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Feria de San Isidro: Un ‘miura’ salta al callejón

Un ‘miura’ salta al callejón
Mal presentada, mansa, descastada y complicada corrida del legendario hierro sevillano.

Por Antonio Lorca.

La tarde había caído en picado a causa de la mansedumbre, la mala casta y la falta de calidad de la corrida de Miura cuando los clarines y timbales anunciaron la salida del sexto de la tarde.

Salió engallado el cárdeno Taponero, de 576 kilos de peso, recorrió el diámetro del ruedo, y se plantó en un periquete en el burladero del tendido 7; atisbó allí la montera de un subalterno y, en un intento de quedarse con ella, saltó limpiamente la barrera y se plantó en el callejón, donde se produjo una estampida en décimas de segundo. El de la montera buscó como pudo refugio en la arena, otros se guarecieron en los burladeros interiores y alguien tuvo tiempo de abrir la salida al ruedo situada en el camino de la puerta grande. Hasta allí llegó el toro con enorme violencia, de modo que a punto estuvo de dejarse un pitón en uno de los postes que sostienen la barrera. Pero aún tuvo tiempo el animal de ver con el ojo izquierdo las piernas de dos operarios que a duras penas trepaban por la madera para guarecerse en el callejón y hacia ellas lanzó un gañafón que no alcanzó su objetivo.

En el ruedo le esperaba ya Román, que pudo enlazar un par de estimables verónicas; manseó con descaro en el caballo, recortó peligrosamente en banderillas, y llegó al último tercio con una durísima fiereza que puso a prueba el corazón de su lidiador.

Había que tener muchas agallas para citar a ese toro a escasa distancia de los pitones. Era, quizá, un animal para jugársela a cara o cruz, un toro de Madrid, de esos que te ofrecen la posibilidad de una catapulta hacia el estrellato. No está claro. Román, valiente y entregado, consiguió embeberlo en la muleta en un par de muletazos en los que el miura metió la cara en el engaño. No rehuyó la pelea el torero, no dio un paso atrás, pero la mala casta de su oponente no parece que pudiera ofrecerle un triunfo inesperado.

Fue lo más emotivo de una tarde decepcionante en el apartado torista. En primer lugar, porque los miuras no lucieron estampas de tales. Varios de ellos fueron justamente protestados por su deficiente presentación, que es requisito imprescindible para la emoción de una ganadería que no es santo y seña de nobleza y calidad.

No se cayó ninguno, lo que es de agradecer, pero todos destacaron por su mansedumbre en los caballos, su mala casta, sosería y complicaciones en el tercio final.

Rafaelillo tuvo suerte de volver al hotel con la cabeza intacta. En la suerte suprema, su primero levantó la cara y le puso los pitones en el cuello con la clara intención de descabezarlo. Todo quedó, afortunadamente, en un roto en la taleguilla y un susto dolorido. No estuvo bien el torero ante ese toro, que no era un santurrón, corto de viaje y deslucido, con el que Rafaelillo mostró excesivas precauciones, impropias de un torero valiente y avezado en este hierro. Poco pudo hacer ante el cuarto, soso, descastado y empeñado en lanzarlo por los aires.

Los mejores muletazos de la corrida los dio Pepe Moral al segundo, el único que mostró un comportamiento noble, pero también falto de vida y codicia. Largos fueron los pases iniciales por bajo, templados algunos redondos y, en el tramo final de la faena, un templadísimo natural aislado y tres grandes ligados con el de pecho. Mató mal, pero la labor del torero no llegó a alcanzar el clímax necesario; quizá, porque la buena condición del animal exigía una movilidad de la que carecía.

Intoreable, en términos modernos, era el quinto, con el que el torero sevillano lo intentó sin posibilidad de éxito.

Y no estuvo afortunado Román ante su primero. Era como los demás, con el añadido de que en un muletazo con la zurda el toro le puso los pitones en el corbatín. Al torero se le vio afligido en la suerte suprema y se echó fuera sin pudor alguno.

En fin, mansa y dificultosa corrida de Miura -lo normal por otra parte-, pero de presentación impropia para esta plaza.

Publicada en El País

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San Isidro: ‘Licenciado’, hermano de ‘Orgullito’

El Juli. Foto Pablo Cobos Terán.

CUATRO GANADERÍAS / EL JULI Y MARIN, MANO A MANO

Dos toros -1º y 6º- de Victoriano del Río; dos -2º y 3º- de Alcurrucén; el cuarto de Garcigrande, y el quinto de triunfo de Domingo Hernández, muy justos y cumplidores en los caballos; muy nobles todos a excepción del deslucido cuarto; agotados y descastados primero y segundo; muy encastado y nobilísimo el tercero; lastimado el quinto, y bravo y mejor presentado el sexto.

Julián López El Juli: pinchazo y estocada caída (palmas); media trasera y un descabello (oreja); estocada caída (ovación).

