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Feria de San Isidro: Un estoconazo sin premio


Por Antonio Lorca.

Hasta no hace mucho, se decía, y se mantenía, que un estoconazo valía una oreja; pero las cosas han cambiado una barbaridad y la ley de antaño carece ya de validez.

Ayer, hubo un torero, Gonzalo Caballero, que realizó a la perfección la llamada suerte suprema, el momento de la verdad, y su gesta pasó prácticamente desapercibida para el público de Las Ventas. Claro, que no solo han cambiado la norma y la costumbre, sino el perfil de quienes acuden a la plaza.

Todo sucedió en el tercero de la tarde, después de una faena sin relieve a causa de la ausente calidad de un toro con asperezas, sin fijeza ni humillación. Lo intentó de veras Caballero después de brindar al cielo, pero su entrega no encontró el premio deseado. Y todo, porque su oponente, al igual que el resto de la corrida, se desentendió de su quehacer.

Pero héte aquí que el torero se perfila para entrar a matar, sin ceremonias ni aspavientos, cerca del toro, levanta los talones, fija la mirada en el morrillo, y como quien no quiere la cosa, sin más importancia que la severidad que entraña ese momento, se volcó sobre el morrillo del animal y dejó un estoconazo hasta la bola.

Desde la grada era evidente que la espada había caído en su sitio; pero si quedaba alguna duda, el toro se encargó de disiparla. Le cambió la cara al instante, se abrió de manos, perdió —seguro— la noción del tiempo y el espacio y cayó en la arena patasarriba como fulminado por un rayo y sin puntilla.

Hasta hace nada, lo realizado por Caballero era considerado como una heroicidad. El público se levantaba de sus asientos, y sacaba los pañuelos para honrar al torero heroico.

Pero todo se redujo a una ovación, de la misma intensidad y duración que las que premian una estocada trasera, tendida o caída; y no es lo mismo. Quede constancia, pues, del acierto del torero madrileño y de la injusticia cometida con él. Caballero fue ayer una víctima de las circunstancias.

Y se acabó la corrida. Bueno, lo cierto es que una de las primeras lecciones que recibe un aficionado a los toros es aprender a olvidar; solo así acumula fuerza para volver otro día. La corrida de ayer fue para olvidar —como tantas otras— y en esta ocasión, otra vez, a causa de los toros de José Luis Pereda-La Dehesilla, correctos de presentación los cuatro primeros, y feo el quinto y muy desigual el sexto. Y eso no fue lo peor, sino su mala condición, su declarada mansedumbre, su falta de fuerzas, y, especialmente, su ausencia de calidad, de la necesaria encastada nobleza que debe tener un toro para que sea posible una lidia emocionante.

Olvidable corrida, pues, que ofreció muy escasas opciones a la terna, que lo intentó, cada cual a su modo, pero sin resultado atractivo para el público y positivo para los toreros. Una oportunidad hecha trizas.

El propio Caballero, consciente de que este era su único paseíllo en la feria, puso de su parte todo lo que se le puede exigir a un torero: valentía, entrega y decisión. Trazó atractivas verónicas en su primero, invalidado en el tercio final, y se jugó el tipo ante el sexto, de mala condición y que se defendía a base de tornillazos. La labor del torero no pudo ser brillante, pero dejó constancia de que vino dispuesto a exprimir hasta la última posibilidad de su lote. Acabó con unas manoletinas muy ceñidas y dio una vuelta al ruedo como premio a su actuación de conjunto.

Peor suerte tuvo Iván Fandiño con dos toros insufribles. De corto viaje era su primero, y solo la buena colocación y la firmeza del torero le permitieron robarle un par de naturales de buena factura. Esperó al quinto de rodillas en los medios y lo recibió con una larga cambiada. Aguantó con estoicismo la violencia del animal y alargó innecesariamente una labor de muleta que no podía alcanzar el vuelo deseado.

Un pase de pecho de pitón a rabo, templadísimo, de esos que se siguen y sienten desde el tendido, dibujó Morenito en la faena de muleta al cuarto; aún le robó un natural de categoría y dos buenos derechazos. Y eso fue todo. El toro, sin clase, acudía sin más, lo que obligó, erróneamente, a alargar la faena y aburrir al respetable.

Como una vaca lechera embestía el primero, un quintal de sosería, que estuvo por allí porque no tenía nada mejor que hacer. Desesperante…

Vamos, que si no fuera por el olvido…

PEREDA / MORENITO, FANDIÑO, CABALLERO

Toros de José Luis Pereda-La Dehesilla, desiguales de presentación, —el quinto, de muy feas hechuras, y grandón el sexto—, astifinos, mansos, sosos y sin clase.

Morenito de Aranda: pinchazo y casi entera tendida (silencio); pinchazo hondo —aviso— y bajonazo (silencio).

Iván Fandiño: media tendida y un descabello (ovación); estocada caída (silencio).

