Si quieres ser torero, come, y no olvides que es más difícil que ser Papa

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Por Antonio Lorca.

Se dice, y parece que con mucha razón, que ser figura del toreo es más difícil que ser Papa de Roma. A fin de cuentas, al máximo representante de la Iglesia lo elige el Colegio Cardenalicio, donde todos son conocidos y amigos y, una vez ungido, todo lo que diga va a misa sin más discusión posible, al menos, en el seno de la organización eclesial.

Caso muy diferente es el de los toreros que sueñan con la gloria. El camino exige, también, años de estudio (el conocimiento del toro puede llegar a ser más intrincado que el misterio divino), meditación (el aspirante a torero debe aislarse del mundo y vivir por y para un sueño), sacrificio (los chavales pierden su adolescencia y juventud y, a veces, hasta la infancia, sin más compañía que la del toro), y suerte (seguro que hay por ahí algún alma de torero conduciendo un autobús porque una cogida a destiempo, una enfermedad o su mala estrella le impidieron intimar con el traje de luces). Y algo más: juventud, un valor heroico, una cabeza privilegiada y la capacidad para emocionar y conmover a los públicos.

Lo dicho: es más difícil ser figura del toreo que Papa de Roma…

Se nace torero, lo que es muy distinto de sentirse torero. Seguro que por las calles de cualquier localidad taurina de este país (Sevilla, por ejemplo) hay personajes que hacen el paseíllo todas las mañanas, viven en torero, siguen con la cabeza llena de sueños, torean en la plaza de su imaginación y salen a hombros por la Puerta del Príncipe cada vez que desde el tendido de la Maestranza ven embestir a un toro, se les pone la carne de gallina, cierran los ojos y vuelan hasta el albero.

El camino de la gloria exige juventud, estudio, meditación, sacrificio, suerte, valor, inteligencia…

Muchos lo han intentado, y la mayoría se ha quedado en el camino; algunos han sabido rectificar a tiempo y visten con dignidad y hombría el traje de plata, y otros han salido adelante lejos del toro. Pero todos se sentirán toreros hasta la muerte, porque ese es un veneno incurable.

Se nace torero; y quien se asoma al mundo con esa gracia, deslumbra; se siente, se le nota a lo lejos, y, más bien pronto que tarde, destapa el tarro de su misterio.

¿Cómo, si no, se explica el caso de Curro Romero, que guardó cerdos y trabajó como recadero en una farmacia siendo un chaval, y sorprendió al mundo el primer día que se vistió de torero, a los 21 años?

Javier Vázquez, a las puertas de la plaza de Las Ventas.
Javier Vázquez, a las puertas de la plaza de Las Ventas. Kike Cuesta. Efe

Toda esta perorata se justifica por la fugaz huelga de hambre que ha protagonizado a las puertas de la plaza de Las Ventas un chaval —bueno, un hombre hecho y derecho de 34 años— para que la empresa le ofrezca una oportunidad. Javier Vázquez debutó con picadores en 2003 —hace 14 años—, hizo el paseíllo en Sevilla en 2009, y asegura que ha lidiado 30 novilladas.

Su mensaje, escrito en una sábana que le ‘robó’ a su madre, decía: “Soy y me siento torero, pero sin una oportunidad no puedo conseguirlo ni demostrarlo”.

Hombre, ha tenido 30, y, como poco, dos de ellas en plazas de primera categoría. Pocos aspirantes a la torería pueden ofrecer un currículo tan abultado. Si con su historial y en tantos años, Javier no ha conseguido destacar, hace tiempo, mucho tiempo, que debió optar por otros derroteros en su vida.

Se nace torero, lo que es muy distinto de sentirse y vivir en torero

Ha habido grandes figuras que pasaron hambre antes de alcanzar su objetivo, pero no se conoce caso alguno de que una huelga de apetito haya abierto a nadie las puertas de la gloria; y menos con 34 años.

El Sirio, un magnífico torero de plata, natural de Alepo, enrolado actualmente en la cuadrilla del matador de toros Román, se presentó en la escuela taurina de Valencia con 23 años, y el director rechazó su solicitud con un argumento inapelable: “Con tu edad, chaval, ya hay quien es figura del toreo”.

Las huelgas de hambre no sirven más que para llamar la atención, pero no para atraer el interés de los aficionados o de las empresas.

Quienes han optado alguna vez por esa descabellada iniciativa se han negado a aceptar que la vida no les ha llamado por el destino de la gloria delante de los pitones de un toro.

La profesión de torero está plagada de soledad y desesperación, por su inherente dificultad, por un drama inesperado, un olvido injusto, una mala tarde en plaza de responsabilidad… Pero siempre prevalecerá la innata condición, la capacidad de sufrimiento y la disposición para el máximo esfuerzo. En otras palabras, que la torería es cuestión de genialidad.

Iniciar una huelga de hambre con 34 años para torear en Las Ventas es ir contra la corriente de la vida.

La mejor oportunidad de Javier es que puede vivir en torero hasta el final de sus días; como tantos otros que soñaron, lo intentaron y el toro los devolvió al callejón.

Y debe estar satisfecho porque sentirse torero es una gracia, un sueño, una realidad ficticia preñada de tardes de gloria. Esa es su suerte. Todo lo demás, una broma… Ah! Y que no deje de comer, que con el estómago vacío no se puede torear… ni en sueños.

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