Ginés Marín: pinchazo y estocada (silencio); estocada desprendida (ovación); pinchazo, estocada y un descabello (silencio).

Plaza de Las Ventas. Corrida de la Cultura. Décimo séptimo festejo de la Feria de San Isidro. 24 de mayo. Lleno de ‘no hay billetes’ (23.624 espectadores, según la empresa).

Por Antonio Lorca.

Orgullito -el toro de Garcigrande que El Juli indultó en la pasada Feria de Abril- y Licenciado -del hierro de Alcurrucén-, lidiado ayer por el mismo torero, serían hermanos; y si no, del mismo árbol genealógico bovino, pues ambos lucieron grandes cualidades en el tercio final: galope, clase, humillación, prontitud, profundidad… Más completo el sevillano que el madrileño, pero exponentes ambos del toro moderno: justo de trapío, insulso en el caballo y en banderillas y extraordinario -hondo e incansable- en la muleta.

Licenciado le tocó en suerte a El Juli, un torero de deslumbrante suficiencia y técnica abrumadora. Su comienzo por bajo fue sencillamente espectacular, un lección de temple y torería, largos los muletazos, especialmente uno rodilla en tierra mientras el toro embestía con el corazón; y como colofón, dos trincherillas de cartel y un hondo pase de pecho. Otra vez un toro de ensueño, nobilísimo, y un torero de la posmodernidad. Fue allá por la cuarta tanda, la muleta en la derecha, cuando El Juli toreaba al hilo del pitón, decidió el torero cambiarse de mano el engaño y dibujó un natural tan profundo y largo que aún no ha terminado en la memoria de quienes tuvieron la suerte de contemplarlo. Entre el inicio y el final, muchos pases, con la muleta baja, pero acelerados casi todos ellos, y basados en la técnica moderna de iniciarlos al hilo del pitón. Muletazos que enardecen a las masas, pero que dicen poco; y, encima, mató mal.

La corrida de la Cultura comenzó bien. Por cierto, como era de la Cultura, por llamarle algo, se acercó a Las Ventas el ministro del ramo. Si hubiera sido la corrida de la naranja, hubiera venido el presidente de los hortelanos (lo que hay que inventar para que un ministro acuda a los toros…).

Comenzó bien, sí, porque El Juli y Marín compitieron -la única vez en toda la tarde- en el tercio de quites: por cordobinas, delantales y chicuelinas el primero, y por gaoneras el más joven.

Y hubo un toro bravo en el caballo (¡oh, milagro, milagro!), el sexto, de Domingo Hernández, el de más presencia, que fue picado de forma excelente por Agustín Navarro. La suerte de varas existe y es una preciosidad. Solo son necesarios toros bravos y picadores toreros. Acudió Coplero con alegría en dos ocasiones, empujó con los riñones, la puya en su sitio, y la plaza disfrutó con el extraño -por infrecuente- espectáculo. Instantes después, galopó en banderillas y permitió el lucimiento de Manuel Izquierdo y El Algabeño.

Los toros bravos no suelen ser fáciles en la muleta, y Coplero se ajustó a la norma. No había que cuidarlo, como a tantos otros, sino cuidarse de él, y eso fue lo que hizo Ginés Marín, pero cansino y aburrido, con pocas ideas lidiadoras.

Por cierto, el torero extremeño no tuvo ayer su día. Cierto es que no tuvo ningún toro de carril, pero se le vio espeso, en un quiero y no puedo permanente, y sin la noción clara de cuándo debe acabar una faena para no desesperar al respetable.

Muy descastado y sosísimo fue su primero, al que trató de hacerle una faena tan insulsa como interminable. Dificultoso y deslucido fue el siguiente, con genio y la cara por las nubes, y el torero no encontró la manera de controlar ese incómodo genio. Tiene gusto y aroma en las muñecas, y así lo demostró a la verónica en dos ocasiones, pero el toreo debe ser algo más.

El Juli se encontró en primer lugar con un torete bonachón, dulce y buena gente, pero muy escaso de fortaleza. Obedeció al cite, pero todo lo hizo con mucha tristeza, agotado y hundido. Aun así, hubo dos naturales estimables.

Y el quinto tenía la llave de la puerta grande. Cumplió en varas y persiguió con codicia a José María Soler, que lo banderilleó con acierto, pero la mala suerte se alió contra el torero. El toro no llegó con muchas ilusiones al final, pronto acortó el viaje y resultó que se había lesionado las manos, por lo que El Juli lamentó el accidente y se conformó con una ovación.

Publicado en El País

Tlaquepaque: Ureña y José Adame en hombros / Ferrera impregnó la noche de arte

De SOL y SOMBRA.

Dos noticias antecedieron el cartel charro taurino en Tlaquepaque: La ausencia de Roca Rey por lesión y la muy extraña baja a unas cuantas horas del festejo del francés Sebastián Castella.

