Archivo de la categoría: Antonio Lorca

“La fiesta de los toros está pendiente de una revolución; necesita reinventarse”

Un operario pinta las rayas del tercio en la plaza de la Maestranza. PACO PUENTES.
Un operario pinta las rayas del tercio en la plaza de la Maestranza. PACO PUENTES.

Fernández Casado, presidente del Club Cocherito, un aficionado apasionado e incorrecto

Por Antonio Lorca.

El presidente del Club Taurino Cocherito de Bilbao, Antonio Fernández Casado (Valladolid, 1948), es un aficionado a los toros que se confiesa apasionado, radical y políticamente incorrecto.

Asegura que solo le interesa el toro y no los toreros, que prefiere ver a tres novilleros que empiezan antes que a Enrique Ponce, que no le han gustado ni Curro ni Paula, ni ahora bebe los vientos por Morante de la Puebla… Pero eso no es todo: afirma sin tapujos que la fiesta está pendiente de su propia revolución.

“El espectáculo taurino no se puede organizar como en el siglo XIX”

“Hay que cambiarla toda entera; hay que reinventarla y modernizarla para evitar su desaparición; hay que darle la vuelta a sus estructuras. El futuro es negro porque están saliendo enemigos prácticos por todos lados, y debemos atender a los que no están ni a favor ni en contra de la fiesta. La sociedad ha cambiado y el espectáculo taurino no se puede organizar como en el siglo XIX”.

Fernández Casado es empresario de hostelería, lector, escritor y editor de libros taurinos, y máximo dirigente de unos de los clubes con más tradición y solera, Cocherito de Bilbao, que cuenta con 1.350 socios, que pagan entre 75 y 80 euros anuales, y participan mayoritariamente en algunas de las más de ochenta actividades que organiza cada temporada.

“Me preocupa sobremanera la relación entre los toros y la cultura”, añade, “y creo que debemos abrir el amplio abanico de la tauromaquia a las personas que no son estrictamente aficionadas; es verdad que ha surgido un colectivo activo de enemigos de la fiesta, pero hay una gran masa que no está ni a favor ni en contra, y a todos ellos debemos dirigirnos con la clara intención de captarlos para nuestra causa”.

Con tal motivo, el club Cocherito organiza sesiones de cine y literatura (una vez al mes, invita a los socios a leer un libro y, posteriormente, visionan una película relacionada con el texto), un programa de Introducción a la Tauromaquia, y cursos de toreo de salón, para familiarizar a los interesados con las distintas suertes del toreo.

Pero, a su juicio, el problema de la fiesta taurina va más allá. Reconoce, en primer lugar, que, como aficionado es muy selectivo. “A mí solo me interesa el toro y casi ningún torero”, asevera. “Prefiero una novillada que ver a Ponce, a quien reconozco como un grandísimo torero y un tipo excelente como persona. He visto a todos los grandes toreros de nuestra época, y me quedo con Antonio Ordóñez. ¿Los ha habido mejores? Creo que no. No me han gustado ni Curro Romero ni Rafael de Paula, ni bebo los vientos por Morante

Disfruté con el toreo de capote del maestro de Ronda y no he vuelto a ver a otro igual”.
Insiste, no obstante, en la necesidad de que la fiesta se modernice y actúe según los parámetros del siglo XXI.


“Debemos captar a los espectadores que no están a favor ni en contra de la fiesta”

“¿Cómo es posible, se pregunta, que las plazas de Sevilla, Bilbao o Pamplona estén en manos de instituciones de otro tiempo? 

¿Qué pintan las Casas de Misericordia organizando corridas de toros?  ¿Acaso reinvierten el beneficio en la fiesta?

 Lo primero que tendría que cambiar es la propiedad de las plazas y que se les dé protagonismo a los aficionados y empresarios de verdad. Yo, por ejemplo, soy socio del Atlético de Bilbao y propietario de un trocito del estadio”.

– ¿Cuál es, a su juicio, la clave del problema?

– Los aficionados somos una minoría. La mayoría de los espectadores no es aficionada, y el principal objetivo es captar a ese público para la causa. Y para ello hay que cambiarlo todo.

– ¿?

– Sí. La fiesta de los toros necesita imaginación. ¿Por qué no toca la banda de música de Las Ventas durante las faenas? ¿Por qué no podemos mezclar la música sinfónica y los toros? Yo me escandalizo cada vez que veo a ese operario de la plaza de Madrid que empuja una carretilla para marcar las rayas de los tercios en la arena. ¡No puede ser…!

Asegura, por otra parte, Fernández Casado que la plaza de Bilbao pierde 5.000 espectadores cada año.

“Hemos pasado de 110.000 en 2007-2008 a unos 70.000 en 2016; es decir, de un 70/80 por ciento de ocupación a un 50. ¿Cuál es el motivo? En primer lugar, las empresas han dejado de comprar abonos; los antitaurinos han sabido transmitir un sentimiento de culpa respecto a la fiesta, y se ha producido un evidente cambio social: la sociedad rural vizcaína, que hace años venía a los toros en agosto, ahora es urbana, ha estudiado, es consumista y exige un espectáculo diferente. A pesar de ello, tenemos problemas con las personas que organizan las Corridas Generales porque no admiten la más mínima crítica”.

