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Papanatismo, secretismo, despotismo y mafia en la tauromaquia moderna

Juan del Álamo, triunfador en San Isidro de 2017, ausente de las primeras ferias.JAVIER LIZÓNEFE.

Por ANTONIO LORCA.

La fiesta de los toros está enferma de papanatismo (admiración excesiva), secretismo (ausencia de transparencia), despotismo (abuso de superioridad), mafia (defensa de intereses sin escrúpulos)… (y miedo, también, mucho miedo de los toreros fuera del ruedo).

Dicho así, a bote pronto, suena como muy fuerte, y hasta poco elegante; casi como una desfachatez en estos tiempos buenistas que corren.

Pero como la opinión es libre, habrá que permitir que alguien saque los pies del tiesto y suelte una boutade a la que, ciertamente, la tauromaquia no está habituada.

Pongamos que hablamos de la fiesta de los toros en el siglo XXI; refirámonos, por ejemplo, a Sevilla, la Feria de Abril, uno de los dos ciclos taurinos más importantes del mundo. Pero hagámoslo por la cercanía en el tiempo, —los carteles se presentaron el pasado lunes—, pues lo que ocurre en este sur se mimetiza en todo el orbe taurino.

Las ferias las diseñan las figuras, que son las que de verdad mandan en la fiesta

Se anuncian, he ahí, 15 corridas de toros, confeccionadas con los mismos criterios de siempre, con abundancia de figuras que huelen a naftalina, y ganaderías tan ennoblecidas que suelen transmitir más ternura que respeto. Carteles remataos, se dice en el argot, como un justificable y vacío eufemismo de ternas acomodadas,cansadas de fracasar en tardes ya olvidadas y desesperantes a la búsqueda infructuosa de un colaborador artístico de capa negra y santas intenciones. Ni una sola novedad, ni un solo giro en el guion establecido, ni una gesta, ni una sola sorpresa… Carteles de siempre, que cada año, a la vista está, atraen a menos espectadores…

¿Alguien protesta? No, por Dios; son carteles de los que siempre han gustado en Sevilla. Carteles de arte, del ‘¡bien…! más que del ¡ole!’, de la sonrisa complaciente más que de la emoción desbordante. Pero ahí queda en el desierto la máxima de Ortega (y Gasset): “El día que la estética prevalezca sobre la épica, la fiesta se habrá acabado”. En fin, que Sevilla sufre en el caso taurino, como en tantos otros, un papanatismo preocupante.

Pregunte, pregunte lo que desee, y tenga la seguridad de que solo encontrará medias verdades. ¿Por qué no viene Paco Ureña? (valga el ejemplo), ‘porque se le ofreció una buena corrida y prefería otra’. Ah! Pero… No, no hay más explicación. Y vas y le preguntas al torero y prefiere no responder. Rumorea twiter que la clave es que le han ofrecido menos dinero que en 2016, pero mejor no volver a preguntar porque la incógnita se evanescerá sin respuesta. ¿Y la ausencia de Rafaelillo? Silencio. Se dice entre bastidores que pidió 30.000 euros por matar la corrida de Miura, y le han respondido con un lacónico ‘¡vamos, hombre…! El propio mentor de Cayetano, otro ausente, ha afirmado que a su torero le ofrecieron cuatro o cinco corridas, pero no la que él soñaba. ¿Cuáles? ¿Cuál? Nunca se sabrá.

El empresario -este o cualquier otro- no cuenta la verdad, los toreros guardan silencio, se esquivan cuestiones candentes… de modo que no te enteras de nada. Y de dinero, ni hablamos. Secreto de estado. Es de mal gusto. Y se supone que el cliente tiene derecho a saber por qué un tendido en la Maestranza cuesta un riñón. Secretismo total.

Es evidente, además, que las ferias -la de Sevilla, también- la diseñan las figuras, que son las que, de verdad, mandan en la fiesta. Pero figura no es solo el torero reconocido por la mayoría, sino aquel que está apoyado por una empresa influyente. Empresas y figuras hacen y deshacen carteles, acuden con sus toros de la mano, dejan fuera a los compañeros incómodos, —nadie pregunta a los clientes—, y defienden en exclusiva sus intereses. ¿No son muchas cuatro corridas en el abono sevillano para Roca Rey y Manzanares? Pudiera ser, pero es que el primero está apoderado por la empresa Pagés y el otro por el todopoderoso Matilla. ¡Ahora se entiende…!

Jesús Enrique Colombo es un novísimo matador de toros que el año pasado, aún novillero, fue el triunfador absoluto en Madrid y en todas las plazas en las que actuó. Pues no está ni en Castellón, ni en Valencia, ni en Sevilla. ¡Y lo apodera Juan Ruiz Palomares, el hombre que gestiona la carrera de Enrique Ponce! Caso parecido es el de Juan de Álamo, triunfador en San Isidro 2017 y ausente, también, de las primeras ferias. ¿Por qué? No se sabe. La justicia no es un valor consustancial a la fiesta de los toros.

La Feria de Sevilla es un claro ejemplo -no el único, claro- de abuso de autoridad (despotismo) de las empresas y figuras.

Todos ellos ofrecen, por cierto, una deprimente imagen; parece que actúan convencidos de que el negocio se acaba y hay que recoger las últimas migajas. Parecen hacerlo de espaldas a la modernidad, a los intereses de los clientes, con las mismas fórmulas de siempre, a pesar de las luces de alarma que indican peligro de desaparición. Desprecian al toro y a los que pasan por taquilla; por eso, escasean la bravura y la fortaleza, y cada vez luce más el cemento en las plazas. Coge el dinero y corre, parece ser el mensaje. En fin, que componen un grupo extraño -muy extraño- que tiene sentido mientras existan antitaurinos y animalistas a los que culpar de la depauperada situación de la tauromaquia.

Y unas perlas finales:

La primera:

A veces, muchas veces, hablar con una figura de toreo es tarea imposible. Pero, ¿no habíamos quedado en que hay que enseñar la tauromaquia? Y si consigues hablar, la evasiva constante es la protagonista del diálogo, lugares comunes, balones fuera… Y constatas el miedo a la sinceridad para no molestar. “Entiende, por favor, que yo no quiera entrar en esos temas”. Y te lo dice un héroe al que has visto jugarse la vida ante dos pitones como puñales, y resulta que se empequeñece cuando piensa en un empresario de medio pelo. Y te convences, claro está, de que algo no funciona.

Y la segunda:

La tradición, la maldita tradición… Esa ley no escrita, pero taladrada en las conciencias de tantos taurinos… ¡No hay nada que cambiar, porque las cosas siempre se han hecho así! Pero el mundo sigue adelante, evoluciona, cambia y exige nuevos planteamientos que no llegan.

Mientras tanto,… el papanatismo, el secretismo, el absolutismo y la mafia seguirán mandando en la tauromaquia moderna.

Publicado en El País

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El toro de lidia moderno es un atleta abrumado por el estrés y la obesidad

'Cetrero', toro de El Ventorrillo, lidiado en Las Ventas el pasado 12 de mayo. PLAZA 1.