La tercera fue que a pesar del gran cartel, no se llenó la Plaza de Toros El Centenario de Tlaquepaque para la corrida charro-taurina.

A pesar de lo anteriormente mencionado, el festejo en el terreno artístico resulto exitoso y destacaron las actuaciones de Paco Ureña, Antonio Ferrera y José Adame.

Ureña ataviado con la vestimenta de charro al igual que sus alternantes, realizo una emotiva faena a ”San Marqueño”, de la ganadería de San Isidro y se llevó dos orejas.

Ferrera anda inspirado y tras su gran actuación en Aguascalientes se le ve muy feliz por tierras mexicanas. Ayer pudo torear en Tlaquepaque con aroma, temple y firmeza. Se llevó tan solo una oreja, pero realizo los más puro y trascendental del festejo.

Jerónimo era muy esperado por un sector de la afición, pero se estrello con toro de Xajay que no le permitió el lucimiento.

Joselito Adame se llevo dos orejas del imponente ”Palomo” de la ganadería de Barralva, tras una meritoria faena.

Mientras que Juan Pablo Sánchez con uno de Campo Alegre y Luis David Adame con otro de Marrón se retiraron en silencio.

Twitter @Twittaurino

FERIA DE ABRIL: ¡Qué bien se torea un carretón!

La Maestranza en pie, y a los sones de la música, homenajea a Curro Javier tras un par de banderillas arriesgadísimo.

Por Antonio Lorca.

El momento más emocionante de la tarde lo protagonizó un gran torero de plata, Curro Javier, que colocó dos excelentes pares de banderillas al cuarto de la tarde. Tras el segundo, arriesgadísimo y asomándose literalmente al balcón en un palmo de terreno, salió trastabillado y enganchado, después, por el toro que le rajó la taleguilla y le propinó un varetazo en la región lumbar izquierda. La plaza, puesta en pie, estalló en una atronadora ovación al tiempo que sonó la música para homenajear al valiente torero. Fue un instante, pero solo por vivir momentos así merece la pena ser aficionado.

Las dos horas y tres cuartos
restantes fueron otro cantar.

¡Qué bien, con qué gusto y tranquilidad se torea un carretón! ¡Qué bonitos, qué fáciles y qué sosos resultan los muletazos! Pero la gente los aplaude, señal de que les satisface. Pero eso no es el toreo. El toreo exige, en primer lugar, un toro, y lo que se ha lidiado este viernes en La Maestranza han sido novilletes sin presencia, sin fortaleza, sin bravura y con exceso de sosa nobleza. Una burla, vamos..

Y por allí andaban tres figuras de hoy, de las que exigen estos animales con alma de borregos, haciendo de tripas corazón para salvar los muebles de un desastre anunciado para todos menos para ellos, por lo visto.

Talavante cortó una oreja al quinto de la tarde, un torete dulzón al que muleteó como si estuviera en el salón de su casa. Algunos compases por ambas manos fueron estéticamente vistosos, pero vacíos de emoción. Y la plaza aplaudía como si estuviera presenciando la faena del año.

Y se acabó. Otro toro tonto le tocó en segundo lugar, otro carretón, una perita en dulce, y lo muleteó sin gracia ni convencimiento en la búsqueda constante del pase bonito en vez de torear.

Perera no tuvo su tarde. Un muerto en vida, chiquitín, sin clase, amorfo y tullido, lidió en primer lugar, y otro novillete blandurrón en cuarto, y con ninguno dijo nada.

Roca Rey venía con ganas, pero ninguna tenía el rajado sobrero que hizo tercero, el mejor presentado de la tarde, pero el más cobarde. Y otro del mismo tenor el sexto.

En fin, que no se quejen ni Perera, ni Talavante ni Roca. Estos son los toros que eligen ellos, con los que se engañan a sí mismos y a los demás. Claro, que si el público aplaude los pases a un carretón…

Y cuatro notas finales:

1.- Si a Javier Ambel, Guillermo Barbero, Juan José Domínguez y Paco Algaba los hacen saludar tras correctos pares de banderillas, a Curro Javier habría que sacarlo por la Puerta del Príncipe.

2.- ¿Por qué el torilero espera la señal del jefe de los areneros y del matador de turno para abrir la puerta? ¿El que manda no es el presidente?

3.- Perera brindó al público el inválido primero. ¿Qué le vio?

4.- Tres figuras y no se colgó el ‘no hay billetes’. ¡Peligro!

Publicado en El País

Foto: Miguel Ángel Perera Twitter.

Crónica de Sevilla: El imperio del toreo ‘low cost’

Por Antonio Lorca.