Antonio Fernández Casado fue novillero sin caballos allá por los primeros años setenta, “pero me di cuenta de que no daba más de sí y me dediqué a la hostelería porque no quería ser banderillero ni malvivir de los toros”. Estudió Turismo, ha sido director durante casi veinte años del hotel Ercilla de Bilbao y hace tiempo que dejó de ser asalariado y se convirtió en empresario del sector.

Se considera un buen lector taurino, lo que le llevó a la escritura y a poner en marcha la editorial ‘La Cátedra Taurina’, en la que ha publicado varios libros sobre la fiesta y otros sobre materia turística.

“A principios de los años ochenta, constaté que había nacionalistas que mezclaban los toros con el franquismo, y sostenían que era un espectáculo español que había que despreciar. Investigué y descubrí que había un buen puñado de toreros vascos; así nació ‘Toreros de hierro’, que fue durante semanas el libro más vendido en Bilbao”.

Años después, publicó una biografía del torero Cástor Jaureguibeitia Ibarra, conocido como ‘Cocherito de Bilbao’, a la que siguió una guía taurina de Guipúzcoa a raíz de que Herri Batasuna gobernara en el Ayuntamiento de San Sebastián y prohibiera los toros en la ciudad. En 2015 vio la luz ‘Garapullos por máuseres, La fiesta de los toros durante la Guerra Civil 1936-1939’, y, en la actualidad, trabaja en un texto sobre Manolete y la utilización que hizo el franquismo sobre su figura.

– ¿Qué significa ser presidente del Club Cocherito?

– Es lo más grande taurinamente que se puede ser en Bilbao. Vivo entre Madrid y Vizcaya, supone para mí un gran sacrificio personal y familiar, pero también un gran orgullo.

Publicado en El País

Anuncios

OPINIÓN: La Feria del Toro de Pamplona es un desprestigio para la tauromaquia

1500449422_712703_1500453426_noticia_normal_recorte1
Escribir una leyenda

El problema es la autoridad, que se toma a chanza las corridas con decisiones arbitrarias.

Por Antonio Lorca.

Llama poderosamente la atención que algunas voces autorizadas hayan denunciado el intento del gobierno navarro de modificar negativamente el reglamento taurino de esa comunidad y nadie se haya sentido ofendido ante el denigrante espectáculo taurino que ha sido la llamada Feria del Toro.

No hay nada que cambiar en el reglamento porque el ejecutivo autonómico y el ayuntamiento de Pamplona ya han decidido mofarse de la fiesta de los toros, humillarla y desprestigiarla a la vista de todos ante el silencio más absoluto de taurinos y aficionados.

Porque eso es lo que tiene la televisión, que divulga los valores de un acontecimiento, pero también sus miserias. Y la tele ha corroborado este año que la muy prestigiosa Feria del Toro es una verbena de pueblo en la que un concejal enfundado en un carnavalesco frac y un tímido y peripuesto asesor destrozan y echan por tierra el bien ganado prestigio de una plaza de primerísima categoría que ya no puede caer más bajo.

No es el toro el problema, el de más presencia, descarado de pitones y astifino del campo bravo; no es el público, -al sol solo le importan el jolgorio, la comida y la bebida, y la silenciosa sombra ni está ni se le espera-; ni los toreros, que hacen de tripas corazón para sortear las tarascadas de animales imponentes, muchos de ellos con aviesas intenciones.

Se concedieron 26 orejas, la mayoría inmerecidas, y la mejor faena se quedó sin premio. El problema es la autoridad, que se toma a chanza las corridas, y desprestigia la tauromaquia con decisiones arbitrarias que funden los plomos del aficionado más templado y generoso.

 

Y grave es que ello suceda entre la pasividad de los distintos sectores taurinos. Todos los que se rasgan las vestiduras, con razón, ante los ataques de los antitaurinos permanecen en silencio ante las barrabasadas protagonizadas por el presidente y el asesor del palco de Pamplona con el peregrino argumento de que su presencia, y, lo que es peor, sus cómicas decisiones forman parte de la tradición y, en este caso, además, con el beneplácito de un reglamento autonómico que permite arbitrariedades como las que se han visto en los pasados Sanfermines.

Se han celebrado ocho corridas, una novillada y un festejo de rejoneo, y se han paseado 26 orejas (18, los toreros de a pie; 6, los rejoneadores y 2 los novilleros). Un éxito sin precedentes si muchos trofeos no hubieran sido muy inmerecidos e incomprensibles regalos de la presidencia. Sin ánimo de molestar, más de veinte orejas nunca debieron refrendar las actuaciones bullangueras de toreros poco afortunados con los engaños, pero conscientes de que existen varias condiciones fundamentales para triunfar en esta plaza: brindar a la solanera, aguantar dos o tres tornillazos de rodillas, dar muchos pases (no es necesario torear), sufrir una voltereta y matar con rapidez, aunque sea de un infamante bajonazo. En tales casos, el señor del frac se siente enternecido y no duda en mostrar su pañuelo una o dos veces -no siempre lo tiene claro-, haya o no petición mayoritaria en los tendidos.

Así, el balance de orejas no refleja en modo alguno lo sucedido en el ruedo. No hubo salida a hombros -nada menos que cinco entre los toreros- que superara el aprobado; varios toros no recibieron la faena que su casta merecía, y muchos toreros pasearon orejas a sabiendas que no habían hecho méritos para ello.

