Opinión: En defensa del toreo.

Por Manuel Ajenjo.

(Primera de dos partes)

En estos días de asueto releí “La pantorrilla de Florinda y el origen bélico del toreo”, de José Alameda, escritor, periodista y cronista taurino, actividades por las que fuera más reconocido.

El ensayo parte de una premisa: “¿Por qué el toro, que se da normalmente en la naturaleza, va desapareciendo de todas partes menos de España donde queda como una especie zoológica superviviente?” Desde los tiempos más remotos existió a lo largo del mar Mediterráneo, desde Grecia y hasta España, la especie llamada “Uro” (Bos primigenius) con la que se identifica al toro bravo, toro de lidia. Al comenzar el siglo VIII los árabes invadieron España. Esto originó una confrontación bélica de ocho siglos. 800 años de batallas y de eventuales tiempos muertos —en la guerra hasta los períodos de paz son de muerte—.

Fue precisamente durante esos intervalos cuando “los guerreros de uno y otro bando se entrenan en grandes torneos a caballo —así lo describe Alameda: La caballería es el arma fundamental, a la que hay que mantener a punto (…) para que el entrenamiento sea más eficaz, para que se asemeje a la guerra, allí está el toro”—.

(…) “Fernando Villalón en su libro “Taurofilia racial” advierte (…) que “durante las forzadas treguas, luchaban con los toros bravos, como entrenamiento de corceles y jóvenes caudillos”. No aclara en cambio Villalón que, al mismo tiempo que eso acontecía en España, el toro iba desapareciendo de Europa”.

Cuando los árabes fueron expulsados de España, el toro que ocho siglos antes campeaba por Europa ya había desaparecido debido a la caza y a la destrucción de su ambiente natural. De la especie sólo quedaba lo que se había, no únicamente conservado, sino acrecentado en España donde, además se le crio en ganaderías para que los aristócratas se lucieran en las plazas en el acto de alancear toros a caballo. Los señores jinetes hijos de la nobleza, eran ayudados en su menester por los mozos de a pie, hijos del pueblo, quienes en razón directa a la decadencia del toreo a la jineta, despertaron interés al mover con creatividad y valentía los trapos que utilizaban como ayuda y que posteriormente se llamaron capote y muleta. El maestro Alameda escribió: “del rejón, instrumento del toreo a caballo, se pasa a la espada, cuyo manejo será la suerte suprema del toreo a pie, de la “corrida”, espectáculo pleno”. Y así nació el arte popular del toreo y su evolución desde Pedro Romero (1754-1839) hasta José Antonio Morante de la Puebla (1979) o, para no pecar de malinchista, hasta el hidrocálido Joselito Adame (1989).

Con la religión, el idioma y algunas enfermedades contagiosas, los españoles también trajeron a la Nueva España la llamada Fiesta Brava. El primer espectáculo taurino que se realizó en nuestro territorio fue el 24 de junio de 1526, según Perogrullo en la modalidad de alancear a los toros desde el caballo.

Hasta aquí me alcanza el espacio donde traté, brevemente, de explicar el nacimiento del toreo y el arraigo que tiene en la cultura hispanomexicana desde hace cinco siglos. Todavía habrá una segunda entrega para examinar el espectáculo desde el punto de vista artístico, ecológico y económico. Esto lo hago con el afán de que los animalistas no hagan con los toros lo que, por ignorancia, hicieron con los animales de los circos: su prohibición causó la muerte de 4,500 animales de diversas especies. Se creen animalista por tener perros o gatos. Perros que, en algunos casos, viven presos, muchas horas del día, en el espacio de un balcón, hasta que su dueña o dueño puede sacarlos a pasear un rato o mediante los servicios de un paseador de perros salen en jauría a pesar de los tamaños, necesidades y razas diferentes.

Algunas dueñas y ciertos amos de perros, en aras de la estética, les cortan a sus animalitos las orejas y el rabo.

Publicado en El Economista

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