Gonzalo Caballero: gran estocada (ovación); estocada —aviso— y un descabello (vuelta).

Plaza de Las Ventas. Decimonovena corrida de feria. 29 de mayo. Casi tres cuartos de entrada (16.294 espectadores). Se guardó un minuto de silencio en memoria del torero fallecido Víctor Barrio, al cumplirse un año de su última comparecencia en esta plaza.

 

Fuente: El País

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Feria de San Isidro: Apoteosis del rejoneo moderno

Diego Ventura.

El Capea / Ventura y Hernández, mano a mano

Toros despuntados para rejoneo de El Capea, justos de presentación, mansos, blandos, nobles, dóciles y descastados.

Diego Ventura: rejón trasero (oreja); rejón muy trasero y caído (dos orejas); pinchazo, rejón trasero y un descabello (ovación). Salió a hombros por la puerta grande.

Leonardo Hernández: rejón trasero (oreja); rejón trasero y un descabello (ovación); rejón trasero y dos descabellos (oreja). Salió a hombros por la puerta grande.

Plaza de Las Ventas. Decimoctava corrida de feria. 28 de mayo. Lleno (21.767 espectadores).

Por Antonio Lorca.

Ventura y Hernández están en la cumbre del rejoneo actual y lo han vuelto a demostrar en la plaza de Las Ventas. Los dos se emborracharon de triunfo y salieron a hombros por la puerta grande (el más veterano, por decimocuarta vez).

Fue una tarde apoteósica, muy completa y divertida por parte de ambos. A su depurada técnica y contrastada maestría añaden dos cuadras de caballos que hacen gala de una doma perfecta y una torería que ya quisieran para sí muchos de los que se visten de luces.

Los dos caballeros basan su tauromaquia en las cercanías, en alcanzar los límites del riesgo y en el temple con el caballo cabalgando a dos bandas. Apuran al máximo que el toro roce con los despuntados pitones el pecho de las monturas, y se lucen —y de qué manera— acompasando la velocidad de la montura a la del toro, con el primero desplazándose de lado, pegado a tablas, con el fin de llevar la congoja y la emoción a los tendidos. Y a fe que lo consiguen, y que hacen la suerte con un conocimiento apabullante.

Pero eso no es todo; dominan todos los tercios, lo que les permite jugar al toro más que torear a caballo.

Ya se conoce, por otra parte, que el público no es muy exigente (no puede serlo quien acude a los toros con dos pollos para regalárselos a los caballeros en las vueltas al ruedo), y solo pretenden que los rejones y garapullos queden prendidos y la muerte del animal sea rápida.

En fin, que tanto Ventura como Hernández se divirtieron como en el patio de su casa, y consiguieron el triunfo deseado.

El primero brilló a gran altura en su primero, con dos caballos estrellas: Sueño y Nazarí, toreros de auténtica categoría. Sueño templó de maravilla y los tendidos rugieron de emoción; Nazarí es de su misma escuela y compite con su compañero en el mismo tercio de banderillas.

Volvió a entusiasmar en el tercero; especialmente, al quiebro, con Fino, y en un par a dos manos sin riendas a lomos de Dólar. Y rubricó su actuación con la primera pareja protagonista y un caballo espectacular llamado Ritz. Mató mal a sus tres toros, pero la muerte de los dos primeros fue rápida, motivo suficiente para que aparecieran los pañuelos.

Hernández, por su parte, un punto menos espectacular que su compañero, también se lució sobradamente y templó con suficiencia en su lote; especialmente, a lomos de Despacio, que le permite poner banderillas al quiebro muy cerca del toro, con el que colocó también banderillas a dos manos. Menos brío demostró el toro cuarto, lo que enfrió los ánimos del respetable y del propio caballero, que se mostró más apagado; y volvió a decir que no quiere perder el tren de cabeza ante el sexto. Montó entonces a Calimocho, un caballo muy torero con el que recuperó la intensidad de su actuación. También mató mal a sus tres toros.

Todo muy bien, pero… El pero es que los toros de El Capea parecen programados para el éxito; nobilísimos, dóciles, buena gente de verdad, con las fuerzas muy justas, carentes de fiereza y desbordantes de clase. 

El toreo, aunque sea a caballo, debiera exigir algo más de casta.

La corrida de hoy

Toros de José Luis Pereda-La Dehesilla, para Morenito de Aranda, Iván Fandiño y Gonzalo Caballero.

Feria de San Isidro: La mala estrella y un golpe de picardía

Foto NTR Twitter.

El Torero/Adame, Espada, Marín

Toros de El Torero, justos de presentación, mansos, blandos -inválido el tercero- y muy descastados y sosos.

Joselito Adame: pinchazo y estocada (silencio); estocada -aviso- y un descabello (silencio); estocada (oreja).

Francisco J. Espada, que confirmó la alternativa: -aviso- pinchazo, estocada baja, y resultó cogido. Acabó con el toro Adame tras un descabello -segundo aviso- y el animal se echa (ovación para el herido).