Como suele ocurrir en tiempos de desatino, la mejor faena de la feria quedó sin premio, y esa fue la de Antonio Ferrera a un toro de Núñez del Cuvillo; torerísimo, inspirado, innovador, diferente… El torero más interesante, sin duda, del escalafón actual.

Perera toreó muy bien a un buen toro de Jandilla, pero era la hora de la merienda y no le hicieron ni caso (pero ni en el bullicioso y hambriento sol, ni en la silenciosa, y también comilona, sombra); una justa oreja paseó Pepe Moral después de dibujar los mejores naturales de la feria a un toro de Escolar; detalles toreros, también, de Talavante y Ginés Marín; entrega y valor de Roca Rey, Román, Caballero y Javier Jiménez, y heroico y dolorido Rafaelillo.

Buenas corridas, en líneas muy generales, de Jandilla, Victoriano del Río y Núñez del Cuvillo, algún toro aceptable de José Escolar y Fuente Ymbro, y párese de contar.

Y no hay que olvidar la dramática y conmovedora cogida que sufrió Pablo Saugar Pirri la tarde de los deslucidos toros de Puerto de San Lorenzo, de la que tardará tiempo en curar.

Ya lo dijo el genio alemán Leibnitz: “Sobre las cosas que no se conocen siempre se tiene mejor opinión”.

Pamplona era la muy prestigiosa Feria del Toro cuando solo la conocían los navarros y los afortunados foráneos que podían permitirse lo que era todo un lujo.

Si no hubiera televisión, Pamplona seguiría gozando del respeto y la fama que siempre tuvo en los años del blanco y negro. Pero llegó el color, -la tele de pago-, y todo se fastidió. ¿Y esta es la famosa Feria del Toro? Una milonga, una afrenta, un desprestigio y una deshonra para la tauromaquia.

Y los taurinos, callados…

Publicado en El Pais

FERIA DE SAN FERMÍN: Torerísimo Antonio Ferrera

Antonio Ferrera, en una trincherilla al primer toro de la tarde. JAVIER LIZON EFE.

El torero extremeño pinchó la mejor faena de la feria ante un toro de encastada nobleza de Núñez del Cuvillo.

Por ANTONIO LORCA.

Antonio Ferrera sacó al cuarto de la tarde del primer puyazo con un delantal suave, primero; otro, toreado con todo el cuerpo, y una media extraordinaria, con el capote arrebujao en la cintura. El público, ensimismado con la merienda, ni se enteró, pero fue lo más interesante de la tarde hasta el momento. Instantes después, con los palos en las manos, protagonizó un brillante tercio, especialmente en el tercero, al quiebro, al hilo de las tablas.

Y muleta en mano, Ferrera volvió a demostrar que es torero en grado sumo; se encontró con un toro encastado, noble y de gran movilidad, y entre ambos compusieron una sinfonía de altos vuelos, la mejor faena, sin duda alguna, de lo que va de feria. Comenzó Ferrera en el centro del anillo con dos tandas de preciosos y largos naturales, grandes fueron los redondos posteriores, y sin el estoque simulado, dibujó preciosos naturales con la mano derecha que supieron a gloria. 

Alargó la faena con unos últimos naturales preñados de gracia y empaque antes de cobrar un pinchazo hondo que emborronó la gran obra del artista. Falló en el primer golpe de descabello, momento en que el toro alargó el cuello, lo empaló por la pierna derecha, se lo echó a los lomos y se dio un costalazo que se escuchó en toda la plaza. No hubo trofeo, pero la faena fue de auténtica categoría.

El primer toro de la tarde se echó a descansar en la arena en los primeros compases de la faena de muleta, y, en esa cómoda postura, los pitones llegaban a la altura de las hombreras de Antonio Ferrera. Así de grandón era el animal, uno de los más espectaculares de esta feria. Pero ese padre de la ganadería, con casi seis años de edad, y con los achaques propios de la edad, encerraba poca historia brava. Tuvo la suerte de que le tocara un matador en estado de gracia, -fácil y frío, esta vez, con las banderillas- solvente, suficiente, maestro, que anduvo por allí con un deslumbrante conocimiento de los misterios de la lidia. La faena tuvo poco eco en los tendidos, pero fue una muestra de lo que debe hacer un torero en la plaza. 

El toro carecía de clase, acudía a regañadientes y a media altura, sin atisbo de calidad. Pero lo poco que aprendió se lo enseñó el torero, con suavidad y naturalidad, como debe ser. No le concedieron ningún trofeo, pero la suya fue una lección ejemplar.

El primer ejemplar de Talavante lucía una cornamenta de miedo por la largura y finura de los pitones. El torero sabrá si ese fue el motivo por el que la faena no alcanzó el arrebato que se esperaba de la casta que mostró el animal en la muleta. 

Ciertamente, todo comenzó con los mejores augurios, pues hermosos y largos fueron los tres naturales con los que inició su labor el torero; hubo, después, otra tanda con la mano derecha de trazo excelente, pero ni uno ni otro fueron a más. Ni el animal mejoró, ni la labor de Talavante fue concluyente y maciza. Mató de un bajonazo, y como eso importa poco en esta plaza, le concedieron una oreja porque el toro murió con rapidez, asunto que aquí es fundamental.