La plaza de la Maestranza, una preciosidad, como cada primavera; el ambiente, de lujo, como cada Domingo de Resurrección; los sueños, por las nubes, y la afición (entiéndase público) fácil, fácil, como nunca: no es hambre de toros lo que se mastica, sino la constatación de que se ha perdido la inherente exigencia de la tauromaquia. Este es el imperio del toreo low cost, y así son las cosas…

Hubo momentos de alta tensión, de toreo bueno, es verdad, pero todo no puede valer. No valen, por ejemplo, los toros que se lidiaron de Victoriano del Río, correctos, por no decir muy justos de trapío, escasos de fortaleza, parientes lejanos de animales bravos y dulzones y nobles, eso sí, al gusto de la torería andante.

El primero que inauguró la temporada fue devuelto a los corrales. No es lo que se dice un buen comienzo. Besó la arena en varias ocasiones y demostró sin pudor que lo suyo no era la pelea. Después, salieron otros, sosones unos y muy nobles y sin fiereza otros. Destacaron, según la nomenclatura moderna, los corridos en tercer y cuarto lugar, correspondientes de Roca Rey y Antonio Ferrera. El primero cortó una oreja y el segundo se debió conformar con una vuelta al ruedo tras fallar con el acero a la primera.

El joven peruano parece que viene a por todas esta temporada. Le sobran condiciones para ello; desborda valor, entrega, ilusión y capacidad para conectar con el público. Aprovechó las buenas condiciones de su primero, al que capoteó con donosura de salida, y esperó en el centro del ruedo, a pies juntos y por ajustados estatuarios en el inicio de la faena de muleta. Con pasmosa facilidad, dibujó varias tandas de derechazos muy jaleados y, después, un rosario de naturales templados y enjundiosos que hicieron sonar los compases de la banda de música. Aprovechó, en suma, la humillación del animal que le permitió ganar el entusiasmo de los tendidos. El toro tardó en morir tras un estoconazo y el premio se redujo a una oreja, más que merecida.

Se esperaba todo y más del sexto de la tarde, pero la muy irregular corrida de Victoriano del Río lo impidió. Roca Rey quiso darlo todo, pero su toro, acobardado en tablas, se negó a colaborar. Valor sin mácula ante un animal huidizo que impidió que el torero peruano corroborara una tarde de triunfo en Sevilla.

Y Ferrera, que no pudo más que justificarse ante el soso y desabrido primero, salió a por todas ante el cuarto, otro dechado de nobleza, ante el que dictó una lección de buen gusto, de temple e inspiración. Incomparable ese momento en el que la trompeta interpreta el solo del pasodoble Dávila Miura, de AbelMoreno Gómez, la plaza silente, y toro y torero, frente a frente, para dibujar una tanda de muletazos tan irregulares como henchidos de magia. Mejor, quizá, en los adornos que en el toreo fundamental, pero grande su torería, su inspiración, su forma de andar, sus maneras de pensar e interpretar en la cara del toro. Una media estocada fea y atravesada emborronó su obra.

Nada en el haber de Manzanares, poco agraciado con la suerte de un lote muy soso, impropio para el toreo que de él se espera. No pudo triunfar, pero se llevó un volteretón de miedo cuando pasaba con la derecha a su primero. Voló por los aires y salió milagrosamente indemne del accidente.

En fin, que se hizo de noche —las corridas en esta plaza siguen durando más que Lo que el viento se llevó, inconcebible, por ejemplo, la demora de los toreros en aparecer en la arena tras el anuncio de los clarines mientras la presidencia y el delegado de la autoridad miran para otro lado— y las ilusiones se marchitaron. Detalles, solo detalles, de buen toreo; toros para el desecho y las ilusiones por todo lo alto…

DEL RÍO / FERRERA, MANZANARES, ROCA

Cinco toros de Victoriano del Río, —el primero, devuelto—; el sobrero y el quinto de Toros de Cortés, correctos de presentación, mansos, blandos y nobles; destacaron tercero y cuarto.

Antonio Ferrera: estocada (ovación); —aviso—, media travesada y un descabello (petición y vuelta al ruedo).

José María Manzanares: pinchazo y casi entera (ovación); media estocada (silencio).

Roca Rey: estocada —aviso— (oreja); estocada, un descabello, —aviso— y el toro se echa (silencio).

Plaza de la Maestranza. Inauguración de la temporada. Domingo de Resurrección, 1 de abril. Lleno de “no hay billetes”.

Publicado en El País

Clamoroso ridículo de las figuras (incluido Morante) en San Isidro 2018. La tauromaquia está necesitada de héroes y no de cobardes

Por Antonio Lorca.