Por Antonio Lorca.

“El toro de lidia es un atleta agobiado por el estrés y fatigado por la obesidad. Está acostumbrado a vivir en libertad y todas las faenas que se le realizan hasta su salida al ruedo le afectan mentalmente. Sufre una excitación profunda desde que sale de su entorno natural. Y está superalimentado porque se le exigen muchos kilos en la plaza. Casi todos sufren de sobrepeso, y ese es el origen de muchos problemas”.

Los que así opinan son dos veterinarios del toro bravo: Juan Miguel Mejías (Las Navas de la Concepción, Sevilla, 1948), una reconocida autoridad que desde hace 42 años dedica media vida a la clínica, la cirugía y la reproducción en el quirófano abierto de la dehesa brava, y Francisco Herrera (Sevilla, 1963), veterinario de la plaza de la Maestranza desde hace 25 años.

Ambos se sienten rendidos ante la presencia de “un animal emblemático de nuestra cultura, y probablemente el más cuidado y mimado que existe en el mundo”, según el primero, y ante “el sol del universo animal, el más brillante y el de más solidez”, en opinión de Herrera.

“Es un animal prehistórico que vive gracias a la lidia”, recalca Mejías; “muy armónico, de una belleza extraordinaria y condiciones físicas excepcionales, que se mantiene desde el bos taurus primigenio, porque lo único que se ha modificado ha sido su comportamiento, pero no su constitución”.

“Para mí, es una mezcla de bravura y nobleza, cualidades que se complementan para que sea posible un espectáculo fabuloso en el ruedo”, añade Herrera.

Pero los dos expertos hacen hincapié en el intrincable misterio del toro bravo, de cómo su éxito o fracaso en el ruedo dependen de mil variables, entre las que destacan los gustos del público, las exigencias de los toreros y la quimera del ganadero.

“El toro es, sin ninguna duda, una joya de nuestro patrimonio genético, pero también es consecuencia de los cambios que se han marcado en el laboratorio de la selección”, afirma Mejías. “Todos los animales, de un modo u otro, son producto de la manipulación del hombre para aumentar, por ejemplo, la producción de carne o de leche, pero en el toro se buscan cualidades para definir un carácter que se acomode en cada momento al espectáculo”.

Ambos están de acuerdo en que el toreo artístico de hoy obliga a profundos cambios en el comportamiento del animal; el toro se debe someter a un durísimo examen en la plaza: que sea bravo y noble, encastado y fuerte, que repita en la embestida, que dure tres tercios, que empuje en el caballo, que humille y tenga recorrido en veinte tandas de muletazos, que mantenga la boca cerrada, y que no muja ni escarbe ni recule a las tablas.

Esa es la selección, sobre la que los dos expertos veterinarios no tienen duda a la hora de esbozar una definición: es el gran misterio de la tauromaquia.

“Es muy fácil, relativamente”, asegura Mejías, “que una vaca produzca 40 litros de leche, porque es un objetivo mensurable, pero lo que no se puede medir es la bravura, la casta o la nobleza; con los toros pasa como con las personas: del mismo padre y madre nacen hijos ejemplares y algún que otro marrajo”.

“La selección es un milagro de la naturaleza”, en opinión de Francisco Herrera. “Lo que consiguen los buenos ganaderos”, continúa, “es que un animal primitivo sea un atleta con capacidad para afrontar el duro examen de la lidia actual”.

“Es verdad ese dicho de que todos los animales se parecen a su amo”, tercia Juan Miguel Mejías.

– ¿Pero quién manda en la selección: el ganadero, el torero, el público…?

– “Todos”, responde el veterinario de Las Navas; “el ganadero selecciona según los gustos de las figuras y del público; y hoy se pretende que el toro dure, repita y humille. Así es el toreo moderno, y no hay que olvidar que antes se lidiaba y hoy se torea”.

“Llamo la atención de que hablamos de ‘público’ y no de aficionados”, interviene Herrera. “Y son dos concepciones muy distintas de la fiesta; hoy se aplaude todo y se ha rebajado la exigencia. Todo ha cambiado mucho. Incluso parece que duele más una cornada a un caballo de picar que a un torero; con eso está dicho todo”.

“El toro no está creado para comer piensos compuestos que lo engorden”

“Creo que se le está quitando más picante de la cuenta al toro, y este animal debe transmitir sensación de peligro”, aclara Mejías. “Existen unos límites muy finos entre bravura y nobleza, y, si esta es excesiva, el toro se para, y, por el contrario, la bravura puede derivar en genio agresivo”, afirma Herrera.

– Hay quien mantiene que el toro es un bovino que tiene tendencia a huir ante el peligro.

– “No estoy de acuerdo”, responde Mejías. “Los rumiantes comen con rapidez para esconderse de sus depredadores, pero no es el caso del toro. Este animal pelea y se vuelve hacia el picador en el tentadero a campo abierto. Es valiente y se defiende atacando; pero, como ocurre con el ser humano, también hay toros cobardes y mansos que huyen ante el acoso”.

Juan Miguel Mejías y Francisco Herrera vuelven una y otra vez sobre un asunto capital en la tauromaquia moderna: el peso. Y los dos insisten, además, en la importancia del estrés en el comportamiento del toro en la plaza.

“El toro está muy bien alimentado; yo diría que está superalimentado”, afirma Mejías.

“El animal come de lo que crece en el campo hasta que cumple los dos años”, continua; “y a partir de entonces se le alimenta fuerte porque se le exigen muchos kilos en la plaza”.

Los piensos compuestos son un concentrado de cereales y leguminosas, con un adecuado porcentaje de proteínas e hidratos de carbono, en opinión de los dos veterinarios, aunque estiman que todos los toros están por encima -50 o 60 kilos- de su peso ideal, “lo que supone una fuente de problemas”.

“El toro no está creado para comer piensos compuestos”, opina Mejías, “sino de lo que produce el campo, y si el ganadero mueve mucho a los toros, no engordan, y, si no ganan kilos, no son aprobados por los equipos presidenciales de las plazas; es decir, un círculo vicioso”.

La experiencia de Francisco Herrera como veterinario de la plaza de Sevilla es muy esclarecedora.

“A veces, vemos en el campo los toros anunciados para la Feria de Abril y comprobamos que les falta ’remate’ (kilos), y la solución es que coman y no corran durante un tiempo, porque el público quiere ver toros lustrosos con más de 500 kilos”.

“Pero hay un problema”, según Mejías. “En primer lugar, -aclara-, el toro bravo es un animal hipométrico (pequeño) dentro de su especie, y, después, el toro debe tener el peso que su condición de atleta requiere; si lo mueves durante un año y lo paras veinte días antes de su lidia, el toro sale al ruedo con agujetas”.

Y el estrés.