Ginés Marín: pinchazo, pinchazo hondo y cinco descabellos (silencio); media y un descabello (silencio).

Partes médicos: Espada sufrió un traumatismo craneoencefálico con pérdida de conciencia durante cinco minutos, y traumatismo facial pendiente de estudio radiológico. Pronóstico reservado.

Adame sufrió una contusión en la cresta iliaca derecha y erosiones en el cuero cabelludo.

Plaza de Las Ventas. Decimoséptima corrida de feria. 27 de mayo. Tres cuartos de entrada (17.277 espectadores).

Por Antonio Lorca.

Mala suerte la del joven Francisco José Espada y picardía la del mexicano Joselito Adame. El primero acabó en la enfermería al ser seriamente zarandeado por el toro de su confirmación; y el segundo cortó una oreja inesperada al sexto de la tarde al entrar a matar sin muleta, cobrar una estocada hasta la bola y salir volteado con la taleguilla desgarrada por el derrote de un pitón y el apuro de que le quedaron las piernas bajo del peso del toro, que cayó fulminado. Su osadía, su valor y su acierto le valieron el trofeo que no había ganado con la muleta.

A esas horas, Espada ya había sido trasladado a un centro hospitalario en el que se recupera de los fuertes golpes recibido. Ilusionó durante su etapa como novillero, tomó la alternativa en agosto de 2015, y su estrella se apagó. Solo seis corridas al año siguiente en plazas que no puntúan, y la ilusión de hacer realidad el sueño de su vida: confirmar en San Isidro y triunfar. Sobre todo, triunfar.

Pero el hombre propone y las circunstancias disponen. Y lo que estaba dispuesto era una tremenda voltereta que dio al traste con el sueño del torero. Sucedió después de marrar con un pinchazo; se perfiló de nuevo, se volcó sobre el morrillo de ese primer toro, enterró la estocada, pero el animal metió un pitón entre las piernas del torero, se lo echó a los lomos, lo zarandeó, lo lanzó contra el suelo, y allí, el cuerpo boca abajo, lo pisoteó en la cabeza. El torero quedó inerte y claramente conmocionado. Los compañeros lo trasladaron a la enfermería, mientras en la plaza quedaba la sensación de que podía tratarse de un serio percance.

Afortunadamente, no hubo herida y parece que pronto se recuperará; a fin de cuentas, no ha cumplido los 24 años, que es la mejor medicina para quien quiere ser figura. Pero duro debió ser el traumatismo cuando no salió para matar a su segundo toro; y muy dura será la sensación de mala suerte y derrota personal cuando recobre la sensación de realidad. Muchas ilusiones rotas en un instante; cuánto desasosiego hasta que le confirmaron que estaba colocado en los carteles, cuánto entrenamiento y cuanta ilusión se ha llevado por delante esta muy inoportuna e injusta voltereta.

A Espada se le notó que torea poco. Se mostró firme, pero su entrega no fue suficiente para triunfar ante un toro que repetía la embestida, siempre con un punto de distracción, y al que le faltó fijeza y largura en el recorrido. Comenzó la faena con estatuarios ceñidos, que remató con un pase cambiado por la espalda y otro de pecho que hicieron albergar las mejores esperanzas.

Repitió el toro, se sucedieron los muletazos, algunos enganchados, otros sin remate, y no acabó Espada de cogerle el aire a la faena ni amoldarse a las difíciles condiciones de su oponente. Quizá, ese toro necesitaba una muleta más poderosa, más placeada que la suya. 

Acabó con unas ajustadas manoletinas antes de que montara el estoque y llegara la cogida.

El sueño acabó en la enfermería con el cuerpo hecho un guiñapo; pero puede contarlo, que es lo importante, y ojalá recupere la suerte que ha perdido la tarde de su gran ilusión.

El resto de la corrida tuvo poca historia a causa del mal juego de la corrida de El Torero, protestada en distintas fases por su presentación, su falta de fuerzas y de casta. El tercero fue un inválido declarado que el presidente se negó a devolver y le costó una sonora bronca del respetable. El resto, mansa en los caballos, sosa y sin clase.

Ginés Marín fue recibido con una sonora ovación al romperse el paseíllo en recuerdo de su reciente triunfo. Fue la única que cosechó porque su lote no le permitió gran cosa. Su primero se desplomó en la arena mientras parte del tendido gritaba ¡fuera del palco! al usía, y el otro, incierto y áspero, no le permitió lucimiento alguno.

Joselito Adame mató tres toros y dijo no estar dispuesto a marcharse de vacío. Nada interesante realizó ante su primero, enclenque y soso, al que dio muchos pases ante la indiferencia general; otro toro inservible fue el que lidió por la cogida de Espada, parado y sin carácter; y el único que demostró algunas notas de nobleza fue el sexto.