Toreó muy bien Talavante al quinto, un toro noble y con evidente movilidad, y destacó, especialmente, en una tanda de muletazos con la mano derecha, con el toro sometido, al final de la faena, que presagiaba puerta grande para el torero. Todo se emborronó con la espada, llegaron a sonar dos avisos y la puerta se cerró.

El tercero huyó sin vergüenza alguna del caballo de picar en las dos entradas, y se dolió amargamente en el tercio de banderillas. Que era un manso de libro, vamos, y no le hicieron sangre, lo que no fue nada bueno para su comportamiento posterior. Más a gusto se sintió el animal en la muleta, sobre todo por el lado derecho, y mezcló una dosis de nobleza con otra de genio molesto, motivo por el que la entrega de Ginés Marín no tuvo el efecto deseado. Más incómodo fue por el otro pitón, y, al final, lo extraño fue que el torero no paseara una oreja, pues lo mató de otro bajonazo y la muerte fue fulminante.

No pudo redondear Marín su exitosa feria ante el sexto, un toro con movilidad y poca clase, con el que mostró decisión y buenas maneras en una labor con pasajes muy aceptables, pero sin el arrebato necesario. 

En ese toro, Antonio Ferrera volvió a dejar unas gotas de exquisitez en un quite de tres chicuelinas y una media de auténtica categoría.

DEL CUVILLO / FERRERA, TALAVANTE, MARÍN

Toros de Núñez del Cuvillo, bien presentados, mansurrones, nobles y con movilidad; deslucido el tercero y de encastada nobleza el cuarto.

Antonio Ferrera: casi entera perpendicular y un descabello (silencio);—aviso— pinchazo hondo y dos descabellos (petición y vuelta).

Alejandro Talavante: estocada baja (oreja); pinchazo —aviso—, tres pinchazos, media y feo bajonazo, —segundo aviso— (silencio).

Ginés Marín: estocada baja (silencio);estocada baja (ovación).

Plaza de Pamplona. Séptima corrida de feria, 13 de julio. Lleno.

Publicado en El País 

#Sanfermines: El mal fario de un pitón partido 

El diestro Juan José Padilla en la faena a su segundo toro. Javier Lizón EFE

Por ​Antonio Lorca.

No hubo espectáculo porque los toros lo impidieron. Ni Padilla consiguió refrendar su condición de ídolo, ni El Fandi ni Escribano pudieron contentar a las peñas. El festejo transcurrió entre silencios a pesar de la algarabía reinante.

La verdad es que la corrida comenzó con mal fario. El primer toro, de seria y preciosa estampa, y unos astifinos e interminables pitones, se partió el izquierdo en su primer encontronazo con la dura madera de un burladero. Quedó el animal noqueado, y fue sustituido por otro del mismo hierro, pero no de igual belleza. 

Nunca se supo cuál pudo ser el juego del colorado ‘Soplón’, pero su hermano no dejó alto el pabellón de Fuente Ymbro. No fue, para empezar, un toro guapo, más cómodo de cara que el anterior -pitones más cortos, quiere decirse-, agrio y basto era su semblante, manso se declaró en el caballo, acudió alegre en el tercio de banderillas y se negó a embestir en la muleta de Juan José Padilla. No se entretuvo el torero en justificaciones innecesarias y montó la espada tras unas pocas probaturas de escasas exigencias. No acertó el matador, pues el estoque cayó atravesado, y la muerte del toro fue tan fea como su comportamiento. Honor para el ya fallecido ‘Soplón’, un guapo sin suerte, pues sus cinco años de vida y preparación quedaron hechos añicos contra un duro madero.

Tampoco tuvo suerte Padilla con el cuarto, otro manso sin clase ni casta, al que no banderilleó, y probó sin más ante su muy sosa embestida.

No mejoró el segundo en la muleta, que hizo pasar un mal rato a El Fandi, quien lo recibió con una larga cambiada de rodillas en el tercio y alguna verónica de buen estilo. Manseó el animal en el picador, y, aunque acudió con celo en el segundo tercio, no estuvieron finos los matadores banderilleros: ni Escribano ni el propio Fandi acertaron con sus pares. El toro mostró un rosario de defectos al final y su matador abrevió, que es lo correcto en estos casos, y también lo más agradecido.

Hizo un esfuerzo sobrehumano ante el quinto: lo recibió con cuatro largas cambiadas en el tercio, se salvó de una voltereta al quitar por zapopinas, banderilleó con facilidad y espectacularidad, y se hincó de rodillas muleta en mano; sucedió, sin embargo, que cuando él se levantó fue el toro el que dobló sus manos y, a partir de entonces, todo sucedió con escasa brillantez.

A la puerta de toriles se marchó Escribano para recibir a su primero. Allí se hincó de rodillas, se santiguó dos veces y esperó impávido que saliera un tren vestido de negro. Apareció por el oscuro túnel un toro de impresionante seriedad, vio un bulto a lo lejos, no lo tuvo claro y dio un peligroso quiebro antes de que el torero tuviera tiempo de engañarlo con el capote. Momentos después, en un galleo por gaoneras para llevar el toro al caballo, Escribano se enredó los pies con la tela y cayó en la misma cara de los pitones de su oponente. No pasó nada porque el animal fijó su mirada en los vistosos colores del capote y olvidó por un momento a su lidiador, que volvió a perder pie cuando intentó recuperar la verticalidad.