“Un toro se pasa cuatro años libre en la dehesa, y, de pronto, se ve fuera de su ambiente, en lugares extraños, el cajón, el viaje en camión, los corrales… y esos cambios le afectan mucho”, en opinión de Mejías. “Ves a los toros el día del embarque y no parecen los mismos en la plaza. Si no comen ni beben durante un día puede llegar a perder 60 kilos, si se tiene en cuenta que pueden beber 50 litros de agua, y comer unos 8 kilos de pienso y 6 o 7 kilos de hierba”.

– ¿Y ustedes suelen comer carne de toro?

– “Sí. Y sabe igual que la de otro bóvido si se ha sacrificado en el matadero; si el animal ha muerto en la plaza requiere de una maduración distinta, tiene menos grasa y es más dura, pero su sabor es excelente”.

– ¿Y creen, cono se dice, que el rabo de toro que se consume es, en su mayoría, rabo de canguro?

– “Me río”, comenta Mejías, “porque tanto rabo de toro no hay”.

– “No me lo creo”, termina Herrera, “porque sería un fraude impropio del prestigio reconocido de la sanidad alimentaria española”.

– Por cierto, ¿qué se perdería si desapareciera la fiesta?

– “Desaparecía el toro, porque como producción ganadera es totalmente antieconómico”.

Publicado en EL PAIS

Innovación, sueños y fantasía, propósitos taurinos para el año 2018

Plaza de la Real Maestranza, en tarde de feria. MARCELO DEL POZO REUTERS.

¿Será capaz algún empresario de sorprender al mundo del toro con una chispa de locura?

Por ANTONIO LORCA.

Echas un vistazo a la relación de ganaderías contratadas para la Feria de Abril de 2018 y se te cae el alma a los pies.

Se te ocurre ir al cine a ver la película Ferdinand, el toro, y sales con la moral por los suelos al comprobar cómo disfrutan los niños, más que probables antitaurinos del mañana.

Repetir en la Feria de Abril las ganaderías de 2017 suena a escasez de ideas y suicidio económico

Lees las entrevistas que algunos portales taurinos han realizado a las figuras para hacer balance de la temporada pasada y sorprende el continuo autobombo, las justificaciones y parabienes, sin un solo atisbo de autocrítica medianamente seria.

Repasas el escalafón de matadores de toros y, con muy contadas excepciones, son los mismos de ayer, de anteayer y los mismos de años pasados.

Hablas con aficionados de verdad, de esos que tienen el veneno del toreo circulando por sus venas, y muestran un triste desencanto por tantos toreros aburridos y comodones, por esos empresarios que parecen desconocer lo que es la modernidad y actúan como en la época en la que las plazas se llenaban solas, por los toros inválidos, descastados, criados para la desesperación… Aficionados desencantados por una rutina desesperante.

Esperabas, quizá ingenuamente, que el nuevo presidente de la Fundación del Toro de Lidia, Victorino Martín, presentara sus cartas credenciales ante la sociedad con una reflexión profunda, valiente y acertada sobre el momento difícil que atraviesa la fiesta, y resulta que se ha limitado a enviar una carta al director general de Canal Sur para agradecerle que mantuviera a Manuel Díaz El Cordobés como presentador de las campanadas de Nochevieja y no cediera a las presiones de los antitaurinos. Pues, muy bien.

Te paras a pensar un momento y te asusta el silencio del invierno. Los que pueden, cruzan el charco, aterrizan en las Américas y lidian —es un decir— novillos infames en plazas de renombre que hoy no son más que el triste recuerdo de un glorioso pasado.

Los que aquí se quedan descansan después del ajetreo, hacen liquidaciones, generalmente irrisorias, se pierden en la niebla o se refugian en el campo, y esperan, pacientes, a que pase el temporal, con la secreta esperanza de que todo siga igual, y comience otra temporada que, al menos, se asemeje a la anterior.

Y por si fuera poco, ¡los antitaurinos…!, que parecen multiplicarse y presionan con renovadas fuerzas desde todos los frentes.

No es que todo sea de color oscuro; seguro que hay toreros, pocos y realmente convencidos -pero con la boca cerrada- de que el camino de la fiesta no es el más adecuado para su supervivencia futura; seguro que en las dehesas hay toros rebosantes de casta, bravura, nobleza y fortaleza, aunque la mayoría —ante el rechazo radical de los veedores de los toreros— encuentre su destino en los festejos populares; y, sobre todo, quedan aficionados dispuestos a pasar otra vez por taquilla con la esperanza de que una tarde inesperada surja la chispa entre un toro y un torero, y entre ambos se produzca el misterio de la emoción.

Así las cosas, ¿cuáles podrían ser los propósitos del nuevo año? Más que propósitos, los deseos para la temporada de 2018. Quizá, la fiesta pudiera ser distinta con unas pocas gotas de innovación, algunos sueños y un detalle de locura en forma de fantasía que devolvieran la sonrisa a más de uno.

No debe ser cosa fácil, hoy por hoy, ser empresario de La Maestranza, lejanos los tiempos de la bonanza económica y taurina, con la presión desbordante y el ‘chantaje’ de las figuras que imponen ‘sus’ toros o amenazan con el olvido, con el abono en los huesos, la ausencia más que injustificada de Morante y un público veleidoso con el torerismo.

Pero repetir las ganaderías de la Feria de Abril de 2017 con la única novedad de La Palmosilla, que sustituye a los toros de Daniel Ruiz, no es de recibo. Las mismas de siempre, las que imponen los toreros que mandan. ¿Pero no deben mandar los clientes? ¿Por qué no se les pide opinión? La propuesta sevillana suena a escasez de ideas, a entreguismo y a suicidio económico. La mortecina afición de Sevilla necesita un revulsivo, una novedad, un acicate para volver a los tendidos, y a la empresa solo se le ocurre tirar la toalla. Mala cosa… No hay que olvidar que el empecinamiento en el error solo produce nuevos errores.

¿Y Madrid? ¿Encerrará San Isidro alguna fantasía del empresario francés o volverá a limitarse a anunciar treinta festejos en los que la indiferencia supere con creces a la expectación?

Sería deseable, por otra parte, -urgente e imprescindible, más bien- que las figuras actuales se decidieran a romper la burbuja que las aísla de la realidad y se enfrenten, de una vez por todas, a los verdaderos y acuciantes problemas que sufre la fiesta de los toros. Basta ya de tanto razonamiento insulso, vacío, falso y ególatra para justificar un espectáculo que se desliza por un resbaladizo precipicio.

Por cierto, ¿cómo es posible que un torero con 28 años de alternativa siga encaramado en la cabeza del escalafón y para muchos represente el summun de la torería actual? Olé por el artista, pero algún mal, y muy grave, padece esta fiesta para que así sea. O fallan los toros o fallan los aficionados. O el sistema.

¿Cuándo los que dirigen el negocio comprenderán que hay que dar paso a los toreros nuevos, más allá de Roca Rey y Ginés Marín? ¿Cuándo caerán en la cuenta de que los nombres de quienes ocupan los puestos más relumbrantes de las ferias suenan a rancios?

