¿La Fiesta en Paz? La feria de Agüitas y hamponce, incorregibles

Por Leonardo Páez.

Los mexhincados se esmeran en justificar y los toreros nuevos se empeñan en triunfar, no con el propósito de realizarse como seres humanos valientes y expresivos, sino con la mezquina finalidad de enfrentar, siguiendo el mal ejemplo los que figuran, toritos de la ilusión, dóciles y repetidores, como la reciente apoteosis de feria de pueblo de El Juli en Sevilla, con unos tendidos saturados como nunca de desentendidos del concepto de bravura amenazante y exigente de mando, extasiados con la repetidora bondad del pegapasismo mecánico de luces.

Más que Sevilla y su rica tradición, la responsabilidad recae en el taurineo –ese manejo opaco y ventajista del negocio taurino en perjuicio de la fiesta– y de la tauromafia –ese grupúsculo de adinerados faltos sensibilidad taurina pero sobrados de voracidad y amiguismo–, abarroteros de la mejor tradición tauromáquica de los pueblos, empeñados en exprimirla mientras dure, defraudando públicos que olvidaron exigir y emocionarse con la bravura y que confunden la tauromaquia con el toreo bonito ante toros a modo para toreros-marca tres eme: muleteros monótonos modernos. La tauridad –comportamiento del toro con bravura y clase, en ese orden– y la personalidad –sello que imprime la persona a sus actos, incluido el torero frente al toro, no su caricatura– se quedaron en los libros.

Cuando hemos repetido, con bastante tristeza por cierto, que México es hoy el país taurino más tonto del mundo, nos referimos a que ni en la dependiente Sudamérica, las figuras españolas torean los remedos de toro que por acá tienen a bien echarles los postrados dueños del negocio, a ciencia y paciencia de gremios, crítica especializada en encubrir, de públicos y de la autoridá, escupiendo sobre una tradición tauromáquica que otrora reflejó y enorgulleció al país.

Sergio Martín del Campo, uno de los cronistas independientes más serios de Aguascalientes y de México, escribió en relación con la quinta corrida de la mezquina y contumaz oferta taurina de la Feria de San Marcos: “Teófilo Gómez y Enrique Ponce son dos nombres que se han visto unidos en muchos carteles en la geografía de lo que nos queda de República Mexicana. Ambos son acérrimos enemigos de la fiesta brava, y han hecho de ella una parodia lamentable. Ponce, El pinchador de Valencia, es alérgico a la casta, y los dueños de la dehesa acotada por lo consiguiente.

“Ayer tarde en el coso Monumental aguascalentense, que registró casi tres cuartos de entrada, vivimos una tauromaquia –si así se le puede llamar– castrada, sin emoción, carente de ese sentido y de esa sabia trágica que solamente se da con la bravura de las bestias y la hombría de quienes la enfrentan. Para complacer al abusivo y poderoso coletudo extranjero –cuyas comparsas fueron su paisano Marín y el local Adame–, los herederos de Teófilo Gómez remitieron seis bueyes de arado, sin trapío, chicos y sosos, haciendo gala de falta de ética, honor y categoría.

“Los seis mansearon soberbiamente y en atención a su sosería fueron pitados cinco… Por si algo faltara, la suerte de varas prácticamente se simuló… Todavía, una vez doblado su segundo, el modoso y meloso de Chiva, se hizo el indignado… Nadie mejor para definir su actitud que la genial Sor Juan Inés de la Cruz:

‘Qué humor puede ser más raro/ Que el que, falto de consejo/ Él mismo empaña el espejo/ Y siente que no está claro?… Otro títere en esta puesta en escena fue el juez…’”

Pero ai la llevan, antitaurinos disfrazados.

Publicado en La Jornada

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