Opinión: Brillantes y mediocres.

Por Javier Lorenzo.

Al toreo le falta proyección exterior. Le falta enseñarse y mostrarse al mundo. Le falta romper y salir fuera de su burbuja, entre otras cosas, para dejar de ser víctima de los vicios y abusos de sus propios protagonistas y de quienes manejan sus hilos sin pensar en el toreo del mañana.

No hay una inversión de futuro sino una carrera por encontrar el máximo rendimiento en el menor tiempo posible y buscar una continuidad del espectáculo. La tauromaquia se ha quedado encerrada en sí misma y ahí navega, y vive, como en una condena, casi ajena al mundo en el que se desenvuelve, sin pensar en el aficionado que, con su paso por la taquilla es quien sufraga, mantiene y da sentido al espectáculo. Sin el que nada tiene sentido. El toreo se ha encerrado en sí mismo y se ha convertido en un espectáculo que no sabe explotar su potencial, que no sabe vender su grandeza y que no sabe llegar a las grandes masas que deberían ser las que abarrotaran las plazas de toros como sucedía no hace tanto tiempo para admirar lo que sucede en el ruedo, el arte, el miedo, el valor… Los empresarios por un lado y los toreros por otro caen en el error constante de buscar culpables siempre en la bancada de enfrente o ver la paja en el ojo ajeno antes que la viga en el propio. El problema siempre es de los demás y nunca se asume como propio. Se busca un culpable de manera reiterada mientras no se hace nada por potenciar un espectáculo que camina hacia adelante por su propia inercia y sin la ayuda de nadie. La pandemia le ha dejado con todas las vergüenzas al aire, no generadas por el propio virus, sino que ya las arrastraba de antes. Ha sido este quien las ha dinamitado para dejarlas en evidencia.

Leí recientemente una frase que decía que el fútbol es un espectáculo mediocre, dirigido por gente brillante; y que los toros son un espectáculo brillante dirigido por gente mediocre. No se si tiene o no razón; porque uno de los problemas es que al toreo no lo dirige nadie. Y esa es su condena. Cada uno hace la guerra por su cuenta y los de hoy no han sabido encontrar la continuidad en las mentes brillantes que tuvo en el pasado. Y, sobre todo, se han perdido los escrúpulos y se ha dejado por el camino la justicia que siempre se tuvo con lo que ocurría en el ruedo. No hay siquiera vergüenza al qué dirán ni miedo a la crítica. Los valores de la bolsa del toreo fluctuaban en función de cómo se estaba y lo que se lograba en el ruedo y delante del toro. Hoy los empresarios apenas lo tienen en cuenta. Además, les falta imaginación, ingenio y también justicia. Y les falta inversión en el futuro, inmediato y lejano. Solo piensan en el aficionado cuando abren las taquillas de los cosos. Antes y después se olvidan de ellos. Y, de su mano, al toreo le falta marketing. El empresariado taurino se quedó anclado en la promoción del siglo pasado, en colgar y pegar carteles, en abrir una taquilla y esperar a que vengan los clientes para vender entradas. El toreo no tiene presencia en los medios ni sabe cómo captar el interés de las nuevas generaciones de aficionados porque apenas sabe explotar el potencial de las redes sociales y en los nuevos canales de comunicación que consumen las nuevas generaciones. El toreo no tiene una comunicación fluida para beneficio del propio espectáculo. Hoy los toreros son héroes perfectamente anónimos para el gran mundo. Un torero, figura incluso, se puede pasear la Gran Vía de Madrid entera, ida y vuelta, y pasar como un perfecto desconocido sin que le pare nadie. Por todo aquel lastre, los toreros se han separado y distanciado de la sociedad en la que viven. Han dejado de formar parte de ella. Y eso repercute de manera directa en la relevancia del espectáculo. Esa es una guerra de todos para ganar la batalla del anonimato.

Publicado en La Gaceta de Salamanca

Deja un comentario