Y Victorino, la gran esperanza blanca, debe saltar al ruedo cuanto antes y cantar a los cuatro vientos sus propuestas rompedoras para que este enfermo recupere el aliento y vuelva en sí con posibilidades de recuperación.

¿Algún empresario, por último, será capaz de liarse la manta a la cabeza y asombrar al mundo con una chispa innovadora en lo referente a toros y toreros?

Ojalá algún taurino -torero o empresario- se vuelva loco y sorprenda a todos con una fantasía; pero hay que dudarlo, porque todos parecen muy cuerdos, empeñados en la pícara defensa de sus intereses más cercanos.

Publicado en El País 

La conmovedora, tierna, sensiblera y mentirosa historia del toro Ferdinand


Por ANTONIO LORCA.

Uno de enero de 2018. Seis de la tarde. Cientos de niños, kilos de palomitas y litros de refrescos abarrotan una amplia sala de un multicine sevillano. Todos han acudido a la llamada de Ferdinand, una película americana, adaptación animada por ordenador de un cuento del escritor Munro Leaf, publicado en 1936, que cuenta la historia de un toro bravo, que, en lugar de pelear, prefiere oler las flores del campo. En su día fue un éxito editorial, el texto fue traducido a sesenta idiomas, y se convirtió en un símbolo pacifista, contra el espíritu militar de la época (un animal que se niega a luchar), de tal modo que el texto, considerado subversivo, fue prohibido en la España franquista y en la Alemania nazi.

Ahora, Carlos Saldanha, director brasileño, ha convencido a la 20th Century Fox para que invierta más de 100 millones de dólares en una nueva versión del toro bravo por fuera, tierno por dentro, y la obra también ha sido preseleccionada para los prestigiosos premios de Hollywood.

¡Psss…! (‘Silencio, niños, que comienza la peli…’) Las tenues luces dejan paso a la penumbra, y la gran pantalla se ilumina con la imagen del simpático toro de ojos azules. ¡Psss…!

Una verde dehesa circunda lo que parece un cortijo andaluz, en uno de cuyos corrales juegan unos becerritos; entre ellos aparece el pequeño Ferdinand, que sostiene un cubo de agua en la boca. A duras penas mantiene el equilibrio por las travesuras de sus compañeros hasta que consigue su objetivo: regar un geranio que cuida entre las burlas de sus hermanos de camada.

Un camión de transporte de ganado llega a la finca; el padre de Ferdinand es el toro elegido para la lidia. “Voy a pelear por la gloria en el ruedo”, le dice todo orgulloso al ternero. “Yo puedo ser campeón sin tener que pelear”, contesta Ferdinand. “Ojalá fuera así el mundo”, replica el progenitor antes de partir hacia la plaza, con la promesa de volver triunfador.

Un compungido Ferdinand ve cómo uno de sus amigos aplasta su geranio, y, por la noche, comprueba que vuelve el camión, pero sin su padre. Embargado por la tristeza y la rabia, decide escapar de la finca, y es adoptado por un agricultor y su hija, que lo convierten en su amigo y mascota. Ferdinand y la niña disfrutan del campo, huelen las margaritas, corretean y duermen juntos. Desde su nueva casa, el becerro otea el Tajo de Ronda, y cada año acude con la familia a la ciudad con motivo de la feria de las flores.

Pasa el tiempo, Ferdinand crece, ya es un toro adulto y voluminoso, y, a pesar de la negativa de sus dueños, decide seguirlos hasta la ciudad malagueña, que luce en fiestas, plagada de guirnaldas y colorido. El picotazo de una abeja en el trasero del animal desata el mayor estropicio jamás visto en Ronda. Ferdinand corre despavorido, arrasa los puestos de flores y adornos, asusta a los vecinos, (“Creen que soy una bestia”, dice a su pequeña amiga), y destroza la feria hasta que, finalmente, es atrapado y trasladado de nuevo a la ganadería donde nació.

Entran en escena el ganadero, gordinflón y con mala pinta; una cabra charlatana e hiperactiva, que hace las veces de cabestro pero mantiene aspiraciones de ser entrenadora de toros bravos; el maestro,torero ególatra, feo, antipático y chabacano, los ‘hermanos’ de Ferdinand, toros ya preparados para la lidia, y unos caballos bailarines y afeminados.

El maestro busca el mejor toro para el mejor torero. Ferdinand, delicado y tierno, repite: “Yo paso de la violencia”, “No soy una máquina de matar”, “No soporto la sangre”; y sus amigos le replican: “Si no quieres acabar en el matadero, embiste”. Y los caballos apuntillan mientras brincan: “No te maltratan por ser diferente, pero eres un toro”. Por un equívoco fatal, el torero elige a Ferdinand y envía al matadero a dos compañeros de correrías.

Los niños que hoy acuden a los cines son los antitaurinos de mañana

Pero el protagonista está decidido a no luchar e intenta de nuevo la huida; ayudado en su propósito por unos erizos y la cabra parlanchina, todos atraviesan una habitación donde reposan las espadas del torero, una foto de su padre y pitones de toros lidiados a modo de trofeos: “El toro nunca gana”, musita.

Y decide liberar a sus hermanos condenados a morir en el matadero.

Trepidante es la acción para rescatar a sus amigos, y temerario y cargado de peripecias el traslado a la finca (un error de cálculo los conduce a Madrid) de todos los animales a bordo de un camión robado y conducido por los erizos, seguidos a poca distancia por el ganadero y vaqueros del cortijo, dominados por la furia.

La estación de Atocha y su intrincado laberinto de vías es el escenario de una vibrante persecución que acaba con la liberación definitiva de los animales amigos a bordo de una plataforma enganchada a un tren en marcha hacia Andalucía, y la detención de Ferdinand, que es conducido a la plaza de Las Ventas, abarrotada de público, para ser lidiado por ‘el maestro’.

Aterrorizado pisa Ferdinand la arena madrileña. Se resiste a pelear, no acude al caballo ni permite que le coloquen banderillas; se comporta como un toro manso, lanza al torero al callejón, le roba la muleta y es el toro el que torea al maestro entre el jolgorio de los asistentes. Cuando Ferdinand ve que su oponente monta la espada de matar, se sienta en la arena, alguien tira un clavel y pide el indulto.

Llueven las flores, Ferdinand las huele y rememora la dehesa rondeña. Le perdonan la vida, la niña que lo había adoptado como amigo y mascota se lanza al ruedo y los dos se funden en un abrazo mientras la plaza estalla en una emocionada ovación.

Ferdinand vuelve al campo con sus amigos y recupera su añorada vida bucólica en la verde pradera rondeña.

The End. Se acabó. Se encienden las luces, y ahora son los niños los que espontáneamente aplauden la hazaña de Ferdinand.

Se te queda cara de bobo porque la peli es una pasada artística, un divertimento total para chicos y mayores, que hace reír, llorar, gozar y te emociona de principio a fin.

Qué pena que Ferdinand sea una mentira como una catedral; que triste que, una vez más, se manipulen mensajes tan válidos como el amor y el respeto a los animales para intentar engañarnos a todos.