No ven más que la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio. No hacen más que criticar a los antitaurinos para ocultar su manifiesta irresponsabilidad, su desaforado egoísmo y su falta de compromiso con la fiesta de los toros. Es inaudito que no se les caiga la cara de vergüenza a todas las llamadas figuras del toreo moderno cuando se ven retratadas en los carteles de la Feria de San Isidro. Solo dos excepciones (Paco Ureña y El Cid) confirman la regla de un selecto grupo de toreros consagrados que debieran dar un paso adelante para recuperar la emoción y el interés perdidos y, sin embargo, huyen despavoridos y se refugian en muy cómodos hierros ganaderos de los que la afición guarda demasiadas tardes aburridas y muy pocos gratos recuerdos. Y algo no menos grave: todas ellas, —las figuras—, pasan de puntillas por la feria más importante del mundo, —un trago cortito de dos corridas— y muy aliviadas, arropadas unas con otras, en las mejores fechas y más altos emolumentos. Bochorno total. Todas las figuras han quedado descalificadas; las que están y alguna ausente, caso de Morante de la Puebla.

¿Cómo un torero de su categoría y bien ganado reconocimiento puede eludir compromisos tan trascendentales como Sevilla y Madrid? ¿Le importa a Morante la fiesta? Si es así, bien que lo disimula. Ya solo falta la guinda: que, pasado San Isidro, José Tomás anuncie, como otros años, que torea en dos o tres plazas de escaso predicamento para hacer caja y mantener el mito. Sería una muy lastimosa tomadura de pelo.

La tauromaquia del siglo XXI está necesitada de líderes heroicos y no de cobardes

La tauromaquia del siglo XXI, tan desprestigiada, perseguida y denostada, está necesitada de líderes heroicos y no de cobardes que solo se ponen flamencos ante animales enfermos de nobleza, falta de casta e invalidez.

¡Qué diferente sería la feria de San Isidro si El Juli celebrara sus 20 años de alternativa en un mano a mano con Ureña ante toros de Victorino! O que Manzanares, Ponce, Talavante y Perera, por ejemplo, se las vieran con ejemplares de Escolar, Miura o Baltasar Ibán. ¡Una quimera en estos tiempos…!

Y no solo ocurre con los veteranos. No. A dos jóvenes promesas —Roca Rey y Ginés Marín— les ha faltado tiempo para ingresar en el batallón de los cobardes.

Se salva de la quema —por los pelos, es la verdad— Paco Ureña, que se anuncia con victorinos, y destaca El Cid —un grande que quiere volver a ser lo que fue— que se la juega con toros de La Quinta y Adolfo Martín.

La feria es muy larga e insípida, con la única sorpresa de los hierros toristas

La feria la componen 34 festejos (27 corridas, 3 espectáculos de rejoneo y 4 novilladas); comienza el 8 de mayo y finaliza el 10 de junio. Cinco toreros se anuncian tres tardes: Juan del Álamo, Román, Juan Bautista, Sebastián Castella y Paco Ureña; veinte diestros se anuncian dos tardes, y veintiocho, una. En total, 53 matadores se vestirán de luces en Madrid, más 9 novilleros y 11 rejoneadores. Y se lidiarán toros de 29 ganaderías, entre las que destacan once hierros toristas que engrandecen el ciclo ferial: La Quinta, Baltasar Ibán, Pedraza de Yeltes, Dolores Aguirre, Partido de Resina, José Escolar, Miura, Saltillo, Rehuelga, Adolfo Martín y Victorino Martín.

Por cierto, no está Diego Urdiales, un artista guadianesco, hondo y profundo, cuya ausencia deja en evidencia al empresario; ni Gonzalo Caballero. ¿Merece un puesto de honor un triunfador del año pasado o no? Tampoco aparece Juan Mora, un poeta excelso; ni los jóvenes Varea, Tomás Campos o los sevillanos Rafael Serna y Pablo Aguado.

¿Y qué calificativos merece la feria?

Larga, muy larga, carente de interés, insípida, con muchos carteles infumables, con otros soporíferos, sin un gesto, ni una gesta, ni un atisbo de innovación, vacía de sorpresa… Y muy acertada, sin duda, en la elección de las ganaderías toristas, aunque fracasen.

Simón Casas ha cubierto el expediente, pero no parece que su oferta pueda ilusionar a los aficionados. ¿Qué no es posible otra feria? ¡Cómo que no! Denuncien a los taurinos que se opongan a otros métodos de gestión. Sean transparentes. Arriésguense. Inventen. Innoven. Ilusionen.

La Feria de San Isidro de 2018 es un clon de la de años anteriores. ¿Para qué se ha cambiado de empresa? ¿Dónde están las dotes artísticas del autoproclamado gestor cultural?

No hay un solo cartel -valga la osadía- que entusiasme por su combinación de toros y toreros; es verdad que algunos embriagarán a ese público veleidoso que hoy compra la entrada y mañana te da la espalda porque la fiesta le importa un pimiento; no. Pero ninguno seducirá al aficionado sabio y exigente, cabal y constante, que está dispuesto a sufrir muchas tardes para ser feliz un día por un destello fugaz de un capotazo, un par de banderillas, un puyazo o un recorte.