Brindó al público, comenzó con estatuarios, y el animal se derrumbó en la arena. Siguió con la mano izquierda y algún muletazo destacó sobre la sosería general. Insistió el torero mexicano y dibujo finalmente cuatro naturales muy templados, que levantaron los ánimos y envalentonaron a su protagonista. 
Tanto es así que vio cercana la oreja y no se le ocurrió mejor treta que tirar la muleta y lanzarse sobre el morrillo del animal a pecho descubierto. Salió trompicado y se salvó de milagro de la cornada, pero tocó el triunfo con la mano. Benditas locuras de los toreros…


La corrida de hoy

Espectáculo de rejoneo. Toros despuntados de El Capea, para Diego Ventura y Leonardo Hernández, mano a mano.

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2017/05/27/actualidad/1495916131_613857.html

Feria de San Isidro: Un corridón de toros


Por Antonio Lorca.

Quizá sea exagerado el titular, sin duda, pero pretende expresar que fue una corrida distinta, novedosa, sorprendente y, sobre todo, torista en el mejor y más amplio sentido de la palabra. Es exagerado porque el quinto fue devuelto por su manifiesta invalidez; es exagerado porque solo un toro, el segundo, de nombre Hebrea, fue sencillamente extraordinario y recibió los honores de la vuelta al ruedo. Pero valgan esas cuatro palabras porque encierran la experiencia de una corrida en la que embistieron todos los toros, incluido el sobrero de Salvador Domecq; cumplieron sobradamente en varas —de largo y con alegría el segundo, el tercero, el quinto y el sexto—; fueron todos alegres en banderillas y permitieron el lucimiento de Chicote, José Chacón, Domingo Siro, Jesús Arruga y hasta del propio Paquirri, que banderilleó al cuarto. Y embistieron de largo, con nobleza y clase en el tercio final los seis. ¿Quién puede pedir más? Un corridón de toros, aunque pueda parecer exagerado.

El mejor, sin duda, el segundo, el tal Hebrea, de 527 kilos de peso, bien presentado y astifino como toda la corrida. Tuvo defectos, pero hubiera sido indultado en cualquier plaza. Acudió presto en los dos encuentros con el caballo, aunque bien es verdad que no hizo una gran pelea; dobló las manos en el quite de López Simón, y escarbó en varios momentos de la lidia. Pero fue un toro de bandera por su casta desbordante, por su movilidad, su poderío, su fijeza y humillación; en una palabra, por su calidad exuberante en las banderillas —vistoso y alegre galope—, y en el tercio final, de incansable embestida, mejor por el lado derecho que por el zurdo. Era un espectáculo el noble y fiero ímpetu con el que el toro buscaba la muleta, al tiempo que su encastada nobleza realzaba todo el quehacer del torero.

Fue uno de esos toros que justifican una afición y la dedicación y el sacrificio de un ganadero. Un toro para recuperar la esperanza, una vez más, y confirmar de nuevo que el toro bravo y encastado es el protagonista indiscutible de esta fiesta. Cuando hay toro, surge la emoción.

Hebrea recibió los honores de una solemne vuelta al ruedo en la que Las Ventas le rindió sentido homenaje al héroe triunfador.

Pero no fue el único toro bravo de la tarde. El tercero también acudió de largo al cite del picador, permitió el lucimiento de los banderilleros y repitió incansable a la muleta de López Simón. Y el sexto, otro toro bravo en el caballo, perseguidor en el segundo tercio y con las dificultades propias de la casta en la muleta. Repitió hasta la saciedad no sin ciertas asperezas.

Fue muy aceptable el lote de Rivera Ordóñez, nobles ambos, y con menos movilidad, quizá, que los demás en el último, aunque quedará para siempre la duda si fue problema de los toros o de la impericia de su lidiador.

Y fue magnífico el sobrero, que también dejó alto su pabellón ante el piquero, obedeció a los banderilleros y se lució en una faena tan larga como anodina de su matador.

En fin, que la corrida no tuvo más que un fallo: los toreros. Los tres tendrían que haber salido a hombros por la puerta grande, pero todo el premio se redujo a una solitaria oreja que paseó Castella del segundo. ¿Qué pasó? Pues que estuvieron mal; así de sencillo y concluyente.

Veamos: Castella quiso estar a la altura de Hebrea y no lo consiguió. Lo intentó con toda su alma, pero la calidad del animal era insuperable. En su haber, dos naturales circulares templados y hermosos, y muchos buenos pases que levantaron un clamor exagerado. En el quinto, quiso arrancar otra oreja, pero no pudo. Su faena fue larga, irregular y deslavazada, muy lejos de la calidad de su oponente.

López Simón está en horas bajas. Ayer naufragó en sus dos toros, desvaído, insípido, anodino, aburrido y superficial. Tuvo dos toros de premio y los dos desaprovechó.