Ferdinand no quiere ser un toro; no es un toro; renuncia a su naturaleza animal. Es un ser humano que, como la inmensa mayoría, detesta la violencia y añora la paz.

Ferdinand rechaza su destino de toro bravo, como si la gallina pudiera renunciar a poner huevos, el perro a andar a cuatro patas o el león a perseguir y devorar al ñu. El mensaje de la película es profundamente antinatural.

Ferdinand dice no al matadero y no a la lidia, supuestos sinónimos del maltrato. Y el paso siguiente sería la total desnaturalización de la sociedad actual.

Lo más grave no es que los niños que abarrotaban el cine sevillano sean los antitaurinos de mañana; lo peor es que la manipulación les lleve a la ignorancia. Si no quieren ser aficionados a los toros, que no lo sean; pero que no los engañen: un toro bravo es un animal y no una persona.

En fin, que en aras del malévolo buenismo imperante, la película Ferdinand es una preciosa, tierna, sensiblera y mentirosa historia.

Publicado en El País 

El toro, por los cuernos: ¿Imaginan a Roca Rey y Ginés Marín lidiando toros de todos los encastes?

Roca Rey, en la plaza mexicana de Aguascalientes, el pasado 23 de abril. MARIO GUZMÁN – EFE.

Al torero José Tomás hay que recordarlo por lo grande que fue y no por lo que es ahora.

Por ANTONIO LORCA.

El autor del titular de este texto es un aficionado taurino y usuario tuitero que se hace llamar Domingo López Ortega, nombre original del desaparecido maestro de Borox, Domingo Ortega.

Hace unos pocos días, sorprendía en las redes sociales con esta pregunta que encierra una bomba de relojería en el mundo de los toros. Unas pocas palabras que servirían para poner patas arriba el escalafón, motivar a los aficionados y volver como un calcetín la aburrida y desesperante tauromaquia del siglo XXI.

En otras circunstancias, un mensaje de twiter de estas características hubiera provocado una encendida polémica, pero no ha sido así. No más de 13 retuits y 38 ‘me gusta’ es el pobre balance de su paso por las redes sociales. Es la consecuencia de una tauromaquia anestesiada y una afición desalentada. ¡Da igual quién toree, qué más da…! Todos los toreros son iguales, se anuncian con las mismas ganaderías, hacen idénticas faenas; no se les distingue, son aburridos… Quizá, por eso, -aunque no solo por esa razón- la fiesta de los toros no interesa lo suficiente; quizá, sea esa la causa por la que muchos aficionados han desertado; quizá, sea uno de los motivos principales de la actual crisis taurina.

Volvamos a la pregunta tuitera: ¿Imaginan a Roca Rey y Ginés Marín lidiando toros de todos los encastes? Es más: ¿Imaginan que un grupo selecto y representativo de los toreros emergentes decidiera rebelarse contra el sistema y liderara un cambio radical de las muy antiguas, inamovibles e inservibles estructuras taurinas que están propiciando la erradicación del espectáculo taurino?

No hay colectivo más rancio y conservador que el de los jóvenes toreros modernos

Inimaginable, impensable, imposible; pura ciencia ficción…

No hay colectivo más rancio y conservador que el de los jóvenes toreros modernos. Pero no por su culpa, por dios, sino porque se amamantan desde niños a los pechos de personajes prehistóricosos, ajenos casi todos al siglo XXI, que piensan y actúan como nuestros abuelos, y jamás se plantean que la tauromaquia se encuentra ante la dramática disyuntiva de su inmediata actualización o su inevitable muetre.

Un torero emergente de hoy, -uno con serias posibilidades de ser figura-, solo estudia una asignatura al margen de la técnica ante el toro: ser un día como sus mayores, hacer el paseíllo con ellos, refugiarse en hierros ganaderos fiables (más nobles y cómodos, se entiende), y estar presente en las principales ferias, aunque los cosos no se llenen. Y se acabó.
Ni a Roca Rey y Ginés Marín -ni a ninguno de sus compañeros de promoción- se les ocurrirá ni por ensueño lidiar por voluntad propia una corrida que no esté considerada ‘de garantía’; pero no solo en Sevilla o Madrid, sino en todas las plazas donde se anuncien. Para eso han triunfado, precisamente, para lidiar toros más bonancibles que fieros, más descastados que bravos y más inválidos que poderosos ante públicos generosos y triunfalistas, más preocupados por conceder orejas e indultos que por la emoción que desprenden un toro y un torero de verdad.

Hay que estar poco cuerdo para imaginar, siquiera, que algún nuevo matador de toros se plantee modificar costumbres ancestrales, cambiar las obsoletas estructuras que mantienen la fiesta, y enfrentarse a los que mandan para hacer un espectáculo nuevo, diferente y emocionante.

Definitivamente, ni Roca ni Marín lidiarán un encaste que no haya contrastado su continuada benevolencia, y nunca pensarán que la búsqueda permanente de comodidad es uno de los peores males de la fiesta. Tanto ellos, los jóvenes, como los veteranos, todos los toreros, viven en una burbuja que los aísla y los separa del mundo real. No hay más que hablar con cualquiera de ellos. Oyes a un chaval que no ha cumplido los veinte años y parece que está hablando un viejo.

Si sus mayores -los experimentados taurinos- no se plantean la necesidad urgente de establecer un nuevo modelo, si no se preocupan por averiguar de verdad cuáles son los puntos fuertes y las carencias de la fiesta, si carecen de sensibilidad para fomentar la afición perdida, y son incapaces de motivar a los jóvenes, no lo van a hacer los que acaban de llegar.

En fin…

La pregunta completa del aficionado Domingo López Ortega era la siguiente: “¿Te imaginas a Roca Rey y Ginés Marín lidiando todos los encastes y regenerando un nuevo escalafón?” Y él mismo se respondía: “Porque yo no”.

Otro mensaje de twiter, este referido a José Tomás y a su reciente participación en una corrida en México el pasado día 12, se ha convertido en un perla en la marabunta de tantos ditirambos como provoca este torero.

El autor es Antonio Díaz, y el texto dice así: “A José Tomás hay que recordarlo por lo que fue: un genial matador cuya obra trascendió lo estrictamente taurino; y no por lo que es: un torero retirado que de vez en cuando se marca un bolo en loor de multitudes”.

Cada cual es muy libre de alabar a quien desee, y pensar que este o aquel toreros es la tauromaquia personificada, pero la realidad es la que es: José Tomás está retirado, renunció tiempo ha a la competencia, dimitió de su responsabilidad de líder del toreo moderno, y ha huido como gato escaldado de su condición de leyenda.

La fiesta de los toros sería, sin duda, muy diferente si José Tomás no hubiera hecho mutis por el foro y en lugar de encerrarse en su sepulcral mutismo en las playas malagueñas se hubiera atrevido a revolucionar la tauromaquia.