¿Qué no es posible otra feria, señor empresario? Pues si no lo es, es que usted es muy malo o no manda ni en su casa.

En fin, que nadie se engañe: la Feria de San Isidro de 2018 es un puntillazo a la fiesta por culpa de un empresario simplemente avispado y tan conservador y rancio como los demás y unas figuras asustadizas y sin sentido del honor.

Otros toreros —muchos, sin méritos para ello— estarán siempre agradecidos por aparecer en los carteles; y soñarán con que suene la flauta, si es que les toca el euromillón y suena…

Publicado en El País

La conmovedora, tierna, sensiblera y mentirosa historia del toro Ferdinand


Por ANTONIO LORCA.

Uno de enero de 2018. Seis de la tarde. Cientos de niños, kilos de palomitas y litros de refrescos abarrotan una amplia sala de un multicine sevillano. Todos han acudido a la llamada de Ferdinand, una película americana, adaptación animada por ordenador de un cuento del escritor Munro Leaf, publicado en 1936, que cuenta la historia de un toro bravo, que, en lugar de pelear, prefiere oler las flores del campo. En su día fue un éxito editorial, el texto fue traducido a sesenta idiomas, y se convirtió en un símbolo pacifista, contra el espíritu militar de la época (un animal que se niega a luchar), de tal modo que el texto, considerado subversivo, fue prohibido en la España franquista y en la Alemania nazi.

Ahora, Carlos Saldanha, director brasileño, ha convencido a la 20th Century Fox para que invierta más de 100 millones de dólares en una nueva versión del toro bravo por fuera, tierno por dentro, y la obra también ha sido preseleccionada para los prestigiosos premios de Hollywood.

¡Psss…! (‘Silencio, niños, que comienza la peli…’) Las tenues luces dejan paso a la penumbra, y la gran pantalla se ilumina con la imagen del simpático toro de ojos azules. ¡Psss…!

Una verde dehesa circunda lo que parece un cortijo andaluz, en uno de cuyos corrales juegan unos becerritos; entre ellos aparece el pequeño Ferdinand, que sostiene un cubo de agua en la boca. A duras penas mantiene el equilibrio por las travesuras de sus compañeros hasta que consigue su objetivo: regar un geranio que cuida entre las burlas de sus hermanos de camada.

Un camión de transporte de ganado llega a la finca; el padre de Ferdinand es el toro elegido para la lidia. “Voy a pelear por la gloria en el ruedo”, le dice todo orgulloso al ternero. “Yo puedo ser campeón sin tener que pelear”, contesta Ferdinand. “Ojalá fuera así el mundo”, replica el progenitor antes de partir hacia la plaza, con la promesa de volver triunfador.

Un compungido Ferdinand ve cómo uno de sus amigos aplasta su geranio, y, por la noche, comprueba que vuelve el camión, pero sin su padre. Embargado por la tristeza y la rabia, decide escapar de la finca, y es adoptado por un agricultor y su hija, que lo convierten en su amigo y mascota. Ferdinand y la niña disfrutan del campo, huelen las margaritas, corretean y duermen juntos. Desde su nueva casa, el becerro otea el Tajo de Ronda, y cada año acude con la familia a la ciudad con motivo de la feria de las flores.

Pasa el tiempo, Ferdinand crece, ya es un toro adulto y voluminoso, y, a pesar de la negativa de sus dueños, decide seguirlos hasta la ciudad malagueña, que luce en fiestas, plagada de guirnaldas y colorido. El picotazo de una abeja en el trasero del animal desata el mayor estropicio jamás visto en Ronda. Ferdinand corre despavorido, arrasa los puestos de flores y adornos, asusta a los vecinos, (“Creen que soy una bestia”, dice a su pequeña amiga), y destroza la feria hasta que, finalmente, es atrapado y trasladado de nuevo a la ganadería donde nació.

Entran en escena el ganadero, gordinflón y con mala pinta; una cabra charlatana e hiperactiva, que hace las veces de cabestro pero mantiene aspiraciones de ser entrenadora de toros bravos; el maestro,torero ególatra, feo, antipático y chabacano, los ‘hermanos’ de Ferdinand, toros ya preparados para la lidia, y unos caballos bailarines y afeminados.

El maestro busca el mejor toro para el mejor torero. Ferdinand, delicado y tierno, repite: “Yo paso de la violencia”, “No soy una máquina de matar”, “No soporto la sangre”; y sus amigos le replican: “Si no quieres acabar en el matadero, embiste”. Y los caballos apuntillan mientras brincan: “No te maltratan por ser diferente, pero eres un toro”. Por un equívoco fatal, el torero elige a Ferdinand y envía al matadero a dos compañeros de correrías.

