La fiesta brava requiere de toro, torero y público.

Problemas con algunos permisos locales, así como ajustes y vendettas entre diferentes grupos taurinos, podrían dejar a la capital de Zacatecas sin toros para el próximo mes de noviembre en el que se tienen programadas dos corridas de toros.

Monterrey.- Sin público las corridas de toros perderían totalmente el sentido, pues es el propio espectador el que con su presencia viste de filigrana, parafernalia y fiesta los tendidos que, cobijados por la seda, sangre y sol, le obsequian un valor emocional incomparable al espectáculo, que sólo se puede disfrutar en una plaza de toros y que podría ser mal interpretado como algo frívolo y cruel con la ayuda incesante de los ‘antis’ frente a la hueca propuesta de operar las corridas en ausencia de los públicos en los tendidos, amén de sumar puntos en contra por la propia y natural ignorancia de los espectadores televisivos al no entender ni conocer la liturgia, las costumbres, el ritual, la cultura y las tradiciones de las corridas de toros.

El público en el tendido justifica y arropa con mayor fuerza el sacrificio y muerte del toro como parte de un ritual o acto litúrgico que cuenta con la anuencia general, comprensión que con su presencia y testimonio le dan grandiosidad a la solemne ejecución del máximo acto o momento cumbre de la lidia, conocido como “la hora de la verdad”, y es donde toro y torero entregan a plenitud su existencia en aras de consagrar la propia vida.

Además, la fiesta de toros es todo un espectáculo donde se experimentan sensaciones únicas y estas sólo están presentes en la misma plaza de toros donde se representan presencialmente en la solemnidad del ritual, la alegría del paso doble, la luminosidad del sol reflejado en los vestidos de torear, la fortaleza del toro que embiste a todas direcciones, dando con ello testimonio al escrupuloso trabajo de su criador, el manejo armonioso del capote que gira en los rítmicos movimientos artísticos y llenos de plasticidad escénica, la bravura del burel frente al caballo en la suerte de varas, la habilidad de los toreros de plata en el tercio de banderillas, la solemne serenidad del torero durante la lidia o el silencio de la afición durante la faena, que sólo se rompe a través de las ovaciones.

Un espectáculo incomparable, tan extraordinario, potente y singular, que sólo a través de las emociones, la algarabía y la euforia que experimenta el público en la plaza, podrían transmitirse las sensaciones de la tauromaquia a los telespectadores que se encuentran viendo las corridas de toros en sus casas.

Asimismo, es el público un agente necesario para velar por la integridad de la propia fiesta, y por supuesto del toro, tanto en su trapío como en su condición y presencia durante el desarrollo de la lidia. La ausencia de su juicio no puede ni debe ser sustituida por nadie y es que sin público en los tendidos… ¿quién pediría los trofeos?, ¿quién pediría los indultos o protestaría?, ¿cómo darían los toreros la vuelta al ruedo paseando los trofeos?

Y estos ejemplos mencionados son parte fundamental del ritual y la liturgia que, sin reconocimiento inmediato del público como termómetro a las sensaciones que son recibidas desde el ruedo, los logros de los diestros perderían totalmente su sentido.

Y aunque participa activamente durante todo el desarrollo de la corrida, no debemos olvidar que -luego de una faena- el público tiene su momento protagonista, no sólo por la petición de orejas, sino que al dar la vuelta al ruedo los toreros, paseando los trofeos, se produce un momento único donde los espectadores se conectan con los diestros al obsequiar su dotación de aplausos, protestas o halagos y regalos al pasar por sus localidades, como señal de reconocimiento o desaprobacion a su labor, dándole la importancia y valorando las cualidades, dificultades o errores de ejecución que quedaron perpetuadas en la obra artística plasmada en el ruedo.

Además, las grandes faenas perderían su colosal fuerza sin tener eco en el público, pues la obra artística de una faena es única y no se puede volver a repetir en vivo, y es ahí -de manera presencial- donde todos los sentidos se agudizan para impactar emocionalmente en quien vive la experiencia, vibrando y conectado emocionalmente con lo que acontece en el ruedo, dejando unas sensaciones profundas que a través de la pantalla de televisión son muy difícil de percibir en su totalidad.

Del mismo modo, el esfuerzo de un torero frente a un toro chungo, complicado o de peligro sordo, puede ser objeto de un gran triunfo si el público asistente así lo reconoce, y es que si en este tipo de faenas no existe el evidente hilo conductor del peligro y las emociones que se dan fácilmente en el público físico, difícilmente el público virtual los podría percibir, además de que estos sucesos no llegarían a tener la misma repercusión, ni sería la mejor forma en que las incidencias del ruedo merezcan ser valoradas.

Publicado en El Horizonte.mx por el @cabritomayor.

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