Pero cada uno es como es, y José Tomás, un grande-grande, ha preferido el silencio, el retiro y la añoranza; mientras tanto, sus compañeros, todos esos que, a juicio de muchos, no le llegan a la altura de las zapatillas, dan la cara todos los días, de marzo a octubre, en todas las plazas. Y eso sí que tiene mérito.

Tomás fue rey hace tiempo. Un monarca absoluto. Hoy, conserva, qué duda cabe, la grandeza con la que lo parieron, pero es un torero retirado. Respetable, pero retirado.

Publicado en El País

“Quiero ser torero” o la zozobra que provoca la decisión de un joven de hoy

Por Antonio Lorca.

El riesgo, los estudios y el incierto futuro, entre las grandes preocupaciones familiares:

Primer grupo: Manuel Perera, Juan José Villita, Valentín Hoyos…

Segundo: Ángel Sánchez, Diego Carretero, Jorge Isiegas…

Tercero: Santana Claros, Ferrater Beca, David Salvador…

Y cuarto: Jorge Cordones, Juan Viriato, Quinito…

Son los nombres de 12 chavales que quieren ser toreros. Pero, ¿a cuántos aficionados les suenan estos apellidos? A muy pocos, sin duda.

Resulta, no obstante, que la mayoría de estos novilleros cuenta con motivos suficientes para formar parte del universo taurino.

Los del primer grupo compusieron la terna de la final (sin caballos) de La Oportunidad, celebrada recientemente en la plaza madrileña de Vistalegre. Los del segundo han hecho el paseíllo este año en Las Ventas y no pasaron desapercibidos. Los del tercero tuvieron el honor de pisar el albero de la Maestranza vestidos de luces.

Y los del cuarto han tenido menos fortuna: Cordones solo ha lidiado una novillada en 2017; Viriato, dos, y Quinito, tres.

El negocio taurino actual es perverso y maquiavélico

12 jóvenes cargados de sueños, dispuestos a mil sacrificios, y a perder la adolescencia y los años mozos (y la vida, si fuera necesario) en la búsqueda de un objetivo que solo está al alcance de unos pocos elegidos.

Estos 12 nombres no son más que una representación de los 145 novilleros con caballos que componen el escalafón de 2017, a los que habría que añadir los que han debutado sin picadores, y los que acuden regularmente a alguna de las 58 escuelas taurinas que funcionan en este país.

En mayor o menor medida, unos locos bajitos, unos héroes sin reconocimiento que pretenden aprender a base de golpes, sinsabores y muchos olvidos una de las profesiones más difíciles de este mundo. (No hay que olvidar la máxima no reconocida públicamente por ninguna institución civil o eclesiástica, pero igualmente válida: es más difícil ser figura del toreo que Papa de Roma).

Los novilleros son los grandes olvidados de la tauromaquia moderna; olvidados, sí, menos en su casa, donde se vive -mejor, se padece-, por lo general, una verdadera pesadilla. Sobre todo, si la familia no pertenece al universo taurino, y un día se encuentra con la sorpresa de que el chaval reúne a los suyos y dice aquello de “Papá, mamá, quiero ser torero”.

En ese momento, la zozobra se instala en el hogar. La primera preocupación, el miedo al riesgo (el peligro inminente y constante es consustancial a la profesión taurina); la segunda, los estudios (y es tan absorbente que pocos son los que consiguen mantener la cabeza fría y compaginar el ‘veneno’ de los toros con la necesaria formación). Y la tercera preocupación: el incierto futuro como aspirante a la gloria en los ruedos (se celebran muy pocos festejos menores, por lo que es casi imposible descubrir las verdaderas condiciones de un novillero, que, sin la preparación necesaria, se ve obligado, si la fortuna lo acompaña y sus protector le consigue el contrato, a acudir a la Maestranza o Las Ventas a jugarse a una carta su presente y su futuro).

El escalafón de novilleros de 2017 es tan esclarecedor como dramático: 52 de los 145 que lo integran solo se han vestido de luces una sola tarde; 23, dos tardes; 13, tres, y 9 novilleros, cuatro tardes. En total, 97 personas que se han encontrado de sopetón con la extrema dureza de su vocación.

O sea, que el muchacho es un genio o lo tiene muy complicado. Si es un superdotado, asunto harto difícil, deberá demostrar con celeridad sus condiciones, esperar que la suerte le acompañe, y que surja un avispado y arriesgado apoderado de postín dispuesto a correr con los muchos gastos que hoy supone sacar a un torerillo del anonimato. Y aún así no tiene garantía de nada.

Si, por el contrario, el aspirante apunta buenas maneras, tiene el valor suficiente y ofrece sobrados motivos para ‘funcionar’ en la profesión, luchará con todas sus fuerzas por salir cuanto antes del pelotón novilleril, tomar la alternativa lo más dignamente posible y engrosar -eso sí- la larga lista del paro en la que guarda cola un gran número de matadores noveles a los que el sistema les tiene vetado el paso.

Porque el negocio taurino actual es perverso y maquiavélico: es un círculo herméticamente cerrado, dominado por varios grandes empresarios-apoderados que representan a las figuras y empeñados en repartirse en exclusiva la cartelería de las ferias más importantes. En consecuencia, boicotean a los nuevos toreros –valores emergentes se les llama ahora- y tratan de desterrarlos al olvido o a la desesperación.

¿Y los demás? ¿Qué ocurre con esos más de cien chavales que cada año esperan una llamada telefónica que no suena y ven cómo se marchitan sus sueños? Unos -muchos- prueban con desigual fortuna en el escalafón de subalternos; otros reaccionan a tiempo y dirigen sus pasos hacia sectores profesionales menos espinosos, y el resto… El resto –en un número mayor de lo que permite la suposición- se aferra a sus fantasías y celebra sus veintitantos años sin oficio ni beneficio y expulsado del sistema.

Se comprende, entonces, la zozobra y el desasosiego de una familia cuando un hijo le dice un día: “Papá, mamá, he decidido ser torero”.

Yerran los taurinos al permitir que los novilleros sean los desventurados de la fiesta; porque algún día, aunque sea con ochenta años cumplidos, -pero ese día llegará- se retirarán las figuras actuales y no habrá recambio entre los matadores de toros. Y se han equivocado en su empeño de vivir de las rentas del pasado y no promocionar la fiesta de los toros entre los aficionados jóvenes. Más pronto que tarde llegará el día en que los tendidos estarán completamente vacíos.

Honor y gloria, pues, para todos los aspirantes a toreros en una sociedad hedonista, bienpensante, buenista y vacía; honor y gloria a los que se rebelan contra su destino y afrontan un difícil reto de sacrificio y esfuerzo, regado de sinsabores y, muchas veces, por la propia sangre. Honor y gloria para todos ellos; para los elegidos para la gloria y para los que derraman dolorosas lágrimas ante un sueño hecho añicos.

Hace unos días, en un acto taurino celebrado en Sevilla, la exministra Carmen Calvo desempolvó una frase de Erasmo de Rotterdam: “Todos merecemos la vida, pero se la merecen más los valientes”. Pues eso…

Publicado en El País

¿Existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de salvar los toros?