Se lució Escribano en un par de banderillas desde el estribo, y decidió hacer una faena para ganar el favor de las peñas. La inició con tres pases cambiados por la espalda que despertaron a los tendidos por vez primera desde que comenzó el festejo. El toro dijo ser noble, pero su fondo y su casta eran muy cortos. Escribano alcanzó a dibujar tres naturales de alta escuela, la muleta barriendo la arena, hondos y hermoso, y ahí acabó todo. Acabó, sobre todo, el ánimo del toro, y a pesar de un desplante y las ajustadas manoletinas de su lidiador, la faena no fue tan exitosa como se preveía. Para mayor abundamiento, dos pinchazos desinflaron la fiesta y Escribano, con cara de enfado, se conformó con unas palmas.

Otra vez de rodillas en toriles ante al sexto y otro susto, salvado porque el torero tiró el capote y se hizo el quite milagroso. Banderilleó con eficacia, pero no pudo construir faena ante otro animal inservible.
Una buena noticia: el banderillero Pablo Saugar Pirri, que fue intervenido de serios destrozos intestinales tras ser corneado el domingo en esta plaza, pasó ayer a planta, aún en estado grave pero consciente, hemodinámicamente estable y sin riesgo vital, según el último parte médico.


Fuente Ymbro/Padilla, El Fandi, Escribano

Toros de Fuente Ymbro, -el primero, sobrero-, muy bien presentados, mansos, blandos, desfondados, descastados y deslucidos.


Juan José Padilla: media atravesada, un descabello y el toro se echa (silencio); pinchazo y casi entera (silencio).


El Fandi: media estocada baja (silencio); pinchazo hondo _aviso_ y tres descabellos (silencio).

Manuel Escribano: _aviso_ dos pinchazos y el toro se echa (ovación); dos pinchazos y estocada baja (silencio).

Plaza de Pamplona. Cuarta corrida de feria. 10 de julio. Lleno.

La corrida de hoy:

Toros de Jandilla, para Miguel Ángel Perera, Cayetano y Roca Rey.

Feria de San Fermín: Oreja para la buena zurda de Pepe Moral 

El torero Gonzalo Caballero es trasladado a la enfermería por su cuadrilla y el torero Miguel Abellán, hoy en Pamplona. Álvaro Barrientos (AP)

​Escolar / De Mora, Moral, CaballeroToros de José Escolar, muy bien presentados, serios y astifinos, mansos, descastados y deslucidos.

Eugenio de Mora: pinchazo y estocada y un descabello (silencio); estocada (ovación); estocada muy baja (silencio).

Pepe Moral: dos pinchazos y cinco descabellos (silencio); metisaca y estocada —aviso— (oreja).

Gonzalo Caballero: pinchazo, estocada perpendicular y cuatro descabellos (ovación). Fue cogido al entrar a matar y sufrió una herida en el glúteo de 12 centímetros que le afecta al nervio ciático.

Plaza de Pamplona. Segunda corrida de feria. 8 de julio. Lleno.

Por Antonio Lorca.

A pesar de lo que piensan algunos antitaurinos, aún existen héroes vestidos de luces; y no son pocos. Hoy hubo tres en la plaza de Pamplona. Solo un héroe —el caso de Gonzalo Caballero— se enfada con las asistencias que lo trasladaban a la enfermería, desmadejado, conmocionado y con una cornada en el glúteo, ordena que le quiten la chaquetilla y vuelve a la cara del toro, cojeando, pero con la entereza de un torero de una pieza.

El drama había tenido lugar un minuto antes, cuando Caballero se tiró sobre el morrillo del animal, que alcanzó con el pitón derecho el vientre del torero, lo levantó en peso, lo lanzó los aires y tras el costalazo correspondiente sobre el suelo le infirió una cornada en la zona izquierda del glúteo. Se lo llevaron en volandas porque el trastazo fue de tal calibre que el hombre quedó hecho un guiñapo, y la impresión era que llevaba una cornada fuerte. Lo que llevaba, por fortuna, no era más que la consecuencia del atropello de un autobús, que no es poco, y una herida que le impidió salir a matar al sexto.

Antes de la espectacular voltereta, Caballero se plantó con firmeza en la arena y puso todo el empeño en torear a un animal que humillaba y ofrecía la impresión de que era mejor que sus hermanos. Quizá fuera así, pero la supuesta nobleza no estuvo exenta de sosería y dificultad. En fin, que no hubo entendimiento, por la disposición incierta del toro y, quizá, también, por la ausencia de poderío de una muleta joven y poco experimentada. No hubo faena, pero sí disposición, entrega y valentía de un héroe.

Pepe Moral, necesitado de un triunfo para seguir viviendo en el toreo —es injusto e incomprensible que su agenda haya estado vacía tras las dos orejas que le cortó a la corrida de Miura en la pasada Feria de Abril—, puso toda la carne en el asador, pero el fuego de su primer toro no fue suficiente para que la lidia llegara a los tendidos. Engañó el animal en el capote, al que acudió con presteza y humillación, y permitió que Moral se luciera en unas más que estimables verónicas. Blandeó y manseó el toro en el caballo y llegó al tercio final como una vela con poca cera. Tanto es así que se apagó pronto y solo permitió que Moral mostrase su desbordante voluntad, que no le sirve para conseguir contratos. Pero el toro era muy descastado, insulso de pitón a rabo, sin fondo, y el torero solo pudo robarle un natural largo que pasó desapercibido entre tanta sosería animal.