Se despidió Rivera Ordóñez. No está para estos compromisos. Quiso y eso es todo. Lo intentó de veras, pero su corazón no le permitió heroicidades. Adiós, muy buenas, y que dé las gracias a quien deba por el favor recibido.

Banderilleó al cuarto con voluntad y acierto y fue lo mejor de su actuación.

Fue la suya una despedida sin alma, sin afecto, sin un abrazo; una despedida sin alegría. Vamos, que podía haberlo hecho con un mensaje de Twitter y se hubiera ahorrado el mal trago.

La corrida de hoy

Toros de El Torero, para Joselito Adame, Francisco J. Espada y Ginés Marín.

FERIA DE SAN ISIDRO: Ginés Marín, por la puerta grande 


Por Antonio Lorca.

Salir a hombros por la puerta grande el día de la confirmación de alternativa es el premio gordo con el que sueña todo el que se viste de luces. Y se lo ha llevado el joven Ginés Marín no porque jugara a la lotería, sino porque se encontró con un toro —el sexto de la tarde— excepcional para la muleta, y se entretuvo en realizar una faena primorosa de principio a fin, preñada de ritmo, compás, armonía, largura, profundidad y elegancia. Un compendio, en fin, de torería. La plaza vibró, rugió y se conmocionó ante el derroche de belleza que brotó de la pronta embestida, profunda, desbordante de clase y transmisión de un toro incansable a la hora de perseguir la muleta con fijeza y humillación. Un toro para la triunfal consagración o la derrota definitiva de un torero.

Por fortuna, la ilusión y la fortaleza de Marín, torero de la nueva hornada, se encontraron con la inspiración artística, y entre todas dibujaron una obra de arte que ha devuelto la alegría a los entristecidos tendidos de Las Ventas.

Recibió Marín al toro con unas aseadas verónicas; derribó en el primer puyazo y no confirmó su supuesta bravura en el segundo, fue pronto en banderillas y ofreció un derroche de calidad en el tercio final. La primera tanda con la mano izquierda hizo presagiar lo mejor: magníficos naturales, largos, bellísimos, coronados con una preciosa trincherilla y un pase del desprecio. Un natural grande —sobrenatural—, en la siguiente, cuando ya el toro, Barberillo de nombre, de 528 kilos de peso, había desnudado sus cualidades delante de todos. Templadísimo resultaron los redondos posteriores, nacidos de una total simbiosis entre toro y torero.

La plaza disfrutaba como casi nunca, después de tanto hastío continuado, y aún quedaban destellos de toreo excelso, otro natural inmenso, un molinete, un largo pase de pecho… Y el toro que se siente agotado, exprimido, y se quiere marchar de la pelea.

Una estocada casi en el hoyo de las agujas, pero de efectos fulminantes, hizo que los tendidos se poblaran de pañuelos y Marín paseara merecidamente dos orejas que lo aúpan al podio de los grandes triunfadores.

Pero pasaron más cosas. El propio Marín realizó una faena de menos a más, plena de disposición y entrega, a un toro aplomado, noble y blando que se lidió en tercer lugar.

Y algo mejor: El Juli a punto estuvo de acompañar a Marín en la salida a hombros si mata a la primera a su segundo toro. No le sobra exquisitez a este torero, pero es una enciclopedia de conocimiento, en la que destacan el oficio y la experiencia. Le falta misterio y sensibilidad, pero es un derroche de técnica y poderío. Así lo demostró en sus dos toros. Le cortó la oreja al primero, un animal exigente, al que superó en todos los terrenos; y volvió a dictar otra lección de maestro ante el cuarto. Absolutamente parado en el tercio de banderillas, se transfiguró ante el imán de la muleta de El Juli, que se lo llevó al centro del ruedo y allí le mostró los secretos de la lidia.

Lo enseñó a embestir, la muleta siempre en la cara, y dibujó redondos enjundiosos y un manojo de naturales largos y hondos. No tenía más fondo el animal, que, incluso, llegó a derrumbarse en la arena, pero el torero exprimió las pocas gotas de casta restante con un arrimón final y un par de adornos muy bien vendidos al respetable, que estalló en una ovación clamorosa. Si mata a la primera, que no fue así, hace acto de presencia la polémica, porque El Juli hubiera salido a hombros tras una doble actuación poderosa, aunque no redonda ni completa.

Si alguna objeción se le puede poner a Álvaro Lorenzo es su pesadez. La cantidad nunca es sinónimo de calidad ni el cansancio de alegría. Se le vio suelto, firme, con gracia, con sentido estético y empaque. Se le vio que atesora maneras que pueden dar que hablar. Decepcionante y de corta embestida fue su primero, al que no encontraba el momento para la suerte final; y dejó la impronta de su buen gusto ante el sexto, al que muleteó con prestancia y temple sin que el asunto llegara a más.

Alcurrucén/El Juli, Lorenzo, Marín

Toros de Alcurrucén, bien presentados, mansos y muy nobles. Sobresalió el sexto por su movilidad, clase y transmisión.

