Los sueños de Don Alberto Baillères.

Por J. Jesús Rangel.

El empresario Alberto Baillères nunca dejó de soñar, de tener una visión de largo plazo, de emprender e innovar, de ser disciplinado y muy prudente en los negocios, de ser optimista, de creer en la juventud y de amar a México y su familia, de defender la economía de mercado y la educación de calidad «que forme ciudadanos de bien y provecho para que se ganen la vida con dignidad y decoro». Fue un gran líder con profundidad de análisis y don de convencimiento; un estratega completo.

Con frecuencia se preguntaba y respondía «¿qué sería de la vida, si uno dejara de soñar? Se acabarían los proyectos y la realización de los mismos». Y lo decía porque recordaba que vivió «casi todo, desde auges y depresiones, crisis políticas y económicas, y conflictos. Ante estos embates, debemos mantener siempre una visión de país de largo alcance. Si uno confía en su país –como yo lo hago, porque pienso que México es una nación llamada a la grandeza–, no debe perderse el rumbo ni flaquear ante el pulso que nos marca nuestra prospección del país».

A este empresario fue aficionado de las corridas de toros, recorrer el mar en su yate Mayan Queen y cantar imitando a Luis Miguel, su ídolo, a quien invitó a navegar en uno de sus yates. Al hablar de El Palacio de Hierro, recordaba con una sonrisa de por medio que «fue la primera construcción de acero del país» que tomó casi 10 años y «abrió sus puertas el 6 de abril de 1898. El nombre fue producto espontáneo de la expectación y nominación popular al ver la edificación de un gran inmueble de estructura de acero».

Baillères recordaba que en octubre de 1963, junto con su padre, adquirieron cada uno el 50 por ciento de las acciones del El Palacio de Hierro, y que tomó la dirección general de la empresa al mismo tiempo que tenía la dirección general de la Cervecería Moctezuma, a la que entró en 1957 como vendedor de cerveza en el área metropolitana de la Ciudad de México.

EL ITAM

Sin duda el ITAM fue el otro amor de su vida, y en muchas ocasiones los mensajes a los jóvenes se referían a que “amaran profundamente a este maravilloso país, nuestro querido México, y que trabajen por él con convicción y eficacia. Deseo que sean hombre y mujeres cabales, de bien y de provecho, a que disfruten del privilegio de la educación y del conocimiento, y a que agradezcan este privilegio con su entrega a las mejores causas, a que siempre actúen con responsabilidad y rectitud”.

También les decía que está convencido de que la educación es la clave de la prosperidad, “especialmente ahora que somos parte del proceso de globalización; ahora que el mundo exige seres humanos bien formados, capaces de conjugar valores, responsabilidad, creación y pensamiento o lo que es lo mismo, cuando se demandan capacidades específicas para manejar información, para investigar, para inventar. Nuestra prosperidad y nuestro futuro, dependen de ello”.

La visión de don Alberto Baillères y parte de ella se encuentra en su discurso con motivo de su reconocimiento como «Emprendedor Endeavor del Año» el 19 de noviembre de 2008. Ahí dijo que el emprendimiento es un acto de creación que puede resultar innovador en muy diversos aspectos, un “testimonio de que los sueños se pueden convertir en realidad. Se emprende no sólo para crear empresas nuevas, sino para transformar y conservar las existentes. Hay emprendimiento cada vez que se establece una nueva línea de negocio o se rediseña una añeja; siempre que se introduce una innovación o se realiza una transformación».

Destacó que «es difícil comprender el desdén y el menosprecio hacia la economía de mercado, cuando la evidencia empírica es contundente. ¿Se trata, acaso, de una condena de las libertades humanas y de sus consecuencias? ¿O es, simplemente, un desconocimiento de su funcionamiento? ¿O tal vez sólo una posición ideológica irreductible? A la economía de mercado se le trivializa, calificándola como aquélla en la que impera la ley de la selva, donde los más competentes, audaces y codiciosos se aprovechan de los demás. Y no. La economía de mercado es un mecanismo social de asignación de recursos, donde las decisiones son descentralizadas y, por tanto, delegadas al juicio y voluntad individual, y son coordinadas por el sistema de precios.

«Sin embargo, para su funcionamiento eficaz, se requiere la presencia de un Estado que establezca y aplique un marco jurídico que norme esta interacción social para que sea voluntaria, pacífica y provechosa para todos; que finque la igualdad de derechos y obligaciones para los ciudadanos, y las respectivas y necesarias limitaciones y contrapesos en el ejercicio del poder público. Las libertades individuales sólo se deben limitar cuando dañen a terceros o por causa de interés público previsto por las leyes.

«Como toda obra humana, la economía de mercado no recrea el paraíso en la Tierra, es decir, no resuelve todos los problemas; suele tener fallas que pueden y deben ser corregidas o aminoradas mediante una regulación adecuada. Me inclino por pensar que muchas de las críticas y de la desconfianza en las bondades de una economía de mercado provienen de desviaciones y errores que se originan no necesariamente de sí misma, sino, más bien, del ejercicio indebido del poder público y de algunos desarreglos institucionales imperantes: monopolios públicos y privados protegidos por la ley o por el impropio ejercicio de la autoridad; impunes incumplimientos de contratos y dispensados actos de negligencia ejercidos por personas con poderes fácticos o relacionadas con ellos; privilegios y prebendas injustificables a personas, grupos o gremios; patrones irresponsables que no afilian sus trabajadores a la seguridad social y los dejan desprotegidos; obsoletas regulaciones y falta de supervisión del cumplimiento de la ley; jueces negligentes; dirigentes que se amparan en los derechos de los trabajadores para conseguir su propio beneficio; casos de proteccionismo industrial que ampara y solapa precios altos y baja calidad en perjuicio de los consumidores; servidores públicos que abandonan sus sagradas responsabilidades con la niñez por luchas gremiales o políticas, u otros que, formando parte de los cuerpos de seguridad, se alían con los delincuentes”.

Su formación de estricta disciplina militar lo llevó a actuar con orden y precisión a través de su vida personal y profesional, y nunca dejó de afirmar que el futuro de México depende de que “haya millones de exitosos emprendedores que generen riqueza y empleos”, bajo lineamientos claros: “para los verdaderos emprendedores no son aceptables la riqueza sin trabajo, los beneficios sin esfuerzo y logro, los negocios sin moralidad o fuera de la ley, la búsqueda de prebendas o privilegios, la vida sin principios, la falta de consideración y respeto a colaboradores y congéneres, ni la arrogancia que puede suscitar el éxito”.

Y claro, el tema de la pobreza no era ajeno para don Alberto. Decía que “la erradicación de la pobreza debe ser la prioridad de la política pública de nuestro país. Para lograrlo en el menor tiempo posible, necesitamos tener, la mayoría de los ciudadanos, una visión clara y un compromiso de lo que se requiere para reducir la pobreza”.

Lo cierto es que hay una deuda con este empresario.

Publicado en Milenio

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