Le cortó una oreja al quinto porque su mano izquierda tiene peso específico, y así lo demostró con un manojo de naturales suaves, largos y muy templados, que tuvieron hondura y aroma. Mató mal, pero su buena concepción del toreo le permitió pasear una oreja que ojalá le ofrezca merecidos contratos.

No le permitió confianza alguna el primero de la tarde al veterano Eugenio de Mora, que se vio obligado a hacer acopio de su experiencia para salir airoso de la lidia de un animal en exceso complicado. El toro, Bravucón de nombre, pero manso de condición, correoso y muy deslucido, dejó claras sus intenciones en los primeros capotazos, en los que apretó sobremanera por el pitón izquierdo. Por un momento engañó en el caballo, pero pronto cantó su mansedumbre con cabezazos al peto y prisas por salir del encuentro, no se empleó en banderillas, y puso en apuros a De Mora con la muleta en las manos. Embistió sin codicia, siempre a media altura, sin humillar —imposible por el lado izquierdo—, sin perder de vista a su lidiador. Afortunadamente, no hubo lugar a la voltereta, pero no por falta de ganas del toro, y gracias, eso sí, a la contrastada experiencia de su matador, que las pasó canutas.

Llovió torrencialmente cuando De Mora tomó la muleta para enfrentarse al cuarto, Diputado, el toro que se hizo el remolón en el encierro de la mañana, y el agua y la huida de los espectadores deslucieron la labor del torero. No hubo entendimiento entre ambos, aunque el toro ofreció calidad en sus embestidas; algunos pasajes resultaron vistosos, pero la labor no alcanzó el punto de emoción requerido. Con oficio de veterano se limitó a pasaportar al sexto —que mató en sustitución de Caballero—, un toro muy dificultoso.

¿Y los toros? Complejos, diferentes, ásperos, inciertos, correosos, broncos… Con ellos es casi imposible el toreo artístico, el pellizco, la inspiración. Toros para toreros heroicos, como los de ayer.

La corrida de hoy

Toros de Puerto de San Lorenzo, para Curro Díaz, Paco Ureña y José Garrido.

Publicado en El País 

Feria de San Fermín: Román es un sonriente torero de goma

Román, en la voltereta que le infligió su primer toro de la tarde. Álvaro Barrientos AP.

Por Antonio Lorca.

Decididamente, Román es un torero de goma. No es fácil que este hombre pierda la sonrisa, pero la voltereta que sufrió al entrar a matar al tercero fue para que se le quedara helada de por vida. Se perfiló ante la cara desafiante de un animal con muy malas pulgas, y cuando enterró el estoque en el morrillo, el toro alargó su astifino pitón derecho con la descarada intención de clavárselo en la pechera. La chaquetilla le sirvió de escudo protector, pero no pudo evitar que el menudo cuerpo del torero saltara por los aires; una vez en el suelo, desmadejado, el fiero animal lo buscó con saña, rozó con sus agujas la cabeza del torero y no pasó más porque el subalterno que echó su capote tenía cara de patrón de Navarra.

Se levantó hecho un guiñado, lo recogieron sus compañeros, convencidos de que iba herido, pero Román se deshizo de las manos que lo trasladaban a la enfermería y se dirigió con la mirada perdida hacia el toro. No había llegado a su jurisdicción cuando se desmayó, aunque pronto recuperó la consciencia para presenciar, con los brazos en alto, la muerte de su oponente. Román pasó a la enfermería, donde se le diagnosticó una conmoción cerebral que no le impidió salir a lidiar al sexto.

Muy complicado, brusco, con genio, agresivo y descompuesto en su incierta embestida fue ese toro tercero. El torero valenciano lo recibió de rodillas con una larga cambiada, continuó de hinojos y lo citó a la verónica, y ya enhiesto dio una gaonera y un farol; más variado, difícil. Cuando Román tomó la muleta, el toro le informó que no era de fiar, que guardaba tanto genio y brusquedad como poca clase y que se andara con cuidado. A pesar de todo, lo toreó con firmeza y sorteó las muchas dificultades con responsable entrega. Después, llegaría la cogida y el quite milagroso del santo de la ciudad.

Volvió a jugársela ante el sexto, otra prenda imposible para el toreo moderno, y solo el manejo erróneo del descabello le impidió redondear una tarde de torero heroico.

Bonito de capa fue el primero, de un limpio y brillante color melocotón, pero vacío estaba el toro de condiciones bravas. Cumplió, sin embargo, en el caballo, aunque desbordó sosería, distracción y un empeño desmedido en no humillar en su embestida.

Bautista es un torero con oficio demostrado, pero no le sobran la hondura ni la magia, le cuesta conectar con el tendido y emocionar al aficionado. Su faena fue larga, abundante en pases y escaso de toreo verdadero. No le ayudó su oponente, es cierto, que acudía al cite con la cara a media altura y sin clase, pero el diestro francés dio la impresión de limitarse a cumplir el serio compromiso y poco más. Su labor fue perfectamente olvidable, igual que el toro, que no dejó más recuerdo que el color de su piel.

