Córdoba: Tarde pletórica de Morante.

El torero de La Puebla pierde por los aceros un triunfo importante y una faena cantada con el mejor toro de una corrida de Jandilla de pobre fondo.

El poderoso sabor de Morante: historia de una tarde magistral sin espada Por Zabala de la Serna.

El prólogo patriótico de la tarde insufló el espíritu de Morante. Que dio una tarde pletórica, aun sin espada. Diría que magistral. La exaltación del Día de la Hispanidad, el recuerdo a los caídos por el Covid, a los de la Guardia Civil, a su patrona la Virgen del Pilar, el himno de España y los vivas a la nación. Garzón, el empresario valiente, agitó todo, ya puestos, en la misma coctelera de la Fiesta Nacional. Morante y Ortega, de azabache los dos, hicieron la última parada del paseíllo en memoria de Borja Domecq Solís.

La primera corrida del año en plaza de primera traía visos de acontecimiento y victoria tras la cacería del: 12 de octubre, a media hora de Sevilla, mismas condiciones sanitarias y dos sevillanos en el cartel. Seminarista traía la guasa propia del nombre para abrir plaza. Frenado, amagado siempre, sin entrega. Morante anduvo muy firme con él desde que salió escarbando y midiendo. Un trago. Los lances genuflexos desprendieron poderío. Y sabor. El toro, serio y tocado arriba, áspero por dentro y agarrado a la tierra por fuera, exigió al de La Puebla. Que planteó faena rocosa, ancladas las zapatillas al piso. De mérito. Por una y otra mano el sordo valor. Para aguantarlo, pasarlo y evitar el testarazo final. Tres naturales quedaron en la retina. Pero no sólo: el fulgor de un trincherazo deslumbró. Como el toreo al paso. La travesía de la estocada careció de muerte, y el descabellos le puso sordina a una lidia de más recorrido que eco.

La actitud de Morante invitó a Juan Ortega a animarse. Como con un “venga, atrévete”, José Antonio aprovechó su quite para esbozar dos verónicas de pecho y mentón dibujar una media escultural. Ortega venía apuntando capotazos de buen son, pero sobre las piernas, para colocar al mansito y huidizo toro en el caballo. Cuando vio al maestro lo entendió. Y se meció en un par de verónicas bellísimas, muy finas y sin continuidad. Que fue lo que luego faltaría: el jandilla traía el celo escasito, la continuidad, ya digo, pero no la calidad. Como si el dos también fuera el número del joven sevillano, brotaban derechazos y naturales de pincel exquisito. Y a veces hasta un tercero y remates verdaderamente hermosos. Un bajonazo afeó tanta cosa linda.

A Cayetana Álvarez de Toledo elevó Morante su montera. Y luego su esfuerzo ante otro toro remiso. De otra forma al suyo anterior. Más encogido y menos bronco. Igual de rácano. J.A. le ponía sal a su contado fondo. Y tiraba sobre las rayas del tercio de la simplona embestida, alargando su apagada vida. De pronto, de una serie de derechazos, brotó toda el alma morantista. Un empaque descomunal. ¡Qué barbaridad de redondos! Tan por abajo el toreo, tan hundido el torero. El toro de Jandilla terminó de encogerse, apocado ante la pegada de Morante. Ante el crujido de la torería. Que tanto asusta. Un aire gallista envolvió el desplante. Y los muletazos para cuadrar la muerte, otra vez demorada. La letalidad negada de la espada empañaba pero no oscurecía ni un ápice el peso de Morante.

Bajó la presencia de la corrida el cuarto, herrado con el fuego de Vegahermosa. Era ya el último cinqueño -junto a segundo y tercero- y no valió nada ni para nada. Ortega lo mató no sin pasar algún apuró.

La gente ya se contentaba, y no era poco, con el poso, el reposo y el poderoso sabor de Morante de la Puebla. Con su actitud y su plomada. Cuando saltó a la arena Sarao, el quinto de Jandilla, para hacer honor al refrán. Para salvar el honor de Jandilla. Y entonces Morante sintió en su espíritu las posibilidades y explotó en un prólogo de obra que ya era inolvidable ante de ser concebido. Sólo por la expresión. Y a esa altura rayó el epílogo de ayudados por alto. Si no fueran por las medidas de contención vírica, el rugido habría alcanzado el corazón de la Maestranza. Entre medias, fluyó el toreo, la maravilla de su izquierda. Para mí, y esto probablemente sea mío, un punto más ligero que en todo lo anterior. Incluso hubo manoletinas. Una fiesta, un gozo. Hasta que volvió a agarrar la puñetera espada. Que redujo la puerta grande a una vuelta al ruedo gloriosa.

Los verónicas de Juan Ortega de saludo al sexto valieron como quite del perdón sin que hubiera nada que perdonar. De categoría las verónicas. Fue todo. El toro se desfondó luego a plomo, entre ronquidos de pleura dañada. El sueño de Morante permanecerá por tiempo dormido en Córdoba.

Ficha del festejo

Plaza de Los Califas. Lunes, 12 de octubre de 2020. Corrida de la Fiesta Nacional. Lleno de “no hay billetes” dentro de las medidas sanitarias (unas 3.000 personas). Toros de Jandilla y Vegahermosa (4º), tres cinqueños (2º, 3º y 4º); de buena presentación en conjunto, bajaron 4º y 5º, que fue el mejor de una corrida de pobre fondo.

Morante de la Puebla, de albero y azabache. Estocada atravesada y tres descabellos (silencio). En el tercero, estocada defectuosa y descabello (saludos). En el quinto, pinchazo, pinchazo hondo y dos descabellos. Aviso (saludos)

Juan Ortega, de marfil y azabache. Bajonazo (saludos). En el cuarto, dos pinchazos y estocada (silencio). En el quinto, pinchazo, pinchazo hondo (silencio). En el sexto, pinchazo y estocada (silencio).

Publicado en El MUNDO

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