Los niños que hoy acuden a los cines son los antitaurinos de mañana

Pero el protagonista está decidido a no luchar e intenta de nuevo la huida; ayudado en su propósito por unos erizos y la cabra parlanchina, todos atraviesan una habitación donde reposan las espadas del torero, una foto de su padre y pitones de toros lidiados a modo de trofeos: “El toro nunca gana”, musita.

Y decide liberar a sus hermanos condenados a morir en el matadero.

Trepidante es la acción para rescatar a sus amigos, y temerario y cargado de peripecias el traslado a la finca (un error de cálculo los conduce a Madrid) de todos los animales a bordo de un camión robado y conducido por los erizos, seguidos a poca distancia por el ganadero y vaqueros del cortijo, dominados por la furia.

La estación de Atocha y su intrincado laberinto de vías es el escenario de una vibrante persecución que acaba con la liberación definitiva de los animales amigos a bordo de una plataforma enganchada a un tren en marcha hacia Andalucía, y la detención de Ferdinand, que es conducido a la plaza de Las Ventas, abarrotada de público, para ser lidiado por ‘el maestro’.

Aterrorizado pisa Ferdinand la arena madrileña. Se resiste a pelear, no acude al caballo ni permite que le coloquen banderillas; se comporta como un toro manso, lanza al torero al callejón, le roba la muleta y es el toro el que torea al maestro entre el jolgorio de los asistentes. Cuando Ferdinand ve que su oponente monta la espada de matar, se sienta en la arena, alguien tira un clavel y pide el indulto.

Llueven las flores, Ferdinand las huele y rememora la dehesa rondeña. Le perdonan la vida, la niña que lo había adoptado como amigo y mascota se lanza al ruedo y los dos se funden en un abrazo mientras la plaza estalla en una emocionada ovación.

Ferdinand vuelve al campo con sus amigos y recupera su añorada vida bucólica en la verde pradera rondeña.

The End. Se acabó. Se encienden las luces, y ahora son los niños los que espontáneamente aplauden la hazaña de Ferdinand.

Se te queda cara de bobo porque la peli es una pasada artística, un divertimento total para chicos y mayores, que hace reír, llorar, gozar y te emociona de principio a fin.

Qué pena que Ferdinand sea una mentira como una catedral; que triste que, una vez más, se manipulen mensajes tan válidos como el amor y el respeto a los animales para intentar engañarnos a todos.

Ferdinand no quiere ser un toro; no es un toro; renuncia a su naturaleza animal. Es un ser humano que, como la inmensa mayoría, detesta la violencia y añora la paz.

Ferdinand rechaza su destino de toro bravo, como si la gallina pudiera renunciar a poner huevos, el perro a andar a cuatro patas o el león a perseguir y devorar al ñu. El mensaje de la película es profundamente antinatural.

Ferdinand dice no al matadero y no a la lidia, supuestos sinónimos del maltrato. Y el paso siguiente sería la total desnaturalización de la sociedad actual.

Lo más grave no es que los niños que abarrotaban el cine sevillano sean los antitaurinos de mañana; lo peor es que la manipulación les lleve a la ignorancia. Si no quieren ser aficionados a los toros, que no lo sean; pero que no los engañen: un toro bravo es un animal y no una persona.

En fin, que en aras del malévolo buenismo imperante, la película Ferdinand es una preciosa, tierna, sensiblera y mentirosa historia.

Publicado en El País 

El toro, por los cuernos: ¿Imaginan a Roca Rey y Ginés Marín lidiando toros de todos los encastes?

Roca Rey, en la plaza mexicana de Aguascalientes, el pasado 23 de abril. MARIO GUZMÁN – EFE.

Al torero José Tomás hay que recordarlo por lo grande que fue y no por lo que es ahora.

Por ANTONIO LORCA.

El autor del titular de este texto es un aficionado taurino y usuario tuitero que se hace llamar Domingo López Ortega, nombre original del desaparecido maestro de Borox, Domingo Ortega.

Hace unos pocos días, sorprendía en las redes sociales con esta pregunta que encierra una bomba de relojería en el mundo de los toros. Unas pocas palabras que servirían para poner patas arriba el escalafón, motivar a los aficionados y volver como un calcetín la aburrida y desesperante tauromaquia del siglo XXI.

En otras circunstancias, un mensaje de twiter de estas características hubiera provocado una encendida polémica, pero no ha sido así. No más de 13 retuits y 38 ‘me gusta’ es el pobre balance de su paso por las redes sociales. Es la consecuencia de una tauromaquia anestesiada y una afición desalentada. ¡Da igual quién toree, qué más da…! Todos los toreros son iguales, se anuncian con las mismas ganaderías, hacen idénticas faenas; no se les distingue, son aburridos… Quizá, por eso, -aunque no solo por esa razón- la fiesta de los toros no interesa lo suficiente; quizá, sea esa la causa por la que muchos aficionados han desertado; quizá, sea uno de los motivos principales de la actual crisis taurina.