El Juli: estocada caída (oreja); pinchazo, casi entera baja y un descabello (ovación).

Álvaro Lorenzo, que confirmó la alternativa: estocada caída (ovación); estocada —aviso— (ovación).

Ginés Marín, que confirmó la alternativa: tres pinchazos —aviso— y un descabello (ovación); estocada (dos orejas). Salió a hombros por la puerta grande.

Plaza de Las Ventas. Decimoquinta corrida de feria. 25 de mayo. Lleno (23.007 espectadores).

Fuente: El País

Feria de San Isidro: Arrebato inconcluso


Por Antonio Lorca.


Foto: Kiko Huesca.

El diestro extremeño Alejandro Talavante con su segundo durante la corrida de la feria de San Isidro.

Alejandro Talavante, torero de hondo sentimiento e inspiración, tuvo un lote de puerta grande y solo cortó una oreja. Pobre balance. Y no porque sus obras maestras no fueran coronadas a ley, sino porque a sus dos faenas le faltó la grandeza que exigían los toros.

No fue, ni mucho menos, el mejor Talavante. Gustó, claro que sí, porque da pinceladas henchidas de color, pero no arrebató, ni conmovió ni puso la plaza a sus pies. En fin, que una tarde inconclusa la tiene cualquier artista.

Se llevo el lote de la corrida. Mansos los dos, como los demás, pero ambos toros se vinieron arriba en banderillas y llegaron al tercio final con movilidad, codicia y casta suficiente para poner en apuros a cualquier coletudo y ofrecer en bandeja un triunfo a un torero grande.

Talavante es de estos últimos, y de los que exigen, además, este tipo de ganaderías, sobre el papel cómodas y nobles; pero estos dos, además de un carácter bonancible, derrocharon fiereza, lo que viene a complicar la tarea de los artistas. No están acostumbrados ellos a tanto derroche de energía, a tanto motor en las entrañas, y, claro, algunos brochazos salen desdibujados.

Eso le ocurrió a Talavante. La faena de muleta a su primero fue de más a menos. En la primera tanda con la mano derecha el toro buscó con raza la muleta, y el torero salvó con honor ese primer encuentro, bien rematado con un cambio de manos, un molinete y el de pecho.

Repitió el animal por el lado contrario, enganchó el engaño y ya los muletazos no surgieron con tanta plasticidad. Mecánicos y acelerados resultaron los redondos siguientes, y, a partir de entonces, se deshizo el encanto. El toro siguió embistiendo, pero el torero ya no fue el mismo. La obra no quedó rematada. Ni el torero estuvo a la altura del toro, ni hubo conexión entre ambos. Mejor Talavante en los adornos que en el toreo fundamental, y quedó patente que la grandeza esperada no había hecho acto de presencia. Eso sucedió porque el toro era exigente, y ya se sabe…

De menos a más fue la segunda. Otro toro encastado, este con genio áspero, que le permitió, sin embargo, lucirse de entrada con unos naturales largos, que remató con una preciosa trincherilla. Perdió la muleta y resbaló en la siguiente tanda, también con la zurda, y, cuando citó con la mano derecha, el toro se quedó corto en el viaje, le levantó los pies del suelo y se lo echó a los lomos. Salió dolorido de la voltereta y sus compañeros le insistieron para que se dirigiera a la enfermería, lo que no consintió. El parte demostró después que la herida no era grave. Con el público enardecido (suele ocurrir tras una cogida), Talavante dibujó dos tandas de naturales de categoría antes de cobrar una estocada baja. Le concedieron una oreja tras una mayoritaria petición, y con el trofeo en la mano cruzó el diámetro de la plaza para ponerse en manos del equipo médico.

No tuvo suerte Roca Rey porque su primer toro fue el único que, de verdad, se paró a mitad de faena, y el sexto se lesionó gravemente tras dos pases cambiados por la espalda que rompieron materialmente al animal.

Se jugó el tipo, no obstante, con los ceñidísimos estatuarios con los que comenzó la faena al tercero, derecho el torero como una vela, asentado en la arena, que remató con un pase del desprecio y el obligado de pecho. Unos redondos más aguantó el burel antes de venirse abajo definitivamente por su falta de fuerza y ausencia de casta. Quiso Roca Rey jugar de verdad la última carta de la tarde, y, tras un quite por chicuelinas de Bautista, respondió con otro por saltilleras y gaoneras ajustadísimas, que desprendieron verdadera emoción. Brindó al público, llegaron los dos pases por la espalda, pero el toro quedó tan seriamente lesionado que se desplomó para siempre.

No fue el convidado de piedra Juan Bautista, pero así se quedó el respetable ante sus formas anodinas, frías e insípidas. Sus dos toros fueron nobilísimos y tontunos, de esos que los coge un artista y les hace encaje de bolillos. Pero Bautista no lo es, como la mayoría de los habitantes del globo terráqueo, y no dijo nada. Dio muchos pases, alargó la primera faena de manera innecesaria, pero no sintió nada. La historia se repitió ante el cuarto, y Bautista corroboró que es un torero sin alma que, no obstante, se lució con un variado repertorio con el capote.

