del Toro y de la seriedad que su lidia desarrolla. La Fiesta no está muriendo, no; a la Fiesta en realidad la están matando los que supuestamente la defienden. Esos mismos que dicen que los animalistas la están matando desde fuera, pero se olvidan de que el verdadero mal lo generan ellos. Mejor dicho, el verdadero mal son ellos.

Por eso, lo sucedido el pasado fin de semana en Tlaxcala duele. Duele profundamente. Porque en una plaza con historia y con una feria que año tras año levanta tantas expectativas, no se vale que se lidien animales impresentables, desprovistos de presencia y de bravura, en una sucesión de festejos que parecieron más festivales que corridas de toros formales. Lo que allí se vio no fue un error humano, sino una falta de vergüenza. Y eso, en una tierra que presume de tanta tradición ganadera, es sencillamente inaceptable.

No debemos de olvidar que el aficionado paga su entrada para ver un toro íntegro, digno, capaz de poner a prueba la verdad de quien se viste de luces y no para asistir a una farsa ganadera, donde los supuestos toros son meras sombras de lo que deberían ser. Porque si el toro no impone respeto, si no hay trapío, no hay nada. La categoría de una plaza no se mide solamente por su historia, ni por la cantidad de carteles anunciados, sino por el tipo el trapío del toro que sale al ruedo. Y en Tlaxcala, ese listón —ya de por sí bajo en los últimos años— cayó este fin de semana al nivel más ínfimo.

Me queda claro que los organizadores, en su afán de abaratar costos y facilitar el lucimiento de nombres, han degradado la esencia misma de la plaza. Han confundido el arte con la simulación, y la tauromaquia con un espectáculo barato o desechable. No se trata de pedir toros desmesurados ni de comparar a Tlaxcala con la Plaza México. Se trata de exigir respeto. Respeto a la afición, respeto al toro y respeto a la Tauromaquia. Lo ocurrido debería encender las alarmas de todos: ganaderos, empresarios y autoridades porque la afición ya se cansó de tantos abusos, golferías y ratonerías de malos «profesionales».

Quizá sea tiempo de recordar aquella frase de Bergamín: “Torear es desengañar al toro, no engañarlo.” Lamentablemente en Tlaxcala, este fin de semana se engañó al público que pagó un boleto con buena fe. Y eso, sencillamente, no tiene perdón.


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