La luna de Talavante ya no llora.

Por Francisco Espadas.

Hubo un tiempo que desde la luna de Talavante, esa que inmortalizara Vicente Amigo en sus bulerías «Las Cuatro Lunas«, brotaban lágrimas a borbotones que nacían de la zurda de oro del genio extremeño. Hubo un tiempo en que esa mano izquierda era la envidia de medio escalafón, la que cimentaba faenas de ensueño en las grandes plazas, y la que se bastaba por sí sola para abrir la puerta grande del coso más importante del mundo. Esa luna, al igual que esa zurda, lleva ya un tiempo apagada. Ni llora, ni brilla, incluso parece que ya no está. Es como si estuviera ausente, perdida. Como si ya no fuera, ni siquiera, ni la sombra de lo que fue.

El toreo, como la vida, está lleno de contrastes. A veces esos contrastes son especialmente caprichosos, pues el destino quiere que así lo sean. Y por eso, en días como hoy, cara y cruz, vida y destrucción, alba y ocaso, se unen en una misma tarde. Porque así es el toreo. Si las lágrimas de un torero que ha cumplido el sueño de su vida en su primer año como matador de toros eran la cara de la moneda, la bronca que el respetable dedicó a Talavante tras dejarse vivo al cuarto fue la cruz. Esa fue la respuesta de su público, de su Madrid, a la apatía extrema, la desconfianza, la falta de ideas y la resignación de un torero ausente durante toda la tarde.

El punto final con el que el extremeño ha puesto fin a su calvario de temporada en Madrid parece confirmar el error que cometió al sentarse a planificar la temporada. Y es que, las cuatro tardes en San Isidro para reaparecer más la última de Otoño eran una apuesta muy arriesgada y pesaron de lo lindo. Su paso este año por la primera plaza del mundo ha sido siempre un quiero y no puedo, convirtiéndose su última tarde en un auténtico Vía Crucis.

Meros espejismos fueron las faenas en los que se vio a un Talavante más encajado sobre todo de mitad de temporada para delante en plazas como Bilbao, en las que por momentos se reencontró con esa zurda de oro que hacía a su luna llorar. Hoy confirmó que eran meros retazos, simples fogonazos de lo que puede llegar a ser. Hoy el extremeño fue un hombre derrotado y sin ideas, con una imagen muy distinta a la que debe transmitir un torero. Por delante, le queda un largo invierno para pensar.

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