Después de la encerrona de Joselito Adame algo nos debe de quedar muy claro a todos los aficionados y al mismo torero: No te puedes encerrar en La Plaza México si no estas considerado una figura del toreo, porque el título no se compra, te lo da la afición y cuando no lo tienes se refleja principalmente en la entrada.
No hay que olvidar que el primer éxito o fracaso de una encerrona se obtiene con el poder de convocatoria del torero.
Por Luis Cuesta para De SOL y SOMBRA.
En la encerrona de José Adame no ocurrió nada. Nada de nada, dijo un aficionado de esos que ya no sobran en la plaza y aún se quedó corto.
Lo que se dice absolutamente nada: eso ocurrió. Lo cual no es negativo ni anormal del todo para la gente común y corriente, como un servidor, pero la que es de estudio, filosofía y de arte como algunas figuras del toreo, a la nada le saca partido.
Pero José Adame demostró que en el fondo es como usted y como yo finalmente, quizás por eso no pudo sacarle nada a dos torazos de triunfo como lo fueron el corrido en segundo lugar de Teófilo Gómez y el corrido en quinto de Montecristo.
Sin embargo hay que agradecerle el gesto a José de encerrarse en un festejo televisado en un día hábil y con ese horario tan malo, lo que ya es un mérito en los difíciles tiempos que corren.
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Otro cantar fue lo que ocurrió en el ruedo, Adame no estuvo a la altura de su encerrona, por el contrario, se le vio sobrepasado por la responsabilidad, sin ideas claras, monótono y, a veces, insulso.
Si nos pareció un poco ridícula la imagen del torero poniéndose solemne con su primero, un toro manso de San Isidro al que le hizo una faena excesivamente larga. Con su segundo un torito de Teófilo Gómez ideal para deletrear el toreo, se le vio por debajo de sus condiciones. Solo unas tandas por naturales al final de la faena lo mantuvieron a flote, pero José al ver que se le escapaba la faena, inteligentemente dejo lo solemne que en realidad no es lo suyo y se puso a trapacear al noble teofilito y una vez perdidas las buenas maneras y el pundonor, le pego una estocada baja para quitárselo de en medio y cortarle dos orejas que ni el mismo torero se lo creía por lo bondadoso del regalo.
Hay que señalar que la petición de la segunda oreja había sido escasa, claramente minoritaria, mas el juez Braun quiso practicar la elegancia social del regalo (no se sabe con qué derecho, quizás porque el torero festejaba el día de su santo) y su desahogado proceder mereció algunas protestas del público “no acarreado”.
Arrastre lento para el toro de Teófilo y algunas protestas para el torero al recibir el doble premio.
Y, sin embargo, no volvieron a caer las orejas en los dos siguientes turnos.
Con el tercero (bis) de Montecristo que sustituyo a un novillito de La Cieneguilla y el cuarto de Villa Carmela dio una clamorosa manifestación de incompetencia, falto de recursos con el tercero e incapaz de domeñar el mal estilo del cuarto.
El quinto del hierro de Montecristo salió al ruedo y el aficionado entendido se admiró ante el remate perfecto del llamado ‘Perlito’.
Hondo, enmorrillado, era el toro más bonito de la camada con toda seguridad. No se pudo apreciar su bravura en el caballo; pero todo lo que hizo en la muleta se inscribe en un recital del toro soñado para un torero en una tarde tan especial.
Cuando un torero se enfrenta a semejante animal, hay un compromiso mayor. Pero Adame muy disminuido físicamente y quizás mentalmente para esas alturas del festejo, no estuvo a la altura.
Intentó encender los ánimos con un quite churrigurresco por zapopinas con algunos apuros. Después quiso poner banderillas, pero se le vio torpe con los palos. Con la muleta no acabó de acoplarse ante una máquina programada para embestir y surgieron los gritos de ¡Toro! en el tendido.
Perdida la batalla recurrió a los efectos especiales, con unas abominables luquesinas y posteriormente unas bernadinas. Señaló otra estocada caída -a un tiempo- pero de efectos letales, que fue suficiente para que sus partidarios pidieran la oreja con fuerza. La ovación para el toro en el arrastre fue de estruendo.

Y como epílogo de su encerrona salio un toro muy hondo y veleto retacado de kilos, de Barralva. Pero con este José se hizo Joselito –por lo chiquito- y no lo quiso ni ver.
El toro era noble, aunque algo deslucido, pero José ya convertido en Joselito nunca lo atacó ni intento bajarle la mano durante todo el tiempo que estuvo en la cara del burel. Mal con la espada escuchó un aviso y pitos de parte de una concurrencia libre de espíritu y de complejos.
De noche y con el peso del aburrimiento acabó la función. Que en realidad eso tuvo de bueno: que se acabo.
Al final sus partidarios y acarreados se lo llevaron en hombros. Por cierto una de las salidas más grises y tristes que hemos visto en muchos años en esta plaza.
Y José, reconvertido en Joselito iba feliz como cuando tan solo era un niño becerrista…
Un verdadero milagro guadalupano.
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Es lo que digo yo.
Twitter @LuisCuesta_


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