Innovador cartel de la Corrida de la Cultura, celebrada el pasado 17 de junio en Las Ventas. PLAZA 1.

La tauromaquia del siglo XXI está necesitada de innovación y apertura a la sociedad.

Por ANTONIO LORCA.

(En la película La flor de mi secreto, Leo Macías, el personaje protagonista interpretado por Marisa Paredes, pregunta a su marido Paco, –Imanol Arias enfundado en un uniforme militar-: “¿Existe alguna posibilidad, por pequeña de sea, de salvar lo nuestro?”).

La temporada taurina de 2017 tiene un nombre sobresaliente, Iván Fandiño, corneado mortalmente a mediados de junio en una localidad francesa. Una muerte acaecida en circunstancias no suficientemente aclaradas en la envidiada Francia, que tanto deja que desear en la atención médica de los toreros heridos.

La temporada ha dibujado, también, un rictus de desencanto en el semblante de los aficionados. Ha sido, simplemente, un año más, sin recuerdos imborrables, con muy escasas tardes de éxito, anodino, si cabe… Ha prevalecido el triunfalismo sobre la exigencia y lo festivo sobre la emoción. Además, los antitaurinos no han perdido ocasión para escalar un peldaño más contra la fiesta, mientras el mundo del toro no se ha dado por enterado.

Sevilla y Madrid, las plazas más importantes, no han sido los estandartes de una fiesta necesitada de referentes. El empresario Ramón Valencia no acaba de encontrar la llave que devuelva a la Maestranza el esplendor de antaño; y Simón Casas, en Las Ventas, no ha cubierto las expectativas anunciadas.

La afición está desencantada y desaparecida, y a las plazas acude mayoritariamente un público bullanguero, iletrado taurino, orejero y presto al indulto como moneda de cambio proporcional al precio de la entrada.

Han destacado Antonio Ferrera -el torero más interesante del año- y Paco Ureña -autor del toreo más profundo-; y un grupo formado, junto a otros, por Ginés Marín, Roca Rey, Román y Pepe Moral, entre las novedades. 

Mención aparte merecen Enique Ponce, incombustible, y Padilla, líder del escalafón con solo 56 corridas, -una de las cifras más bajas desde el año 1900-, y el grupo de las llamadas figuras consagradas, que copan la mayoría de las ferias.

Y en el terreno torista, han sobresalido los hierros de Victorino y Torrestrella, a los que hay que unir toros sueltos de las ganaderías más comerciales, exigidas por los toreros que mandan.

Conclusión: la temporada finalizada se puede analizar desde el triunfalismo habitual, grandes faenas, salidas a hombros, números de corridas, orejas…; es decir, como si no hubiera ocurrido nada, y aún permaneciera la época de las vacas gordas; o desde la serena reflexión sobre un año en el que la fiesta de los toros ha vuelto a poner de manifiesto que sufre uno de los momentos más cruciales de su historia, aunque muchos se obstinen en no reconocer la realidad.

Llega el invierno, se baja el telón, cierran las plazas, los toreros que pueden cruzan el charco, algunas peñas y círculos taurinos celebran jornadas y entregan premios para que el ánimo no decaiga… El taurinismo se retira a un sueño invernal, guarda un silencio siempre preocupante y sospechoso, y espera que llegue el nuevo año con la esperanza de que el temporal antitaurino amaine y la fiesta de los toros encuentre por sí sola el camino perdido.

Llegados a este punto, el problema de interés no es el análisis de la temporada que se fue, sino la perspectiva del horizonte que llegará en unos meses. ¿De qué sirven balances tan triunfalistas como falaces si no se establecen las bases de un cambio que se presenta imprescindible?

Existe una premisa fundamental que permanece invariable: si las cosas se siguen haciendo como siempre, el resultado será el que ya se conoce. Si los planteamientos de toreros, ganaderos y empresarios permanecen inalterables año tras año, a nadie debe extrañar que el espectáculo taurino interese cada vez menos por su escasez de contenido.

A la vista está que cuesta un mundo llenar una plaza de toros; los abonados que se pierden no se recuperan, y raro es el festejo en el que brota la emoción. Impera el triunfalismo sobre la exigencia, el toro íntegro y el aficionado sabio están en trance de desaparición, y el taurinismo andante sigue siendo un coto cerrado y secreto, rancio y obsoleto, aislado de la modernidad.

Pero no son pocos los que no quieren entender que los tiempos han cambiado una barbaridad; que esta de hoy no es la España de Joselito y Belmonte, sino la de Ronaldo y Messi, la de las mascotas, de los antitaurinos, de los aficionados acomplejados, y la España de una tauromaquia descafeinada y reconvertida en la fiesta de los toreros que han encontrado en el toro tan noble como tonto su bálsamo de Fierabrás para ser figura con una estética vana y sin contenido ético.

¿Qué se puede hacer, entonces? Cualquier cosa antes que mantener la pasividad actual?

Lo primero, y quizá lo más urgente, es atreverse a innovar y cambiar los modos de antaño a la hora de confeccionar las ferias; preguntar a los que pasan por taquilla y pensar en los clientes antes que en los intereses de los toreros; y, lo más importante, ocuparse del toro, el gran protagonista de la fiesta y el personaje más relegado del espectáculo taurino.

Segundo: la tauromaquia del siglo XXI se debe sumergir en la época en la que le ha tocado vivir, lo que significa una decidida apertura a la sociedad actual.

Así, es urgente una campaña de comunicación que muestre la vida del toro en el campo y su aportación al medio ambiente. Es apremiante que los toreros salgan de su particular gueto, se dejen ver y se comprometan con el entorno y con causas sociales, más allá de la rancia tradición del encierro en el campo y repartir autógrafos y selfies el día de la corrida con cara de circunstancias.

Tercero: hay que proporcionar al aficionado taurino un argumentario que fundamente y justifique su fe en la tauromaquia, y lo aleje de complejos, vergüenzas, miedos y pecados. La Fundación del Toro de Lidia trabaja en un documento que tarda demasiado en ver la luz.

Y cuarto: hay que expulsar a los más peligrosos enemigos de la tauromaquia, que no son otros que los muchos taurinos que trabajan cada minuto para que todo siga igual y nada se mueva, aunque su inmovilismo suponga una sentencia de muerte para la fiesta.

La impresión reinante es que la tauromaquia ha perdido el rumbo, y no lo encontrará mientras sus protagonistas no asuman la responsabilidad que la época actual demanda.

(Paco, el marido militar de La flor de mi secreto, responde: “No, ninguna”).

Pero eso solo ocurre en las películas. La fiesta de los toros tiene solución; basta con ponerse a ello…

Publicado en El País 

70 sustituciones en el 2017 y ninguna fue para Pepe Moral, triunfador de Sevilla

Pepe Moral, un torero disfrazado de indio por el olvido de los empresarios.
Triunfador en Sevilla y Pamplona, solo se ha vestido de luces nueve tardes en 2017.

Por ANTONIO LORCA.

