La gesta heroica de Dávila Miura y otros ‘detalles’ de la Feria de San Isidro

Dávila Miura da la vuelta al ruedo en la plaza de la Maestranza. EMPRESA PAGÉS.

Por Antonio Lorca.

Por lo general, a los periodistas nos tira más la gesta de una figura de relumbrón; por ejemplo, el anuncio de Talavante con victorinos en Madrid (“¿Qué tal, Alex?”, “Hola”, responde el torero en el hall de un hotel cualquiera o en el patio de cuadrillas de una plaza perdida, con esa sonrisa extraña del diestro extremeño de la que no puedes deducir si te ha conocido o no), que la de otro torero que no concede al plumilla pretencioso la gracia gratificante de presumir de un amigo en las alturas.

Y honra a Talavante quede claro- que sea el único de la parte alta del escalafón que se ha dignado dar un paso al frente junto a la manifiesta huída de sus compañeros de camada. 

Es una vergüenza sonrojante que toreros jóvenes como Roca Rey y López Simón, veteranos como Ponce, Castella, Manzanares, El Juli, Perera y Morante, y aspirantes a la gloria como Ginés Marín, Álvaro Lorenzo, Joaquín Galdós, Garrido o Varea sean incapaces de sorprender a los aficionados con un detalle de torero que se quiere comer el mundo, que llega con aire de barrer a sus competidores, que pretende ser torero de época. Es decepcionante y descorazonador que todos busquen el amparo de carteles bonitos, de toros de garantías, de fechas de claveles… Pero en el pecado llevan la penitencia; no provocan el entusiasmo ni largas colas en las taquillas. Aspiran a ser grandes, pero solo uno más entre ellos, y decadentes en su incomprensible e inaceptable comodidad.

Bueno, a lo que iba…

Una de las sorpresas más sobresalientes de este San Isidro es que un torero que se retiró de los ruedos en 2006 -hace ya once años- decida reaparecer por un día y lo haga en Madrid y ante toros de Miura. Este que lo es se quita el sombrero y rinde un homenaje de respeto y admiración hacia un torero como la copa de un pino, un figurón del toreo, un ejemplo para la torería andante del siglo XXI. Su nombre es Eduardo Dávila Miura, que se ganó en activo un merecido prestigio profesional, y que desde la veteranía ha protagonizado con éxito dos reapariciones instantáneas, en la Feria de Abril de 2015, y en los Sanfermines de 2016, y en ambas ocasiones con toros del hierro de su familia.

Es sonrojante que toreros veteranos y jóvenes aspirantes a la gloria sean incapaces de sorprender a los aficionados

Toreros así no quedan; y si los hay, están desaparecidos. Toreros así son grandes de verdad, dan lustre a la tauromaquia y se convierten en sí mismos en referentes del héroe por antonomasia.

Que tenga que salir un señor retirado a hacer el paseíllo en Las Ventas con los impresionantes toros de Miura es solo un detalle de cómo está fiesta. Si hubiera figuras de verdad, habría bofetadas para acompañar al maestro Dávila el 11 de junio.

Esta misma mañana, un buen aficionado comentaba que el gesto del torero sevillano le parecía una locura. Claro que lo es. Pero desde cuándo una figura del toreo es un hombre cuerdo. Honor, gloria y suerte para ese loco maravilloso que vuelve a vestirse de luces para que nuestros corazones palpiten a un ritmo desacostumbrado mientras el suyo se mantiene templado (¡ojalá!) para que pueda pensar delante de los astifinos pitones de los inciertos toros de Miura.

Y un par de detalles finales sobre los carteles isidriles.

Que tenga que salir un señor retirado para anunciarse con toros de Miura es un detalle de la situación actual de la fiesta

Primero: magnífica la idea del nuevo empresario madrileño de presentar la feria en el transcurso de una gala musical en el ruedo venteño. El ciclo taurino más largo e importante del mundo mereció siempre algo más, mucho más, que una simple rueda de prensa.

Lo triste es que el toreo -toreros, empresarios, ganaderos, aficionados, medios de comunicación, etc- carezca de la fortaleza necesaria para que la televisión pública retransmita en directo un evento de interés capital para los millones de españoles interesados en la tauromaquia. Otra vez, lo políticamente correcto invalida el supuesto apoyo a la fiesta del partido que gobierna.

Y segundo: los hermanos Rivera Ordóñez, Francisco y Cayetano, deben rezar lo que sepan y dar las gracias al ser superior que consideren por la prebenda recibida, que no es otra que estar bien colocados en San Isidro sin méritos para ello.

Francisco, que alcanzó la gloria vestido de luces, hace años que no es ni sombra de lo que fue; su vuelta a los ruedos solo deja el recuerdo de una gravísima cornada y tardes para el olvido. Que pueda despedirse de Madrid sin que nadie lo haya pedido es un regalo excesivo.

Es triste que el toreo carezca de fuerza para que la TV pública retransmita la gala de presentación de San Isidro.

Y Cayetano aparece en los carteles como si fuera el mesías prometido cuando no es más que un singular torero venido muy a menos por su desmedido afán por huir de serios compromiso. Que su nombre aparezca en la corrida de Juan Pedro Domecq y en la de la Cultura es una tomadura de pelo del no menos singular empresario Simón Casas.

Publicado en El País.

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