La corrida de hoy

Toros de Alcurrucén, para El Juli, Álvaro Lorenzo y Ginés Marín (los dos últimos confirman la alternativa).

DEL CUVILLO/BAUTISTA, TALAVANTE, ROCA REY

Toros de Núñez del Cuvillo, justos de presentación, mansos, blandos y muy nobles. Destacaron segundo y quinto por su movilidad y raza.

Juan Bautista: estocada y un descabello (silencio); bajonazo (división de opiniones).

Alejandro Talavante: pinchazo y estocada (ovación); estocada baja (oreja).

Roca Rey: bajonazo descarado (silencio); estocada (silencio).

Parte médico: Talavate sufrió una herida en el tercio inferior del muslo derecho, con una trayectoria de 20 cms. que despega el tejido subcutáneo sin afectar a los músculos. Pronóstico reservado.

Plaza de Las Ventas. Decimocuarta corrida de feria. 24 de mayo. Lleno de ‘no hay billetes’ (23.624 espectadores).

Publicado en El País 

Feria de San Isidro: ¡Borrachos…!


Daniel Luque contempla a uno de sus toros derrumbado en la arena. Foto Bernardo Pérez.

Por Antonio Lorca.

Salió en cuarto lugar Vaporito,un sobrero de Adelaida Rodríguez, todo ufano y altivo. Así recorrió parte del ruedo, no hizo caso al capote de Daniel Luque, y acudió al caballo con enorme desgana. 

Apenas recibió castigo, pero cuando salió del encuentro se le notaron unos gestos raros, se le aflojaron las manos, parecía que perdía el equilibrio, y la sensación que dio es que tenía los ojos vidriosos y la lengua trapajosa. Dicho en cristiano: que estaba borracho. El presidente lo mandó a los corrales a que durmiera la mona eterna y ahí acabó la efímera vida taurina del muchacho.

Pero el primero de la tarde demostró los mismos síntomas. Una salida con la mirada arrogante y una invalidez manifiesta en pocos segundos.

Y así toda la corrida, en mayor o menor nivel etílico. Unos aguantaron con más pena que gloria, pero a todos se les veía a leguas que venían de parranda, de modo que ninguno de los toros actuantes pudo cumplir con la obligación que les permitió vivir durante cuatro años en la dehesa.

En fin, que el tema no es nada nuevo, pero la ganadería brava padece un serio problema. Quizá, esta corrida de Valdefresno sea la peor de lo que llevamos de feria y de muchas ferias. Pero la enfermedad no es de este hierro, sino que está contagiada por los cuatro puntos cardinales del campo taurino. Con varias corridas como la de ayer, tan inválida, mansa, descastada y birriosa, se acaba la fiesta; y se acabará porque no habrá alma humana que aguante tamaña decepción y tan profundo aburrimiento.

Lo curioso es que nadie investigue la causa del mal. Ni la autoridad, ni la Unión de Criadores, ni el ganadero afectado. Ni siquiera hay lamento. Ha salido mala y esperamos que la siguiente sea mejor. Y ahí finaliza la investigación.

Pero quedan muchas preguntas. ¿Estaba la corrida enferma? ¿Alguna comida o bebida le habría sentado mal? ¿Es un problema de selección?

Una ganadería es un coto cerrado y los manejos del ganadero son piezas secretas de la tauromaquia. ¿Cuáles son los métodos de selección de este ganadero y de este otro? ¿Por qué no existe un organismo que los supervise? ¿Por qué no hay unas normas precisas para el sector? ¿Por qué el presente y el futuro de un tesoro de la zootecnia de este país como es el toro está en manos exclusivamente privadas en un momento en que sufre un grave peligro de extinción?

No se entiende casi nada de esta fiesta; y, mientras tanto, continúa cayendo por el precipicio de la degeneración entre el silencio cómplice de todos los responsables y la desesperación de quienes pasan por la taquilla.

La corrida en la que participaron Luque, Fortes y Leal fue insufrible; y bien es cierto que no por responsabilidad de los toreros, que poco tuvieron que ver, con toda seguridad, en la elección de los toros. Pero a los tres, —los toreros— los llevaron al matadero y los despachos les pasarán factura por la tarde en blanco que dejaron pasar en San Isidro.
Luque está en horas bajas profesionales. Nadie cuenta la verdad, pero parece que son múltiples las causas que han llevado a este torero de tocar la cima con la yema de los dedos a enfangarse en el olvido. No tuvo toros para demostrar nada —y cuánto tenía que demostrar para volver a empezar— y su expediente no cuenta con ningún apunte positivo y no por su culpa.