El cuarto tenía un pitón izquierdo impresionante por su largura y parecido con una aguja; pero tampoco tenía cara de amigo. Nada fácil se mostró en el tercio final, y el torero francés se limitó, que no es poco, a estar por encima de las enormes dificultades de su oponente, y lo mató de una más que eficiente estocada.

Otra preciosidad, cárdeno claro, y los pitones como alfileres fue el segundo, al que Jiménez recibió con unas estimables verónicas. Noble se mostró el animal en la muleta, y escaso de fortaleza y casta, también. El torero lo muleteó muy aceptablemente por ambos pitones, pero entre la sosería del toro y un aparente conformismo del torero, la faena no alcanzó el vuelo deseado. Falló con el descabello y se esfumó la que pudo ser la primera oreja de la tarde.

El quinto -otro toro de muy astifinas defensas- se partió el pitón derecho al derrotar contra un burladero y fue devuelto a los corrales. El sobrero, perteneciente a otro hierro de la misma casa, bajó mucho en su presentación, pero fue igualmente complicado y carente de la más mínima dosis de calidad. Mala suerte, pues, la de Javier Jiménez, en esta vuelta a Pamplona tras su heroica actuación de pasado año.
Cebada / Bautista, Jiménez, Román
Toros de Cebada Gago -el quinto, devuelto, al romperse el pitón derecho contra un burladero y sustituido por otro de Hdros de Salvador García Cebada-, muy bien presentados, astifinos, cumplidores en varas, sosos, deslucidos y muy complicados. El sobrero, mal presentado e igualmente deslucido.
Juan Bautista: media perpendicular y baja y descabello (silencio); estocada (silencio).
Javier Jiménez: estocada contraria, un descabello -aviso- y tres descabellos (silencio); pinchazo y media atravesada (silencio).
Román: estocada (oreja); estocada baja y dos descabellos (ovación de despedida).
Plaza de Pamplona. Primera corrida de feria. 7 de julio. Lleno.
Publicado en El País 

FERIA DE SAN FERMÍN: La apoteosis soñada del rejoneador navarro Roberto Armendáriz

Armendáriz y Hernández a hombros. Foto Mundotoro

Por Antonio Lorca.

En el espectáculo de rejoneo sanferminero ocurrieron dos sucesos curiosos: el primero, que Roberto Armendáriz protagonizó una tarde redonda, una de esas que sueña cualquiera que se enfrenta a un toro en el ruedo; y el segundo es que Hermoso de Mendoza salió de la plaza por su propio pie.

Nadie esperaba el apoteósico triunfo de Armendáriz pues torea poco y ha dedicado gran parte de los últimos meses a recuperarse de un accidente de tráfico que sufrió a finales de marzo. Pero, lo que son las cosas, le tocaron en suerte dos toros de encastada nobleza, y apoyado en una buena cuadra de caballos, acertó con los rejones de castigo, quebró muy bien en banderillas en su primero, -especialmente, montando a Ranchero, un animal valiente que retó al toro en los medios, muy cerca de los pitones-, y mató de un rejonazo algo trasero que fue suficiente.

Otro buen toro fue el sexto, y el rejoneador navarro, henchido de amor propio, clavó con facilidad entre el cariño de sus paisanos y, sobre todo, estuvo muy acertado con el rejón de muerte, en todo lo alto, sin probatura alguna, y de efecto fulminante.

Fue la tarde soñada, pero no perfecta. No puede serlo porque a Armendáriz le falta rodaje, confianza y suficiencia en el toreo a caballo. Ha toreado poco y se le nota mucho. Su falta de recursos la suple con ilusión y valentía, no exenta de cierto grado de temeridad, pero fue un triunfo trabajado y con la suerte como aliada. Se le nota acelerado, no le sobran ideas en la cara del toro, clava despegado, galopa en exceso y a toda su labor le faltó limpieza y serenidad. A pesar de todo, su éxito fue legítimo y ojalá le sirva para relanzar su carrera.

La otra noticia la protagonizó Hermoso de Mendoza, que falló con estrépito con el rejón de muerte en sus dos toros y salió a pie de la plaza en contra de su inveterada costumbre de hacerlo en loor de multitud. Demostró su suficiencia ante el agotado y amuermado primero, con el que jugó sin emocionar a sus paisanos, y se lució ante el cuarto a lomos de Disparate con sus famosas ‘hermosinas’. Volvió a fallar en la suerte final y todo quedó en una nueva demostración de mutuo cariño entre el caballero y su público.

Y al triunfador Armendáriz lo acompañó Leonardo Hernández, un torbellino a caballo, que cortó una oreja de su primero gracias a la vistosidad de su cuadra y no por su toreo imposible ante un toro cansado. Mejor ante el quinto, manso y encastado, que le permitió dar rienda suelta a su juvenil entrega. Falló en un par de banderillas dos manos, pero acertó en su posterior rectificación, y, aunque escuchó un aviso, paseó otra oreja porque supo conectar con los tendidos.

En fin, entretenida tarde de rejoneo, pero no de emocionante toreo a caballo. El público es jaranero, y le basta con que el toro de turno se derrumbe con rapidez, al margen de otras exigencias. Los rejoneadores lo saben y se esmeran más en el espectáculo de sus caballos que en la realización clásica de las suertes. Algún día caerán en su error…

EL CAPEA/HERMOSO, HERNÁNDEZ, ARMENDÁRIZ

Toros despuntados para rejoneo de El Capea, bien presentados y de buen juego; sosos los dos primeros, y encastados, codiciosos y nobles los cuatro restantes.

