Obispo y Oro: Joselito Adame, al borde de la tragedia Por Fernando Fernández Román.

La décima función –dos tercios de entrada– de la feria taurina de San Isidro tuvo como punto de inflexión el comienzo de faena de Joselito Adame al cuarto toro de la tarde, un castaño badanudo, aleonado y astifino, con sus 540 kilos bien repartidos en una cinqueña anatomía y más rizos en la cabeza y el cuello que las estolas de astracán que lucían las señoras de la “gente bien” en la posguerra. Un tío. Un mozo. Un toro de los que arrancan admiración, respeto y temor –por este orden– con su sola presencia. Lucía el hierro y la divisa que ahora mantienen los herederos de ese espléndido ganadero y eminente jurista que se llamó Javier Araúz de Robles, cuyo reciente fallecimiento mereció un justo y emotivo minuto de silencio. Carantoña, se llamaba aquella bestia parda que se arrancó como un obús al caballo de picar sobre el que se izaba la figura de Manuel José Bernal y a ambos, a su vez, también los levantó en vilo para estamparlos contra la arena en un santiamén. Rugía la Plaza. Solo ponerse delante de él era poco menos que opositar al ingreso en el martirologio de una tarde de corrida. Intentó Joselito Adame estirarse a la verónica y el animal le pegó varias arrancadas de las que cortan el resuello. En banderillas, solo Fernando Sánchez osó ponerse farruco en sus propias barbas, desafiándole en un par de angustiosa estrechura, y espolear a su compañero Tomás López, que hizo lo propio, aunque con menos galanura. A partir de ahí, un run-run de expectación ante lo imprevisible se espolvoreaba por los tendidos. Fue entones cuando el mayor de los Adame mexicanos lo citó en terrenos de tablas, entre el 10 y el 1, juntando los pies para dotar a su figura de una visible inmovilidad y las manos para sujetar la muleta que promete el pase estatuario. Y allá que va Carantoña, no precisamente para ofrecerle el arrumaco que su nombre pregona, sino para cogerle de lleno y pegarle un volteretón seco y rotundo, de los que hielan el corazón y encogen el ánimo. Cayó Joselito de cabeza al suelo y se pudo ver cómo el cuello se le doblaba en un dramático ángulo recto…Fue entonces cuando a muchos se nos reveló de nuevo la secuencia de hace 22 años, con Julio Robles como protagonista. ¿Qué ocurrió después? Asómbrense:

Levantóse el torero aturdido, con una brecha en la cabeza, el cuerpo magullado y la mirada perdida. Sus hermanos –que saltaron al ruedo desde el callejón—y el personal de cuadrillas que asistía al herido, pasaron por momentos de angustia. El toro había salido de naja del lugar de los hechos –como huye el bandido tras su fechoría–, y a punto estuvo de regresar a la zona del conflicto, de no haber sido por el capote valiente de Fernando Sánchez, lo cual hubiera producido un estropicio de incalculables proporciones. A todo esto, el Joselito mexicano se sacudió moderadamente la visible conmoción y, sacando fuerzas de una evidente flaqueza, con los flecos de su cabello desgreñado sobre el rostro, se despatarró en los medios y se le oyó gritar: “¡Eh, toro!”, comenzando a torear en redondo, siempre con el compas muy abierto y la muleta por delante a un auténtico vendaval en forma de toro de lidia. Las tandas con la mano derecha y los naturales trataron de apaciguar a un torrente de fiereza, sin que al torero, aparentemente, se le moviera un músculo. Entonces, aparecieron algunas voces discrepantes, tratando de minimizar y corregir su forma de torear. Es más, cuando después de un pinchazo, entrando a matar o morir, colocó una estocada en las mismas péndolas, aparecieron tímidamente cuatro pañuelos pidiendo la oreja. Quiero creer que en el aviso que le enviaron no contaría el tiempo invertido en el episodio de la cogida, pero aún así hubo algunos pitos. Y, ya en el colmo de la ingratitud, también le pitaron en la vuelta al ruedo. Dejo al buen criterio de quien me leyere el calificativo que merecen tales comportamientos. Y no digo más. Perdón, añadiré algo: ¿qué tiene que ocurrir para que a Joselito Adame se le trate con el respeto que merece la gesta que ayer protagonizó en la Plaza de Madrid? ¿Qué les ha hecho este torero a este público? Hay cosas que a uno le desconciertan. Tan pronto muestra comprensión, solidaridad y sensibilidad con un sobresaliente como niegan cualquier mérito a un hombre –un torero– que ha estado al borde la tragedia, o al menos de quedar inútil para el resto de su vida. Háganselo mirar.

En el lado opuesto, en lo que a trato se refiere, se encuentra la actuación de un joven torero toledano llamado Ángel Téllez. Este es uno de los “tapados” que suelen hibernar en un rincón de los carteles de la feria de San Isidro. Su desparpajo, clarividencia, valor y alto sentido de la estética, hacen que su forma de concebir el toreo encandile de inmediato. Es cierto que el primer toro de su lote fue el de Araúz que más nobleza derrochó, embistiendo tan despacito, suave-suavecito, que, precisamente por eso, es menester llevarlo con un soniquete especial, como el de los cantaores que saben mecerse en los tercios de los cantes. Téllez lo hizo en este toro y levantó clamores, especialmente en el tramo final de la faena, toreando de frente al natural. Pinchó antes de la estocada y solo dio la vuelta al ruedo. De nuevo volvió a lucir en el sexto, un toro que no tuvo fijeza, pero sí la suficiente movilidad para que el joven torero le instrumentara unas tandas de naturales soberbias, rematando su brillante labor con una gran estocada. En ambos toros, fue avisado, pero Madrid le despidió con una gran ovación.

Por lo demás, la corrida tuvo poca historia. A Joselito Adame le devolvieron dos toros al corral (el titular y el primer sobrero, de Chamaco) por manifiesta cojera y el segundo sobrero (también de Chamaco) salió huyendo de los caballos de picas y manseó en los siguientes pasajes de la lidia. Adame no volvió jamás la cara, pero, a pesar de estar valentísimo, ya empezó a percibirse un trato desfavorable en determinados graderíos. Pepe Moral no debió salir de Las Ventas con la moral muy alta. Tuvo la suerte de espaldas. Su primer toro, que empujó de firme en varas, se rajó escandalosamente, Pepe se puso de los nervios con el estoque de descabellar, al punto de estar al borde de un serio fracaso. Menos mal que el toro se echó a punto de que sonara la campana de los tres avisos. En el quinto comenzó a torear de rodillas en los medios, pero el toro tenía una embestida incierta, probaba y protestaba, antes y después de los muletazos. Lo despenó de una estocada. Mala tarde.

Peor para Joselito Adame, que se fue en una ambulancia al hospital, para que estudiaran los médicos las “carantoñas” que le ocasionó un toro de Araúz de Robles. Y mejor para un joven torero de Mora de Toledo. Éste Téllez tiene “ángel”. No le pierdan de vista.

Publicado en República.

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