El Brexit, Trump y ‘Pasmoso’: la tauromaquia ya tiene posverdad

 

Por Juan Diego Madueño.

Justo después de que el pañuelo naranja encendiera la mecha en Valencia, Chapu Apaolaza, el nuevo comentarista del canal de televisión temático ‘Toros’, pronunció la frase con la que se inaugura una nueva era: “Va a entrar a no matar”.

López Simón apuntaba al morillo con la mano desnuda, ejecutando la suerte suprema, entrando a tocar el lomo con la naturalidad que da no sostener el acero. ‘Pasmoso’, qué va a entender, no entendía nada. El público, del revés, celebraba feliz lo conseguido. La alegría caliente de los tendidos no se puede fiscalizar, la piedra predispone y lo vivo manda, pero sí las reacciones de quienes sabían exactamente lo que allí ocurría.

Son los mismos actores que intentan educar a ‘los aficionados’ cuando sucede lo contrario y caen las almohadillas, se grita o se silba. En esos casos nunca “manda el público”, como dijo, exultante, Simón Casas en el callejón.

Gracias a ‘Pasmoso’, un toro bueno con las orejas colgando, con un ritmo y un galope cumbres, sin la exigencia de la humillación y con ese tranco un pelo blando, agradecido, que le dio por moverse en el peor momento, la tauromaquia tiene, al fin, su posverdad.

Tenía que llegar. Los tiempos que corren son propicios. Ya estamos en el carro de la media verdad. La realidad estrujada hasta la mentira. “De lo mejor que he visto en mi vida”, aclaraba el empresario, productor de los míticos seis toros de José Tomás en Nimes y autor de ‘La tarde perfecta de José Tomás’, que describe aquella mañana.

Es verdad que era un buen toro pero no que mereciera salvar la vida. “Estos animales, según está el panorama fuera, hay que llevarlos al campo”, señaló el torero. Es verdad que no es el mejor momento para el toreo pero no por eso hay que desvirtuar la figura del indulto.

La posverdad.

El discurso construido desde el callejón aquel día era producto del efecto, leve y ventajista, lo que la gente quería oír, que educa a miles de televidentes y con un toque sentimental y un punto de partida objetivo. Y es peligroso, no ya por lo anterior, si no porque se parece mucho a la corriente intelectual (?) que se intenta imponer globalmente. La corrección política, lo bueno, lo bonito, el indulto. No ofender, avergonzarse de la singularidad, homogeneizar la lidia según los corsés que se van imponiendo para apaciguar a los que no la entienden.

Savater lo explica mejor. “Ciertas sectas ideológicas o religiosas son especialistas en sentirse maltratadas por opiniones e imágenes que su dogma desaprueba. Es una forma de exhibir su poder y de ejercer una tiranía social que los halaga: lo políticamente correcto, que es en ocasiones muestra de conformismo timorato o de oportunismo electoral, refleja su triunfo en demasiados campos”. La tauromaquia es uno de ellos. “Conformismo timorato”.

Hasta ahora, el toreo era –es- el único espectáculo que hacía de la muerte una fiesta en una sociedad atiborrada de cosmética. Una cultura única, un patrimonio exclusivo que empieza a adaptar en su núcleo las exigencias de sus contrarios. Indultar toros como ‘Pasmoso’ y aderezarlos con ese tipo de palabras supone reconocer en cierta medida que lo que se hace, matar, está mal, que la razón tampoco está aquí. Son concesiones hechas un poco sin pensar, soltando lastre. Cuanto más grave sea el acoso, más fuertes deben ser los argumentos propios. La muerte está dejando de ser el objeto de lo que ocurre en el ruedo, apartada al rincón de las cosas incorrectas por los propios taurinos.

¿Cuántos toros mejores que ‘Pasmoso’ habrán muerto en la última década? ¿El año pasado? A bote pronto recuerdo a ‘Zurcidor’ y ‘Malagueño’. ¿Le servirá al ganadero? Con ‘Arrojado’, aquel indulto propiciado por la increíble lentitud de trazo de Manzanares, que prefirió el perdón antes del rabo, empezó todo.

En medio del alboroto estaba Emilio Muñoz. Que me perdone el maestro, por si le molesta la comparación, y sus amigos, pero yo lo veo como Gandalf ante el Balrog. “Hay que tener cuidado con los triunfalismos” y “el indulto es algo excepcional”, que es donde está fraguado el concepto del perdón del toro, en la exigencia máxima, fue su particular “no pasarás”. El contraste fue increíble. Dos mundos enfrentados. La luz del aficionado de siempre y el brillo artificial que todo lo iguala. Una suerte contar con él, que no se aburra nunca.

Ojalá pudiera adaptarme a las celebraciones, al vaso medio lleno, a la corriente positiva. Ocurre que esta forma de entender el toreo es diferente a la que me convirtió en aficionado. Pensaba que esta sensación llegaría más tarde, con la edad, atrincherado en algún diario de los de siempre con una línea editorial confusa en cuanto a las corridas. Esta es la tragedia de los ‘millenials’, estar a medio camino entre lo clásico y el descubrimiento de lo nuevo.

Mi yo de 2011 me diría que soy un exagerado dedicándome unos cuantos tuits y algún artículo fatal escrito en un blog penoso pero, de verdad, no es sensacionalismo, es honestidad. Con el indulto de ‘Pasmoso’ se recogió y adaptó el mensaje de los que pretenden acabar con la tauromaquia como argumento para intentar salvarla.

Qué paradoja.

Fuente: El Español 

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