Hermoso de Mendoza: pinchazo y dos bajonazos (ovación); dos pinchazos y rejón trasero (ovación).

Leonardo Hernández: pinchazo y rejón en lo alto (oreja); rejonazo _aviso_ y un descabello (oreja). Salió a hombros por la puerta grande.

Roberto Armendáriz: rejón trasero (dos orejas); rejón fulminante (dos orejas). Salió a hombros por la puerta grande.

Plaza de Pamplona. Espectáculo de rejoneo. 6 de julio. Lleno. A la muerte del primer toro se lanzaron al ruedo dos activistas antitaurinos que fueron desalojados con rapidez.

Publicado en El País 

FERIA DE SAN FERMÍN: Lamentable estreno pamplonica

Colombo. Foto Cultoro Twitter.


Por Antonio Lorca.

Lo mejor fue que presentaba la plaza de Pamplona -casi lleno en los tendidos- el día previo al chupinazo, sin el infernal ruido de las charangas y, lo que es peor, sin merienda.

Y destacó, también, la valentía y la entrega del novillero venezolano Jesús E. Colombo, al que engañaron entre todos sacándolo sin méritos a hombros por la puerta grande.

¿Y lo peor? Uf! La lista es larga:

– El ruedo era una playa, con la arena suelta, impracticable para el toreo.

– El público, silencioso y aburrido durante las faenas, y verbenero y bullanguero a la hora de pedir trofeos inmerecidos.

– La presidencia, muy en su papel, pero sin criterio.

– Los novillos, muy justos de presentación para la llamada Feria del Toro, comodísimos de cara (sin pitones, vamos), mansones, muy blandos, muy sosos y nobilísimos. Artistas venidos a menos.

– Y novilleros sin misterio…

Los novillos y los novilleros no llegaron a entenderse; los primeros no sirvieron para el triunfo, pues si bien se les caía la cara de buenos, derrocharon esa sosería que destaca sobre la codicia e impide la necesaria emoción; eran novillos para jugar con ellos, pero no para jugarse nada, y menos el futuro.

Y los jóvenes toreros dejaron claro que carecen del misterio de la personalidad, de esa torería que dicen todos que llevan dentro, de esa capacidad innata para levantar a la gente de sus asientos y hacerla sufrir y gozar.

Colombo corroboró lo que ya demostró en San Isidro, que no quiere pasar desapercibido, que le sobran valor y ganas, y derrocha una entrega encomiable. Capotea con celeridad, destaca por su dominio de las banderillas y baja el tono muleta en mano. Se le ve seguro, fácil y suficiente; tanto como falto de hondura y empaque.

Su primero, quizá enfermo, se apagó tras el segundo tercio, se echó en la arena y no volvió a levantarse.

Ante el quinto, de mejores modales y algo más de vida, inició de rodillas la faena de muleta, y de tal guisa y de pie dibujó algunos derechazos estimables. No consiguió estar a la altura del templado novillo -lo suyo son medios pases y no le sobra exquisitez-, pero una espectacular voltereta de la que salió magullado y enarenado, precedió a unas ajustadas y muy irregulares bernardinas y una efectiva estocada, y le concedieron las dos orejas en un santiamén.

Lo de Marín, sin embargo, es preocupante. Toma la alternativa el día 29 en Tudela, y lo único que dijo es que está muy verde. Dio muchos pases, pero no transmitió nada y emocionó menos. A pesar de todo, sus paisanos navarros le regalaron una oreja en su primero, y dispuestos estaban a sacarlo a hombros si no escucha dos avisos ante el cuarto. Preocupante el futuro de este torero navarro.

Y Toñete (muy despegado y soso ante un primer novillo sin alma) se lució en una buena tanda de naturales con el muy noble y artista sexto. Corrió bien la mano y trazó con maneras los muletazos, pero no remató la obra. De hecho, todo quedó muy diluido y la impresión que dejó es que es un torero frágil. Y algo más: no sabe manejar el capote; y algo peor: no sabe manejar la espada.

Está en las primeras lecciones del curso, es verdad, pero ha tenido la osadía de presentarse en Pamplona, y eso son palabras mayores.

Bueno, eso dice la creencia popular, porque la plaza navarra parece una portátil, con un público jaranero, una presidencia dadivosa, unos novillos (los de ayer) impropios de la primera categoría, y unos novilleros, al menos dos de ellos, sin razones para viajar a feria de tan teórico prestigio.

EL PARRALEJO/MARÍN, COLOMBO, TOÑETE

Novillos de El Parralejo, justos de presentación, mansones, blandos, sosos y muy nobles.

Javier Marín: media tendida (oreja); pinchazo, estocada atravesada y contraria _aviso_ cuatro descabellos _2º aviso_ y el novillo se echa (silencio).

Jesús E. Colombo: su primer novillo fue apuntillado (silencio); estocada (dos orejas).

Toñete: tres pinchazos y estocada (silencio); cuatro pinchazos y estocada _aviso_ (silencio).

Plaza de Pamplona. Novillada de feria. 5 de julio. Casi lleno. Se guardó un minuto de silencio en memoria de Iván Fandiño.

Publicado en El País