Fortes venía a corroborar la buena impresión que dejó el pasado día 16, lo intentó de veras, se arrimó, se cruzó, trazó algún muletazo más que estimable, pero no pudo ahormar faena. Lo mejor, en su primero, tres naturales de rodillas, una tanda de aceptables redondos y mucho valor frente a un toro inservible. El quinto no tenía un pase.

Juan Leal no tenía más remedio que jugársela, y demostró valor ante un primer toro incierto y brusco. Se dio un arrimón junto a las tablas, se empeñó en dar circulares entre las protestas de parte del público y su intención no resultó meritoria. Una birria resultó ser el sexto, quiso torearlo sin éxito y a poco se lleva una cornada.

VALDEFRESNO / LUQUE, FORTES, LEAL

Toros de Valdefresno-Fraile Mazas, —el primero, devuelto—, justos de presentación, mansos, sosos y descastados. El sobrero, de Adelaida Rodríguez, lidiado en cuarto lugar, devuelto; segundo sobrero, de Carriquiri, muy manso y descastado.

Daniel Luque: estocada (silencio); dos pinchazos, estocada —aviso— y dos descabellos (silencio).

Fortes: estocada —aviso— y dos descabellos (palmas); casi entera caída, un descabello y el toro se echa (silencio).

Juan Leal: media atravesada —aviso— y un descabello (ovación); pinchazo y estocada (silencio).

Plaza de Las Ventas. Decimotercera corrida de feria. 23 de mayo. Más de media entrada. Se guardó un minuto de silencio en memoria de las víctimas del atentado de Mánchester.

Publicado en El País 

Feria de San Isidro: Colombo vino a ganar


Montecillo / Colombo, Aguado, Serna

Novillos de Montecillo, correctamente presentados, mansones, con movilidad y nobleza. El cuarto, bravo, fiero y encastado.

Jesús Enrique Colombo: pinchazo y estocada (ovación); estocada —aviso— (petición mayoritaria de oreja y vuelta).

Pablo Aguado: bajonazo en los costillares y estocada —aviso— (silencio); estocada (ovación).

Rafael Serna: estocada (silencio); media atravesada y tres descabellos (silencio).

Plaza de Las Ventas. Duodécimo festejo de feria. 22 de mayo. Tres cuartos de entrada (18.162 espectadores).

Por Antonio Lorca.

El venezolano Jesús Enrique Colombo se presentaba en Las Ventas, y llegó dispuesto a dejar huella. Vino a ganar, y no paseó una oreja porque el presidente, Javier Cano, se la negó injustamente. Su actuación ante el cuarto novillo, bravo en el caballo, alegre en banderillas y fiero y encastado en la muleta, fue un derroche de pundonor, de vergüenza y de arrojo. No realizó la faena que el animal merecía, pero fue encomiable su actitud. Pecó de celeridad, no es un exquisito, le falta el sello artista, pero le sobró disposición, valor y compromiso con su alta responsabilidad.

Recibió al novillo con verónicas muy estimables, se jugó el tipo con las banderillas y colocó un gran segundo par después de aguantar un arreón tremendo del animal, y trató de frenar con la muleta el vendaval de embestidas, preñadas de movilidad y fiereza.

No era fácil triunfar con un novillo así. Se plantó firme en la arena, no fue capaz de ahormar la faena soñada, pero concitó la atención de los tendidos por su decisión valerosa. Tres bernardinas ceñidísimas y dos pases de pecho dieron paso a una estocada y una mayoritaria petición que el presidente ignoró.

Se lució también a la verónica con el que abrió plaza, que solo aguantó tres tandas antes de negarse a embestir de manera definitiva. A Colombo le faltó reposo y conocimiento; y sentimiento, también, pero esa condición solo está al alcance de unos pocos.

En suma, Jesús Enrique no pasó desapercibido. Se llevó al hotel un par de porrazos fruto de su arrojo, y también la satisfacción de una tarde meritoria. Así debe venir un torero a Madrid.

Caso contrario fue el de los sevillanos Pablo Aguado y Rafael Serna. La impresión que ofrecieron es que venían a no perder, y fracasaron.

A Aguado se le vio desorientado, sin ideas, despegado y desconfiado ante su primer novillo, que no era un bombón, pero tampoco un novillo intoreable. Dio muchos pases sin mando, y la impresión es que estuvo muy por debajo de lo esperado. Salió a por todas en el quinto, se lució con el capote por verónicas, un galleo por gaoneras y en un quite por chicuelinas, pero no dijo nada ante la noble e incansable embestida de su oponente.

Y su compañero Serna pasó desapercibido en su primero, un novillo noble y con calidad, y mostró excesivas precauciones ante el complicado sexto.

¿Y los novillos? Muy interesantes, nada bobos, mansones a excepción del cuarto, nobles y con las orejas colgando para novilleros dispuestos a ganar.

La corrida de hoy

Toros de Valdefresno-Fraile Mazas, para Daniel Luque, Fortes y Juan Leal.



Fuente: El País