El caso del torero Pepe Moral (Los Palacios, Sevilla, 1987), quizá, no sea único, pero sí es extraño, inaudito, increíble, y referente, sin duda, de la pestilente situación que se vive en las bambalinas de la fiesta de los toros.

Protagonizó una esperanzadora carrera novilleril, que culminó con una triunfal salida a hombros por la puerta grande de Las Ventas en mayo de 2007. Ya entonces se atisbaron en él actitud y condiciones para alcanzar un puesto de privilegio como artista heroico delante del toro.

Sin embargo, aquel éxito ralentizó inexplicablemente sus ilusiones, de modo que no recibió la alternativa hasta junio de 2009 en La Maestranza. Una solitaria vuelta al ruedo se erigió en un negro presentimiento que lo mantuvo en el paro absoluto durante dos años y medio. Tanto es así, que las circunstancias le obligaron a ejercer como jornalero y camarero, y a disfrazarse de indio en un espectáculo teatral para seguir viviendo.

Cuando un golpe de suerte lo colocó en el cartel del Corpus sevillano de 2014 se había vestido de luces solo en nueve ocasiones. Decidido a cambiar de profesión esa misma tarde si ‘las cosas no rodaban’, salió en sexto lugar un sobrero del Conde de la Maza, al que cortó las dos orejas tras una actuación presidida por una desbordante torería. Ese triunfo inapelable solo le sirvió para torear seis corridas más ese año.

Olvidado por las empresas en las dos temporadas siguientes, a pesar de que nunca ha pasado desapercibido por Las Ventas como torero de alternativa, su nombre apareció en el cartel de los miuras de la pasada Feria de Abril. La sorpresa surgió otra vez en el sexto de la tarde, y la crónica de este periódico contó entonces que “nadie podía imaginar que el torero, ayuno de contratos, se transfiguraría a la vista de todos para convertirse en un mago y torear como los ángeles. Pepe Moral se olvidó de su cuerpo y toreó con lo más íntimo de su ser”. El premio fue una tarde de dos orejas y el reconocimiento unánime como uno de los triunfadores del ciclo sevillano.

Pero tampoco en esta ocasión pudo recoger las mieles de su éxito. Solo la Casa de Misericordia de Pamplona lo contrató para San Fermín; ni Madrid -en San Isidro o la Feria de Otoño-, ni ninguna feria importante, y, lo que es peor, ni la propia Sevilla en el ciclo de San Miguel contaron con él. De hecho, solo se ha vestido de luces nueve tardes en 2017, y todas ellas, a excepción de Sevilla y la capital navarra, en plazas de tercera: Bélmez (Córdoba), Valverde del Camino (Huelva), Navaluenga (Ávila), Roa de Duero (Burgos), Riaza (Segovia), Illescas (Toledo) y la localidad francesa de Ceret. Otra tarde más participó en un festival y su balance final de este año ha sido de 18 orejas y dos rabos, siete salidas a hombros y un toro indultado.

Inexplicable y misterioso el escenario de este torero, que, como él mismo asegura, ha convencido a los aficionados, pero no a los empresarios. Y lo más grave es que nadie es capaz de ofrecer una versión coherente que justifique su situación. Ni siquiera, el propio Pepe Moral.

“Yo tampoco sé a qué se debe este olvido, y lo único que tengo claro es que los empresarios no han contado conmigo; quizá, en algún momento de mi vida he tomado alguna decisión equivocada sobre mi carrera, pero considero que se me ha presentado una dura prueba que debo superar para seguir adelante”, afirma el torero. “Ha sido esta una temporada difícil porque he toreado poco”, añade, “pero a la vez muy intensa porque cada tarde he ratificado el triunfo de la pasada feria de Sevilla”.

¿No ha tenido la oportunidad de preguntar a ningún empresario?

– No he podido porque no he coincidido con ninguno. Imagino que habrá otros intereses, y toreros mejor relacionados que yo. Eso es lo que supongo, porque no sé lo que pasa.

Se sonríe Moral cuando se le pregunta si la razón será que es un torero exigente en los despachos.

-¿Exigente yo? Hasta el día de hoy no he pedido nada, ni en el terreno económico ni en la elección de ganaderías. Prueba de lo que digo es que este año he lidiado dos corridas de Miura, dos de José Escolar, dos de Victorino Martín y una de Cebada Gago.

Un año más, sin embargo, el torero sueña que en la temporada próxima se produzca un giro en su vida profesional que le permita iniciar el camino de su sueño. Reconoce que varios apoderados se han puesto en contacto con él, los ha escuchado, y ahora reflexiona con serenidad para no errar en su decisión final.

Parece que está usted de enhorabuena…

– No sé. Solo le puedo decir que hay ofertas interesantes, y espero que la temporada de 2018 sea diferente.

A pesar de esas esperanzadoras perspectivas, el torero se muestra comedido y temeroso de que sus palabras puedan pasarle factura. No olvida, lógicamente, los malos ratos padecidos.

-Cuando comienzas, sabes que esta profesión es dura, pero nunca imaginé que estaría cinco años olvidado por casi todo el mundo. Hasta que no lo sufres en tus carnes no eres consciente de lo difícil que puede resultar la profesión de torero.

Durante el largo periodo de descanso forzoso, Pepe Moral probó fortuna pasajera en otros oficios para ganarse la vida.

“Estuve trabajando como camarero, en tareas agrícolas y disfrazado de indio en un espectáculo teatral, pero nunca abandoné el toro, entrenaba todos los días y no perdí la confianza en mis posibilidades”.

-¿Pero alguna vez estuvo tentado de tirar la toalla?

– Claro que sí. En 2014 no entré en los carteles de la Feria de Abril, y cuando a última hora me vi anunciado en la corrida del Corpus, hablé con Manolo Cortés, que era mi apoderado, y le dije: ‘Si hoy no pasa nada, no tengo ánimo para esperar otros cinco años’. Afortunadamente, salió el toro ‘Facurroso’ y me permitió resurgir. Si no hubiera sido así, hoy estaría dedicado a otros menesteres, lejos del toro.

Mientras piensa en el inmediato futuro, no olvida al maestro Manolo Cortés, ya fallecido, “quien tuvo mucha influencia en mi forma de sentir el toreo; aprendí mucho de él y lo recuerdo con mucha frecuencia porque me doy cuenta de que todo lo que me decía es la verdad”.

“Me gustaría torear mejor con el capote”, continua el torero; “me queda mucho para alcanzar la perfección a la que aspiro en el primer tercio, sueño con torear largo y despacio con la muleta, y lograr una mayor contundencia con el estoque”. “Me queda mucho por aprender para que cada muletazo sea único y emocionante”, concluye.

¿Tiene ya algún contrato en firme para 2018?

– No. Me han hablado sobre alguna feria en Francia, pero, en firme, nada.

Y termina la charla Pepe Moral con una confidencia:

“Un periodista me ha dicho que este año se han producido 70 sustituciones en los carteles; ¿querrá usted saber que yo no he cogido ninguna?”

Publicado en El País