Volvamos a la pregunta tuitera: ¿Imaginan a Roca Rey y Ginés Marín lidiando toros de todos los encastes? Es más: ¿Imaginan que un grupo selecto y representativo de los toreros emergentes decidiera rebelarse contra el sistema y liderara un cambio radical de las muy antiguas, inamovibles e inservibles estructuras taurinas que están propiciando la erradicación del espectáculo taurino?

No hay colectivo más rancio y conservador que el de los jóvenes toreros modernos

Inimaginable, impensable, imposible; pura ciencia ficción…

No hay colectivo más rancio y conservador que el de los jóvenes toreros modernos. Pero no por su culpa, por dios, sino porque se amamantan desde niños a los pechos de personajes prehistóricosos, ajenos casi todos al siglo XXI, que piensan y actúan como nuestros abuelos, y jamás se plantean que la tauromaquia se encuentra ante la dramática disyuntiva de su inmediata actualización o su inevitable muetre.

Un torero emergente de hoy, -uno con serias posibilidades de ser figura-, solo estudia una asignatura al margen de la técnica ante el toro: ser un día como sus mayores, hacer el paseíllo con ellos, refugiarse en hierros ganaderos fiables (más nobles y cómodos, se entiende), y estar presente en las principales ferias, aunque los cosos no se llenen. Y se acabó.
Ni a Roca Rey y Ginés Marín -ni a ninguno de sus compañeros de promoción- se les ocurrirá ni por ensueño lidiar por voluntad propia una corrida que no esté considerada ‘de garantía’; pero no solo en Sevilla o Madrid, sino en todas las plazas donde se anuncien. Para eso han triunfado, precisamente, para lidiar toros más bonancibles que fieros, más descastados que bravos y más inválidos que poderosos ante públicos generosos y triunfalistas, más preocupados por conceder orejas e indultos que por la emoción que desprenden un toro y un torero de verdad.

Hay que estar poco cuerdo para imaginar, siquiera, que algún nuevo matador de toros se plantee modificar costumbres ancestrales, cambiar las obsoletas estructuras que mantienen la fiesta, y enfrentarse a los que mandan para hacer un espectáculo nuevo, diferente y emocionante.

Definitivamente, ni Roca ni Marín lidiarán un encaste que no haya contrastado su continuada benevolencia, y nunca pensarán que la búsqueda permanente de comodidad es uno de los peores males de la fiesta. Tanto ellos, los jóvenes, como los veteranos, todos los toreros, viven en una burbuja que los aísla y los separa del mundo real. No hay más que hablar con cualquiera de ellos. Oyes a un chaval que no ha cumplido los veinte años y parece que está hablando un viejo.

Si sus mayores -los experimentados taurinos- no se plantean la necesidad urgente de establecer un nuevo modelo, si no se preocupan por averiguar de verdad cuáles son los puntos fuertes y las carencias de la fiesta, si carecen de sensibilidad para fomentar la afición perdida, y son incapaces de motivar a los jóvenes, no lo van a hacer los que acaban de llegar.

En fin…

La pregunta completa del aficionado Domingo López Ortega era la siguiente: “¿Te imaginas a Roca Rey y Ginés Marín lidiando todos los encastes y regenerando un nuevo escalafón?” Y él mismo se respondía: “Porque yo no”.

Otro mensaje de twiter, este referido a José Tomás y a su reciente participación en una corrida en México el pasado día 12, se ha convertido en un perla en la marabunta de tantos ditirambos como provoca este torero.

El autor es Antonio Díaz, y el texto dice así: “A José Tomás hay que recordarlo por lo que fue: un genial matador cuya obra trascendió lo estrictamente taurino; y no por lo que es: un torero retirado que de vez en cuando se marca un bolo en loor de multitudes”.

Cada cual es muy libre de alabar a quien desee, y pensar que este o aquel toreros es la tauromaquia personificada, pero la realidad es la que es: José Tomás está retirado, renunció tiempo ha a la competencia, dimitió de su responsabilidad de líder del toreo moderno, y ha huido como gato escaldado de su condición de leyenda.

La fiesta de los toros sería, sin duda, muy diferente si José Tomás no hubiera hecho mutis por el foro y en lugar de encerrarse en su sepulcral mutismo en las playas malagueñas se hubiera atrevido a revolucionar la tauromaquia.

Pero cada uno es como es, y José Tomás, un grande-grande, ha preferido el silencio, el retiro y la añoranza; mientras tanto, sus compañeros, todos esos que, a juicio de muchos, no le llegan a la altura de las zapatillas, dan la cara todos los días, de marzo a octubre, en todas las plazas. Y eso sí que tiene mérito.

Tomás fue rey hace tiempo. Un monarca absoluto. Hoy, conserva, qué duda cabe, la grandeza con la que lo parieron, pero es un torero retirado. Respetable, pero retirado.

Publicado en El País